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Columna de Opinión

Votar no es igual de simple para todos

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Pixabay

La mayoría de los modelos del voto incluye los costes relativos a la actividad de votar como uno de los factores clave a la hora de explicar por qué la gente acude o no a las urnas. Estos costes comprenden tanto los relativos al desplazamiento al colegio electoral como los costes de información acerca de a qué partido votar.


Incógnitas en el voto

En realidad, no sabemos aún las razones por las que Downs, o el modelo de elección racional, se equivocó a la hora de anticipar que la abstención sería la norma, ni tampoco los motivos que empujan a una gran cantidad de gente a tomarse la molestia de ir a las urnas.

El porqué de que muchos consideren el acto de votar como un deber o el porqué de que muchos piensen, equivocadamente, que su voto tiene efectos relevantes en los resultados finales de los comicios, son asuntos interesantes que exigen un análisis más profundo.

Tampoco es que sepamos mucho acerca de por qué ciertas personas perciben que los costes del voto son más altos, o más bajos, que otras. En resumidas cuentas, el ejercicio del voto constituye, aún en nuestros días, una actividad relativamente “enigmática” y los estudios sobre comportamiento electoral siguen sin resolver cuáles son los determinantes de los costes de votar a nivel individual.

Percepciones de los costes del voto

En un trabajo publicado en The Journal of Elections, Public Opinion and Parties, nos hemos enfrentado al último reto, y lo hemos hecho con la ayuda de la base de datos “Making Electoral Democracy Work”, que contiene información acerca de los costes relativos a la actividad de votar y sus determinantes potenciales para las elecciones nacionales en Francia, Alemania, España, Suiza y Canadá.

De manera novedosa, hemos podido vincular el modelo de elección racional del voto, que considera irracional molestarse en ir a las urnas porque el voto individual “no cuenta”, con los modelos sociológico y psico-sociológico, que señalan que la gente vota porque lo considera un deber y/o porque obtiene una satisfacción personal al hacerlo.

Así, hemos puesto a prueba si determinados factores socio-demográficos y/o actitudinales pueden afectar a los costes de votar.

Figura 1. Author provided

En la Figura 1 mostramos los resultados de nuestros análisis. Tal vez no sorprenda a nuestros lectores que los costes de votar se reduzcan con la identificación partidista, la educación, la pertenencia a sindicatos y el tiempo vivido en el lugar en el que se convocan las elecciones, ya que todos estos factores deberían disminuir los costes informativos del voto, es decir, los costes asociados a recabar la necesaria información para mejor decidir a qué partido votar.

El signo negativo y el positivo de la edad al cuadrado significan que los costes de votar muestran una relación en forma de U con la edad: primero son altos, luego bajan (posiblemente porque los ciudadanos, al dejar de ser jóvenes, conocen mejor su entorno político y les cuesta menos decidir a quién votar), y finalmente, a partir de una cierta edad, vuelven a subir (posiblemente porque a los ciudadanos más mayores les resulta más gravoso acudir a los colegios electorales).

También hemos podido comprobar que los costes de votar son menores para los hombres y los urbanitas, pero, y esto probablemente sí que les resulte sorprendente, la presencia de hijos en el hogar no parece afectar a estos costes.

Finalmente, hemos visto que los costes se reducen con el interés político y con la importancia que se atribuye a las elecciones, posiblemente porque quienes están muy interesados y creen que las elecciones son muy importantes tienden a minimizar los costes que les supone el voto.

Altos costes pueden reducir la propensión a votar, excepto para las mujeres

Otro hallazgo interesante, aunque de alguna manera podría calificarse como intuitivo, es que todos los factores que aumentan los costes de votar contribuyen igualmente a reducir la propensión a ir a las urnas.

Eso sí, con una importante e interesante excepción: las mujeres perciben costes más altos que los hombres y, sin embargo, votan en la misma o en mayor medida medida que ellos .

Junto con el sexo, la otra variable socio-demográfica que está también fuertemente relacionada con los costes de votar es, como ya vimos, la edad. Solo los grupos de edades medias “disfrutan” de costes comparativamente más bajos. Los que tienen menos educación, los que viven en el mundo rural y los recién llegados a la región están en la misma situación que las mujeres y los jóvenes (y los más mayores) en cuanto a su percepción de costes superiores.

Podría interpretarse que la situación descrita representa un serio quebranto de uno de los principales principios de nuestras democracias: el principio de igualdad política. Especialmente, porque, al depender de variables como el sexo, la edad o el lugar de residencia, los ciudadanos que se enfrentan a mayores costes pueden hacer poco o nada para modificar esta situación.

Además, estas desigualdades colocarían a los cinco países analizados, todos ellos desarrollados y con democracias consolidadas, en una posición que podría, guardando las distancias, asemejarse a la de los Estados Unidos, pues en este último la abstención no se distribuye al azar, sino que se concentra en las minorías étnicas y en los grupos más desfavorecidos.

Conclusiones

Nuestros resultados tienen por lo tanto importantes implicaciones políticas y normativas: si queremos hacer más atractiva la participación electoral y reducir los mayores costes que perciben las mujeres, los jóvenes y los otros grupos identificados, no basta con diseñar campañas para el público en general.

Es necesario centrarse en dichos grupos y analizar cuáles son las razones que les llevan a tener unos costes comparativamente más altos que el resto de la población. Asimismo, debe estudiarse si existen obstáculos a la participación electoral y eliminarlos allí donde se encuentren.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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¡Prohibamos las humanidades!

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“Hay que ser absolutamente moderno”, escribía Rimbaud, en 1873. ¿Cómo no serlo hoy, en el mundo líquido de Internet, donde hemos ahogado toda categoría tradicional de territorio, propiedad o identidad? Puesto que, como científico y docente, deseo ser moderna sopeso afiliarme a STEM, que no es un nuevo deporte, sino las siglas de la asociación de las más hard de las ciencias: Science, Technology, Engineering & Mathematics (ciencias, tecnología, ingenierías y matemáticas).

Algunos diseñadores de políticas educativas de vanguardia y la avanzadilla científica más disruptiva están intentando convencerme de que investigar y enseñar en STEM resulta mucho más útil para la sociedad que hacerlo en Social Science & Humanities, (SSH), ciencias (sociales y humanísticas) simplemente soft.

¿Acaso no es preferible dedicar más tiempo, esfuerzo y presupuesto a la biología sintética, que solucionará la enfermedad del envejecimiento, que al análisis sociológico de las consecuencias de la inmortalidad?

¡Avancemos en la buena dirección y desarrollaremos un catálogo de títulos, competencias y destrezas adaptativas para la meta-educación!

En aras del progreso, me recomiendan investigar, en el nuevo esperanto STEM, desde ciencias precisas, eficientes, medibles y en la vanguardia de la tecnología y arrinconar la subjetividad cualitativa de la ciencia degenerada escrita a lápiz, en bellas e inútiles palabras. Porque no basta definir triángulo, en cuanto entrar en las propiedades geométricas y de medición asociadas a cualquier triángulo, la palabra debe decaer en beneficio de diagramas, árboles, experimentación, autorregulación y feedback permanente.

Borges, no, cineastas, sí


Debemos elaborar materiales educativos nuevos, consensuar una lista de key skills, preparar profesores, y definir un entorno cultural adecuado. Siguiendo un artículo reciente, la asociación apuesta por la cultura hip-hop. Confieso mis carencias para rapear cadenas de Markov, pero lo intentaré.

¿Qué pasará con las ciencias soft en ese escenario? Bradbury apunta una solución en “Fahrenheit 451”: ¡Quememos los libros que predican fantasías y desvían del objetivo! ¡Pongamos a latinistas, teólogos, antropólogos, novelistas y a todos los que se resisten a la modernización a trabajar por el bienestar! ¡Reeduquémosles!

¿Necesita un niño conocer a Séneca, Napoleón o Borges?, ¿precisa memorizar teniendo un teléfono inteligente en el bolsillo? ¿Y qué me dicen de investigar el universo Kandinsky? Su resultado puede satisfacer nuestra curiosidad intelectual pero es conocimiento inútil: no ofrece soluciones reales para problemas auténticos. Me permito sugerirles que conserven a los cineastas: la gente necesita recargar sus baterías pasando muchas horas ante una pantalla y hay que darles de comer.

Nada nuevo bajo el sol


Me viene a la cabeza el dicho del Eclesiastés Nihil novum sub sole (Nada nuevo bajo el sol) y pido confirmación de que esto es absolutamente moderno. Porque la contienda STEM-SSH recuerda al viejo debate entre culturas científica y humanística.

Como disciplina, la ingeniería hace años que aplica conocimiento científico y computación matemática al diseño de procesos o productos para resolver problemas emergentes. ¿Por qué renace como un Fénix? Responden, y estoy de acuerdo, que “la clave está en la T”. Es la incorporación al viejo mundo hard de la más avanzada versión exponencial del antiguo player, la tecnología, la que consigue un equipo ganador.

Es la T, esa gran habilitadora, la que carga de razón a las ciencias hard y provoca una oleada de cambios en hábitos, comportamientos, profesiones o liderazgo industrial. Así como las pantallas son hoy e-fingers, una extensión de nuestros dedos, que nos capacitan para tocar el mundo inmaterial y lejano, en breve será el nivel de capital STEM el que determinará el estatus futuro de un país.

Como científica, me veo obligada a preguntar dónde se cimenta la presumida superioridad STEM.

Responden que en trabajar para grandes audiencias y testar la aplicabilidad de las teorías y la usabilidad de los productos. En poner el foco en el consumidor, valorar la data y buscar leyes universales, porque lo que no puede escalarse es inútil. Por sus problemas de foco y contextos tan fragmentados, los soft padecen rigor mortis. Lo muestran con este ejemplo: como no estudian desigualdad sino la desigualdad en el campo andaluz en 2010, no pueden diseminar sus resultados a otras audiencias para crear nuevo conocimiento. Por ello, el número de patentes SSH es ínfimo respecto a sus homólogas STEM.

El hombre y la máquina


Cuando alguien promete la inmortalidad —y son formidables las expectativas creadas alrededor de la inteligencia artificial y el dato— cualquier otra propuesta queda eclipsada. Pero, además, las SSH omiten mirar a las empresas y colectivos para identificar sus problemas regionales y ayudar a solucionarlos, y se centran en asuntos irrelevantes, desconectados de consumo y bienestar.

¿Cuánto mejorará el PIB, la desigualdad o la vida media estudiando si fue el propio Cervantes quien escribió El Quijote? ¿A quién interesa su autoría fuera de la pequeña audiencia de académicos? Antaño Sócrates hablaba en plazas y mercados, con consecuencias políticas. Hoy están encerrados en cenáculos, enredándose en sus propios debates.

En 1917, Marcel Duchamp firmó un urinario de porcelana con el pseudónimo R. Mutt, lo llamó Fuente y lo envió a la exposición de la sociedad de artistas independientes, de cuyo jurado formaba parte. Lo tomaron como una broma de mal gusto. En 2004, quinientos expertos declararon ese mingitorio la obra más influyente del arte contemporáneo. ¿Pudo ese ready-made ser un motín contra la “religión del arte” y sus “sacerdotes oficiales”, que debamos reeditar hoy?

Si el futuro que previsiblemente viene nos acercará a la ortopedización de la naturaleza y la eliminación de fronteras entre lo real y lo virtual o entre el hombre y la máquina; si vamos a verter nuestra mente, a modo de software, en una máquina que nos conducirá a la inmortalidad, ¿debemos seguir discutiendo cómo educar a las crías de humanos?

DAQ / Telos

¡Ah, lo STEM es tan fascinante y tan potente su rodillo científico que estoy tentada a perder la independencia de mi pensamiento moral y caer en sus redes! Pero sé que lo absolutamente moderno no es necesariamente correcto, completo o definitivamente útil. De modo que me veo obligada a seguir discutiendo, a pedir sus métricas de valor social y sus datos, porque los artículos que leo, si bien muestran diferencias materiales y de usabilidad entre STEM y SSH, no aportan evidencias sobre una menor utilidad social de las segundas.

Los impactos de la investigación STEM pueden ser más tangibles, contabilizables y cercanos a los negocios, pero eso no les hace más valiosos. Además, ¿por qué pintar STEM y SSH como opuestos o excluyentes? ¡Para el humanismo, la ciencia no es el enemigo! Ni viceversa. El uso intencionado de procedimientos, valores y criterios; la modelización mediante herramientas matemáticas o computacionales; la estandarización, escalabilidad o simplificación hacen más eficiente la ardua tarea de vivir. Pero es de miopes, o de interesados que buscan maniobras de distracción, obviar que la eficiencia no es el único elemento. Como recuerda George Lucas: “Las ciencias nos proporcionan el cómo; las humanidades, el porqué”.

¿Tienen utilidad las humanidades?


Vayamos al meollo. ¿Tienen utilidad las SSH? Si prescindiéramos de ellas, ¿qué perderíamos?

Inicialmente, tendríamos un impacto negativo en términos de generación y difusión de conocimiento, empleo, contribución al PIB, ingresos fiscales y etcétera, y de valor intrínseco: seis millones de personas contemplan anualmente el retrato de Mona Lisa, la obra más visitada del mundo.

Leonardo da Vinci desconocía que su arte, además de dar placer a la gente, mejoraría las cuentas del estado francés. Los arqueólogos nos acaban de presentar al Homo luzonensis, del Pleistoceno tardío.

Tres aspectos proclaman la pertenencia de unos restos a la categoría homo: uno –herramientas–, más STEM; los otros dos –enterramientos y arte–, más SSH. Una herramienta es directamente útil: mejora el alimento y la supervivencia; enterrar a un muerto o pintar la cueva parecen inútiles, pero es precisamente esa inutilidad la que genera esa sensación de pertenencia indispensable para el progreso y para hacernos pensar en útiles sistemas de lograr la inmortalidad.

Y hay más. Desde la larga tradición platónica, pienso en la felicidad colectiva y el bien común, muy distinto del interés general. Solo con STEM no podemos formularnos las preguntas adecuadas, casi más importantes que las respuestas eficientes.

Esperamos pasos de gigante, pero, como recuerda Hannah Arendt en “The Human Condition”, “la única cuestión que se plantea es si queremos o no emplear nuestros conocimientos científicos y técnicos en este sentido, y tal cuestión no puede decidirse por medios científicos: se trata de un problema político de primer orden, por lo tanto, no cabe dejarlo a la decisión de los científicos o políticos profesionales”.

En su conclusión a “Sapiens”, Harari abunda: “¿En qué deseamos convertirnos?… Puesto que pronto podremos manipular también nuestros deseos,… ¿qué queremos desear?”, pregunta irresoluble con metodología STEM.

Diré con Nietszche, somos “humanos, demasiado humanos”, es decir, complejos. Los sistemas complejos tienen como peculiaridad que, como resultado de la interacción de sus componentes, en cuanto totalidad organizada, de ellos surgen espontáneamente propiedades emergentes. Eso es bueno y malo a la vez. Malo porque, en nuestro espacio-tiempo, nos acechan los demonios de la relatividad, la transitoriedad o lo probabilístico.

Heidegger recuerda que la realidad estadística implica que percibimos “una realidad entre muchas posibles”; Wagensberg que, basta con que un elemento no sea predecible, para que “el mundo sea indeterminista”.

Esto perturba nuestra ansia de exactitud, pero nos abre a un futuro prometedor: no enfrentarnos a la relatividad del punto de vista, que no es pérdida de objetividad sino una de sus categorías. De la existencia de varias miradas simultáneas mana la innovación pero nos obliga a acordar un meditado contrato social.

Una visión a largo plazo guiada por valores es prerrequisito para generar una nueva historia que reduzca la insostenibilidad.

Sin una reflexión científica completa, STEM-SSH, el dogma se infiltrará en nuestro ideario abocándonos a un sectarismo global.

Debemos evitarlo a toda costa. En “The Common Sense of Science”, el matemático Bronowsky escribe sobre Auschwitz: “De ese charco fluyeron las cenizas de cuatro millones de personas. Y no fue por el gas. Fue por el dogma. Fue por la ignorancia. Cuando la gente cree que tiene el conocimiento absoluto, sin ninguna verificación con la realidad, así es como se comporta”.

No estoy sosteniendo que una élite intelectual humanista –la “minoría instruida” de J.S. Mill– tutele las decisiones de la mayoría objetiva. Tampoco apelo al aguijón socrático, aunque creo que el mundo necesitará ser provocado para despertar. Recuerdo que profesar una neutralidad ética nos aboca a un tipo de esclavitud intelectual, y educar desde esa neutralidad a un panorama hobbessiano.

Nuestra democracia, marco institucional y contrato social, no pasa por su mejor momento. Está famélica. No la alimentarán las pantallas sino la mirada crítica sobre la tradición, la comprensión del sufrimiento ajeno, el acercamiento al complejo mundo de la religión, las raíces de la tolerancia, la responsabilidad y la ley. Por ello, debemos exponernos, en alguna forma y medida, a las ciencias SSH y a la palabra, no por erudición sino por supervivencia: necesitamos entrenamiento para la ciudadanía; valentía para disentir, más que arte para chillar. Un científico global necesita agile y arte.

Cultivo dos bonitas aficiones: escribo y pinto novelas, y desarrollo algoritmos con redes neuronales artificiales. Son dos tipos de órdenes que casan a la perfección. Programar en Phyton me recuerda al arte de utilizar los colores; desarrollar algoritmos, a escribir para llevar al lector a un placentero final.

Punto de inflexión


“El color es misterioso”, sostiene Verity, “escapa a la definición; es una experiencia subjetiva, una sensación cerebral que depende de tres factores relacionados y esenciales: luz, un objeto y el observador”.

Hoy, con la luz de la tecnología impactando con intensidad inusitada, nuestra sociedad debe decidir qué catálogo de colores desea y cómo equilibrar sus exquisitas variaciones. Esa paleta, recuerda Kandinsky, “es en sí misma una obra más hermosa… que muchas obras”. La naturaleza es maestra en esa combinación; nosotros, no. Debemos detenernos en ella, en las preguntas que machaconamente nos recuerda la literatura, en las advertencias de los científicos sociales, para lograr una transformación digital verdaderamente humana.

Los tonos rojos, cuyo valor simbólico es el peligro, se ven mejor con luz. En nuestra paleta hay mucho rojo. Contemplar una cena familiar, con cada miembro atento a su pantalla y ajeno a con quién y qué come, es una bandera roja. La inteligencia artificial puede ser roja si así lo queremos. Soy de las que sostienen que en la historia surgen individuos-enzimas que hacen reaccionar a toda una sociedad. Einstein, Colón, Borges, Marx, Hitler… Sería difícil que alguno de ellos hubiera ocasionado un punto de inflexión fuera de su contexto porque desafiar exitosamente al sistema precisa un clima intelectual, una tensión social, además de tecnología. Las pantallas sin contrapunto no son un clima favorable para los Einstein, pero sí para los Hitler.

Apalancadas en la tecnología y dejadas a su aire, las ciencias STEM pueden convertirse en modos de dominación. Trabajando para el progreso, pueden saltarse el paso del hombre o de la historia. Necesitan integrar una armonía cromática. Pero si las ciencias sociales se encierran en sus cenáculos, sin resiliencia para absorber las perturbaciones de la era digital, solo ofrecerán una paleta para pintar naturaleza muerta. Innovarlas es posible y completamente necesario. Pero falta voluntad y sobra soberbia intelectual. Ven un ecosistema estático, reparable solo con sus medios. Se equivocan. Tanto como se equivocaron Nokia o Blackberry. Se creen color blanco. Puede sorprender, pero cuando hay varios pigmentos, lejos de purificar, el blanco apaga la mezcla.

Debemos seguir presionando para repensar las ciencias SSH porque ese cambio no será voluntario. Pero también para repensar las STEM. La matemática de cenáculo enturbia el color. Para que un algoritmo tenga vida hay que lograr que los colores hablen entre sí: que el técnico y el empresario se entiendan. Hace falta un poco de amarillo, color ambiguo, ambivalente: luz, oro, envidia; sabiduría para el Islam, traición para la tradición católica. Quizás solo un limón algo amargo: entender que no debemos hacer todo lo que se nos ocurra.

“A cada época, su arte; al arte, su libertad” que decía el Sezessionsstil vienés. Hoy más que nunca necesitamos un nuevo contrato social y un nuevo arte.

PD. No me admiten en la asociación.


Reyes Calderón, profesora de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, Universidad de Navarra

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Columna de Opinión

Chile y su gran poder de reivindicación

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Eran alrededor de las cinco de la tarde del viernes 18 de octubre cuando, paseando por el Barrio Italia de la Región Metropolitana, se empezó a escuchar el ruido de las cucharas chocando con el metal de las cacerolas. “Han dejado a una de las nuestras en el hospital, únanse”, gritaba una de las manifestantes que se dirigía, junto al resto, hacia Baquedano. Andaban por las carreteras, ralentizando el tráfico e impidiendo que las micros llegaran a sus destinos. 


Las cadenas y los candados cerraban las puertas de todas las entradas al metro de la ciudad y la presencia de los carabineros en las calles no hacía más que incrementar. Se veía a gente protestando desde sus casas por todo Vicuña Mackenna mientras otros lo hacían desde la calle. A medida que dicha avenida se acababa para desembocar en Plaza Italia, el ruido se intensificaba, así como el número de gente y la dificultad para acceder hasta allí en cualquier medio de transporte. Los chilenos se habían hecho con las calles y la palabra ‘evade’ se podía leer en cualquier fachada de la ciudad.

Durante aquella noche, el ruido no cesó y las barricadas e incendios comenzaron a verse en diferentes partes de la ciudad. Los carabineros llegaban con tanques de agua, no solo para apagar dichas barricadas, sino para espantar a los manifestantes. También se podía ver el humo de las bombas de gas lacrimógeno. Parecía que sería cosa de una noche o dos. 

Piñera se dirigió hacia La Moneda y cuando era casi medianoche los rumores se confirmaron: el presidente acordó sacar a los militares a la calle; había decretado el Estado de Emergencia para la Región Metropolitana. Fue cuando realmente empezó todo.

Días antes, el Gobierno había aprobado el alza del precio del metro en Santiago: de 800 pesos en hora punta pasarían a ser 830. Quizás una subida no muy grande, pero que hizo estallar a aquellos que ya habían aguantado mucho. Es más, cuando el Gobierno de Piñera cedió ante las protestas y revocó el alza unos días después, los manifestantes continuaron llenando las calles recordando al mundo que “no son 30 pesos, son 30 años”. 30 años desde que la democracia llegó a Chile, 30 años en los que el neoliberalismo se ha instalado en el país, creándose una gran oposición en torno a él. Un modelo que, sin duda, ha fracasado.

Desde aquel día, a pesar de los toques de queda decretados por el Gobierno, no solo en Santiago, sino en más regiones como Valparaiso, Concepción o Coquimbo entre otras, los chilenos no han hecho más que salir a la calle a protestar por sus derechos y a pedir al Gobierno que ceda y elimine estas medidas tan restrictivas que ha tomado. Ya no son solo las pensiones indignas, los sueldos que no dan para llegar ni a mitad de mes y los de las élites políticas, la precariedad en la salud y la educación, el caso Pacogate, el alza de la luz o los cortes en el agua. Ahora también es una lucha contra un gobierno que ejerce la represión ante un pueblo que pide justicia. 

Desde la opinión de una extranjera a la que le ha tocado vivir todo esto muy de cerca, el poder de reivindicación que tienen los chilenos es digno de admirar y el mundo tiene mucho que aprender de ellos. No han parado incluso teniendo al Ejército en las calles, no se han quedado callados y no han pagado 30 pesos más. No han cedido ante la represión de un gobierno que les llama delincuentes y que les dice “estamos en guerra”. 

Esas personas dignas de admirar son las miles que cada día, desde el pasado miércoles, están saliendo a la calle a protestar de la forma más pacífica que pueden, teniendo en cuenta cómo está actuando el bando contrario. No son los delincuentes que saquean supermercados, farmacias y tiendas locales, ni los que prenden fuego a trenes y micros. No son los que la televisión muestra.

Cuando las injusticias se acumulan llega un punto en que el diálogo no sirve de nada, y menos cuando este diálogo es de político a político y no con el pueblo. Los chilenos han sido conscientes de ello, han salido a la calle y se han hecho oír. Todavía lo están haciendo. Estamos viviendo unos hechos que pasarán a la historia y que cambiarán Chile para siempre.

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"Santiago" de octubre: ¿Preludio de qué?

Jorge Gillies, académico de la Facultad de Humanidades y Tecnología de Comunicación Social, analiza la situación de estado de emergencia que tiene a todo país en una crisis social.

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Javier Negrete

Las explosiones y protestas sociales como la que estamos viviendo en estos momentos, que partieron con el “Santiagazo” del 18.10 y que se han expandido rápidamente por todo el país, son habitualmente el preludio de cambios políticos más o menos profundos. Puede que estos no sucedan de inmediato, pero inevitablemente sobrevienen.

Si examinamos la historia reciente en diversos países podemos corroborarlo: el “Caracazo” de fines de febrero y comienzos de marzo de 1989 –que se produjo cuando el recientemente reelegido presidente socialdemócrata Carlos Andrés Pérez impuso contra todo lo que se esperaba de él una política restrictiva y de aumento de precios- fue el preludio del chavismo en Venezuela.

La explosión social en Argentina del año 2002 -con la caída sucesiva de varios presidentes en un corto plazo- desembocó finalmente en el prolongado dominio de la variante kirchnerista del peronismo, cuya influencia está por lo visto lejos de desaparecer.

Una variante virtuosa de los procesos de protesta fueron las manifestaciones espontáneas y pacíficas surgidas en la ciudad germanooriental de Leipzig a mediados de 1989, que condujeron finalmente a la caída del Muro de Berlín. El liderazgo político superlativo de Helmut Kohl supo recoger y canalizar el espíritu de dicha protesta y conducirlo finalmente a la reunificación alemana, un año más tarde.

Ese mismo año, las protestas y convulsiones políticas en Sudáfrica llevaron al régimen del “Apartheid” a ceder y liberar de la prisión a ese otro gigante de la política mundial que fue Nelson Mandela, quien supo transformar el odio acumulado durante décadas en cooperación y unidad nacional, permitiendo el fin del gobierno segregacionista y una transición pacífica a la democracia.

Pero tampoco Chile estuvo ajeno a estos procesos. Los “cacerolazos” y protestas masivas surgidas a fines de 1983 fueron el antecedente de nuestra propia transición democrática y del fin de la dictadura cívico-militar.

¿Y qué sucederá ahora? Difícil predecirlo. Lamentablemente, se echan de menos liderazgos visionarios y unificadores, que puedan canalizar la protesta y llevarla a un resultado satisfactorio. Pero nunca es tarde para que surjan. Es de esperar que ello ocurra por el bien de nuestro país.

Jorge Gillies, académico de la Facultad de Humanidades y Tecnología de Comunicación Social, UTEM

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