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Columna de Opinión

Votar no es igual de simple para todos

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Pixabay

La mayoría de los modelos del voto incluye los costes relativos a la actividad de votar como uno de los factores clave a la hora de explicar por qué la gente acude o no a las urnas. Estos costes comprenden tanto los relativos al desplazamiento al colegio electoral como los costes de información acerca de a qué partido votar.


Incógnitas en el voto

En realidad, no sabemos aún las razones por las que Downs, o el modelo de elección racional, se equivocó a la hora de anticipar que la abstención sería la norma, ni tampoco los motivos que empujan a una gran cantidad de gente a tomarse la molestia de ir a las urnas.

El porqué de que muchos consideren el acto de votar como un deber o el porqué de que muchos piensen, equivocadamente, que su voto tiene efectos relevantes en los resultados finales de los comicios, son asuntos interesantes que exigen un análisis más profundo.

Tampoco es que sepamos mucho acerca de por qué ciertas personas perciben que los costes del voto son más altos, o más bajos, que otras. En resumidas cuentas, el ejercicio del voto constituye, aún en nuestros días, una actividad relativamente “enigmática” y los estudios sobre comportamiento electoral siguen sin resolver cuáles son los determinantes de los costes de votar a nivel individual.

Percepciones de los costes del voto

En un trabajo publicado en The Journal of Elections, Public Opinion and Parties, nos hemos enfrentado al último reto, y lo hemos hecho con la ayuda de la base de datos “Making Electoral Democracy Work”, que contiene información acerca de los costes relativos a la actividad de votar y sus determinantes potenciales para las elecciones nacionales en Francia, Alemania, España, Suiza y Canadá.

De manera novedosa, hemos podido vincular el modelo de elección racional del voto, que considera irracional molestarse en ir a las urnas porque el voto individual “no cuenta”, con los modelos sociológico y psico-sociológico, que señalan que la gente vota porque lo considera un deber y/o porque obtiene una satisfacción personal al hacerlo.

Así, hemos puesto a prueba si determinados factores socio-demográficos y/o actitudinales pueden afectar a los costes de votar.

Figura 1. Author provided

En la Figura 1 mostramos los resultados de nuestros análisis. Tal vez no sorprenda a nuestros lectores que los costes de votar se reduzcan con la identificación partidista, la educación, la pertenencia a sindicatos y el tiempo vivido en el lugar en el que se convocan las elecciones, ya que todos estos factores deberían disminuir los costes informativos del voto, es decir, los costes asociados a recabar la necesaria información para mejor decidir a qué partido votar.

El signo negativo y el positivo de la edad al cuadrado significan que los costes de votar muestran una relación en forma de U con la edad: primero son altos, luego bajan (posiblemente porque los ciudadanos, al dejar de ser jóvenes, conocen mejor su entorno político y les cuesta menos decidir a quién votar), y finalmente, a partir de una cierta edad, vuelven a subir (posiblemente porque a los ciudadanos más mayores les resulta más gravoso acudir a los colegios electorales).

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También hemos podido comprobar que los costes de votar son menores para los hombres y los urbanitas, pero, y esto probablemente sí que les resulte sorprendente, la presencia de hijos en el hogar no parece afectar a estos costes.

Finalmente, hemos visto que los costes se reducen con el interés político y con la importancia que se atribuye a las elecciones, posiblemente porque quienes están muy interesados y creen que las elecciones son muy importantes tienden a minimizar los costes que les supone el voto.

Altos costes pueden reducir la propensión a votar, excepto para las mujeres

Otro hallazgo interesante, aunque de alguna manera podría calificarse como intuitivo, es que todos los factores que aumentan los costes de votar contribuyen igualmente a reducir la propensión a ir a las urnas.

Eso sí, con una importante e interesante excepción: las mujeres perciben costes más altos que los hombres y, sin embargo, votan en la misma o en mayor medida medida que ellos .

Junto con el sexo, la otra variable socio-demográfica que está también fuertemente relacionada con los costes de votar es, como ya vimos, la edad. Solo los grupos de edades medias “disfrutan” de costes comparativamente más bajos. Los que tienen menos educación, los que viven en el mundo rural y los recién llegados a la región están en la misma situación que las mujeres y los jóvenes (y los más mayores) en cuanto a su percepción de costes superiores.

Podría interpretarse que la situación descrita representa un serio quebranto de uno de los principales principios de nuestras democracias: el principio de igualdad política. Especialmente, porque, al depender de variables como el sexo, la edad o el lugar de residencia, los ciudadanos que se enfrentan a mayores costes pueden hacer poco o nada para modificar esta situación.

Además, estas desigualdades colocarían a los cinco países analizados, todos ellos desarrollados y con democracias consolidadas, en una posición que podría, guardando las distancias, asemejarse a la de los Estados Unidos, pues en este último la abstención no se distribuye al azar, sino que se concentra en las minorías étnicas y en los grupos más desfavorecidos.

Conclusiones

Nuestros resultados tienen por lo tanto importantes implicaciones políticas y normativas: si queremos hacer más atractiva la participación electoral y reducir los mayores costes que perciben las mujeres, los jóvenes y los otros grupos identificados, no basta con diseñar campañas para el público en general.

Es necesario centrarse en dichos grupos y analizar cuáles son las razones que les llevan a tener unos costes comparativamente más altos que el resto de la población. Asimismo, debe estudiarse si existen obstáculos a la participación electoral y eliminarlos allí donde se encuentren.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Chile y su gran poder de reivindicación

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Eran alrededor de las cinco de la tarde del viernes 18 de octubre cuando, paseando por el Barrio Italia de la Región Metropolitana, se empezó a escuchar el ruido de las cucharas chocando con el metal de las cacerolas. “Han dejado a una de las nuestras en el hospital, únanse”, gritaba una de las manifestantes que se dirigía, junto al resto, hacia Baquedano. Andaban por las carreteras, ralentizando el tráfico e impidiendo que las micros llegaran a sus destinos. 


Las cadenas y los candados cerraban las puertas de todas las entradas al metro de la ciudad y la presencia de los carabineros en las calles no hacía más que incrementar. Se veía a gente protestando desde sus casas por todo Vicuña Mackenna mientras otros lo hacían desde la calle. A medida que dicha avenida se acababa para desembocar en Plaza Italia, el ruido se intensificaba, así como el número de gente y la dificultad para acceder hasta allí en cualquier medio de transporte. Los chilenos se habían hecho con las calles y la palabra ‘evade’ se podía leer en cualquier fachada de la ciudad.

Durante aquella noche, el ruido no cesó y las barricadas e incendios comenzaron a verse en diferentes partes de la ciudad. Los carabineros llegaban con tanques de agua, no solo para apagar dichas barricadas, sino para espantar a los manifestantes. También se podía ver el humo de las bombas de gas lacrimógeno. Parecía que sería cosa de una noche o dos. 

Piñera se dirigió hacia La Moneda y cuando era casi medianoche los rumores se confirmaron: el presidente acordó sacar a los militares a la calle; había decretado el Estado de Emergencia para la Región Metropolitana. Fue cuando realmente empezó todo.

Días antes, el Gobierno había aprobado el alza del precio del metro en Santiago: de 800 pesos en hora punta pasarían a ser 830. Quizás una subida no muy grande, pero que hizo estallar a aquellos que ya habían aguantado mucho. Es más, cuando el Gobierno de Piñera cedió ante las protestas y revocó el alza unos días después, los manifestantes continuaron llenando las calles recordando al mundo que “no son 30 pesos, son 30 años”. 30 años desde que la democracia llegó a Chile, 30 años en los que el neoliberalismo se ha instalado en el país, creándose una gran oposición en torno a él. Un modelo que, sin duda, ha fracasado.

Desde aquel día, a pesar de los toques de queda decretados por el Gobierno, no solo en Santiago, sino en más regiones como Valparaiso, Concepción o Coquimbo entre otras, los chilenos no han hecho más que salir a la calle a protestar por sus derechos y a pedir al Gobierno que ceda y elimine estas medidas tan restrictivas que ha tomado. Ya no son solo las pensiones indignas, los sueldos que no dan para llegar ni a mitad de mes y los de las élites políticas, la precariedad en la salud y la educación, el caso Pacogate, el alza de la luz o los cortes en el agua. Ahora también es una lucha contra un gobierno que ejerce la represión ante un pueblo que pide justicia. 

Desde la opinión de una extranjera a la que le ha tocado vivir todo esto muy de cerca, el poder de reivindicación que tienen los chilenos es digno de admirar y el mundo tiene mucho que aprender de ellos. No han parado incluso teniendo al Ejército en las calles, no se han quedado callados y no han pagado 30 pesos más. No han cedido ante la represión de un gobierno que les llama delincuentes y que les dice “estamos en guerra”. 

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Esas personas dignas de admirar son las miles que cada día, desde el pasado miércoles, están saliendo a la calle a protestar de la forma más pacífica que pueden, teniendo en cuenta cómo está actuando el bando contrario. No son los delincuentes que saquean supermercados, farmacias y tiendas locales, ni los que prenden fuego a trenes y micros. No son los que la televisión muestra.

Cuando las injusticias se acumulan llega un punto en que el diálogo no sirve de nada, y menos cuando este diálogo es de político a político y no con el pueblo. Los chilenos han sido conscientes de ello, han salido a la calle y se han hecho oír. Todavía lo están haciendo. Estamos viviendo unos hechos que pasarán a la historia y que cambiarán Chile para siempre.

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"Santiago" de octubre: ¿Preludio de qué?

Jorge Gillies, académico de la Facultad de Humanidades y Tecnología de Comunicación Social, analiza la situación de estado de emergencia que tiene a todo país en una crisis social.

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Javier Negrete

Las explosiones y protestas sociales como la que estamos viviendo en estos momentos, que partieron con el “Santiagazo” del 18.10 y que se han expandido rápidamente por todo el país, son habitualmente el preludio de cambios políticos más o menos profundos. Puede que estos no sucedan de inmediato, pero inevitablemente sobrevienen.

Si examinamos la historia reciente en diversos países podemos corroborarlo: el “Caracazo” de fines de febrero y comienzos de marzo de 1989 –que se produjo cuando el recientemente reelegido presidente socialdemócrata Carlos Andrés Pérez impuso contra todo lo que se esperaba de él una política restrictiva y de aumento de precios- fue el preludio del chavismo en Venezuela.

La explosión social en Argentina del año 2002 -con la caída sucesiva de varios presidentes en un corto plazo- desembocó finalmente en el prolongado dominio de la variante kirchnerista del peronismo, cuya influencia está por lo visto lejos de desaparecer.

Una variante virtuosa de los procesos de protesta fueron las manifestaciones espontáneas y pacíficas surgidas en la ciudad germanooriental de Leipzig a mediados de 1989, que condujeron finalmente a la caída del Muro de Berlín. El liderazgo político superlativo de Helmut Kohl supo recoger y canalizar el espíritu de dicha protesta y conducirlo finalmente a la reunificación alemana, un año más tarde.

Ese mismo año, las protestas y convulsiones políticas en Sudáfrica llevaron al régimen del “Apartheid” a ceder y liberar de la prisión a ese otro gigante de la política mundial que fue Nelson Mandela, quien supo transformar el odio acumulado durante décadas en cooperación y unidad nacional, permitiendo el fin del gobierno segregacionista y una transición pacífica a la democracia.

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Pero tampoco Chile estuvo ajeno a estos procesos. Los “cacerolazos” y protestas masivas surgidas a fines de 1983 fueron el antecedente de nuestra propia transición democrática y del fin de la dictadura cívico-militar.

¿Y qué sucederá ahora? Difícil predecirlo. Lamentablemente, se echan de menos liderazgos visionarios y unificadores, que puedan canalizar la protesta y llevarla a un resultado satisfactorio. Pero nunca es tarde para que surjan. Es de esperar que ello ocurra por el bien de nuestro país.

Jorge Gillies, académico de la Facultad de Humanidades y Tecnología de Comunicación Social, UTEM

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El comienzo del cambio

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El miedo es, comúnmente, uno de los mayores factores que paralizan al hombre (y mujer) ante diversos hechos. Históricamente, este ha sido el principal actor al momento de culminar con las movilizaciones sociales, pero en Chile, nos quitaron tanto en dictadura, que hasta el miedo se nos pasó.

El descontento fue el inicio del caos. La represión policial y el alza del pasaje de metro fueron la respuesta del gobierno. Es por esto, que actualmente, vemos en las calles a personas que creen en la lucha social y en el actuar de clases, porque, si nadie pelea por nuestros derechos, el pueblo lo hará.

Sin embargo, quienes nos encontramos en el mundo de la comunicación (lo más cuerdos, al menos) logramos ver la manera en la que se han masificado las noticias negativas, el mal actuar y el caos actuado. Dejando así de lado, la manifestación popular, la comunidad, el apoyo entre jóvenes y ancianos, y muchos más.

Es por esto, que faltó un alza al pasaje de metro para que Chile despertara y así, el coraje comenzara a brotar. Porque nos cansamos y queremos seguir luchando.

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