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Ciencia

Infecciones y estigmas: lecciones de la pandemia del VIH para el mañana de la COVID-19

Si miramos al pasado (y también a parte del presente), veremos cómo los enfermos de la epidemia del VIH (que ya ha matado a más de 30 millones de personas) fueron y son estigmatizados. En distintos países se ve a "justicieros" de balcón y vecinos que denuncian a otros. Es momento de mirar hacia atrás para no cometer los mismo errores.

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Una semana más, seguimos confinados en casa. El virus SARS-CoV-2, al que coloquialmente llamamos coronavirus, agente causante de la COVID-19, ha generado un terremoto social que muchos de nosotros jamás habíamos vivido. Sin ser la pandemia más mortífera que haya sufrido la humanidad –la pandemia del VIH, de la que ahora hablaremos, ya se ha llevado por delante a 30 millones de personas–, sí está siendo la primera que ha confinado en sus casas a más de dos mil millones de personas en menos de dos semanas.

También es la primera pandemia que sufre el mundo occidental en un presente caracterizado por la explosión de medios de comunicación, redes sociales y el continuo e inconmensurable flujo de información.

Todavía es difícil predecir cómo será el futuro próximo, sobre todo en lo que respecta a cómo será la vida social cuando acabe el confinamiento. Entrevemos que aquellas personas infectadas tendrán inmunidad durante un tiempo, y por lo tanto podrán hacer vida normal.

Pero no sabemos por cuánto tiempo, o cómo serán las relaciones entre las personas inmunizadas y las que no lo estén. Así, al igual que anteriores pandemias, una de las consecuencias sociales que podría tener la COVID-19 es la estigmatización de aquellos infectados durante o después del confinamiento.

A pesar de la incertidumbre con la que nos enfrentamos, hay lecciones que podemos recuperar de pandemias anteriores. En este artículo intentaré explicar cómo se genera un estigma y qué podemos aprender de la pandemia del VIH para gestionar, en la medida de lo posible, la estigmatización y discriminación que puedan surgir en el mañana de la crisis de la COVID-19.

¿Qué es la cascada del estigma? Los cuatro pasos

Bruce Link y Jo Phean son los autores de uno de los modelos conceptuales más seguidos para estudiar los fenómenos de estigmatización y sus consecuencias: la cascada en cuatro pasos.

  1. El primer paso de esta cascada, y el más fácil de identificar, es el etiquetaje. Es decir, la identificación mediante un nombre o etiqueta de una característica humana, visible o invisible, que se desvíe de aquello que se considere socialmente como normal.
  2. El segundo paso, más inconsciente, es la asociación a esa etiqueta de atributos negativos. Estos atributos suelen tener un profundo origen moral y están en línea con aquello que una sociedad, en un determinado momento, considera inapropiado.
  3. El tercer paso, y que ya exige una acción humana, es la separación, física, social o simbólica, de aquellos individuos poseedores de esa etiqueta negativamente connotada. Es decir, la generación de una otredad y su aislamiento.
  4. Por último, el cuarto paso, y que supone un desencadenante lógico de los anteriores, es la pérdida de estatus de aquellos individuos separados. Es decir, la discriminación.

La cascada del estigma en la pandemia del VIH

Etiquetaje, atribución, separación y discriminación son los cuatro pasos que podemos encontrar en la generación de cualquier estigma. Si ponemos por caso cómo se generó y qué desencadenó el estigma del VIH, podemos distinguir nítidamente esta cascada.

En el principio de la epidemia del VIH, y hasta el inicio del desarrollo de tratamientos antirretrovirales, la gran mayoría de las personas infectadas desarrollaron SIDA, síndrome que dejaba marcas muy evidentes resultantes de la fuerte inmunodepresión: delgadez, palidez, sarcomas, etc. Incluso hasta hace bien poco, gran parte de los tratamientos antirretrovirales tenían como efecto secundario la lipodistrofia, la cual provocaba marcas en la piel del rostro y las manos.

Así, el VIH dejó durante mucho tiempo marcas físicas fácilmente reconocibles que enseguida fueron etiquetadas (seropositivo, sidoso) y asignadas con atributos negativos que son reflejo de la moral del momento: promiscuo, sucio, irresponsable, drogadicto, buscona, paria. En definitiva: putas, yonkis y maricones.

La separación social de las personas que vivían con VIH no tardó en llegar, y muchas de ellas fueron acosadas mediante pintadas en sus casas o sufrieron escarnio público. Como consecuencia, se produjo una fuerte discriminación, y las personas con VIH vieron restringidas sus posibilidades de acceso al trabajo, a viajar o fueron criminalizadas solo por ser portadoras del virus.

Muchas de estas restricciones siguen existiendo hoy en día: 48 países del mundo impiden la entrada a personas con VIH (siendo Rusia, Australia o Paraguay algunos ejemplos), y 1 de cada 5 declaran haber sido rechazadas por algún sistema de salud.

Las marcas invisibles

La situación presente del VIH ha cambiado mucho en los últimos 40 años. Gracias a las terapias antirretrovirales, las personas que viven con VIH logran mantener cargas virales indetectables y, gracias a ello, impiden por completo la transmisión del virus (repito, por completo). Además, los actuales tratamientos ya no generan lipodistrofia.

Sin embargo, además del estigma provocado por las marcas visibles, este se alimentó de multitud de marcas invisibles y simbólicas que son las que mantienen el estigma vivo hoy. El estigma continúa allí, y esa atribución moral, ese segundo paso de la cascada, no se ha conseguido desarticular. Y los medios de comunicación no están ayudando mucho.

Pregúntense, si no, cuántas veces han escuchado en la televisión que indetectabilidad significa intransmisibildad y cuántas el muy estigmatizante “hoy en día hay que ser idiota para infectarse de VIH”. O mejor, pónganse en la situación de una cena en su casa con amigos y conocidos en la que alguien confiesa que vive con VIH. ¿Le pondría más empeño a fregar los cubiertos al terminar, a sabiendas que no hay ningún tipo de riesgo de transmisión? Seguramente verá que el estigma sigue ahí.

Más allá de la discriminación

Las consecuencias del estigma no se detienen únicamente en el aislamiento social y la discriminación. Tienen también un efecto directo en la salud de las personas estigmatizadas. Varios metaanálisis muestran que las personas que viven con VIH tienen una probabilidad 29 % mayor de padecer problemas de salud mental debido al estigma. Estos resultados se repiten, por ejemplo, en personas con obesidad. Se ha llegado a demostrar, incluso, cómo el estigma puede aumentar la incidencia de comorbilidades de algunos tipos de cánceres.

Las causas fisiológicas por las que el estigma puede tener un impacto directo en la salud mental y física todavía no se conocen con precisión. Sin embargo, sí existen evidencias que permiten tener una aproximación. Por ejemplo, se ha demostrado que las personas estigmatizadas mantienen niveles de activación ligeramente superiores de las rutas neuronales del estrés, lo cual puede tener como consecuencia la pérdida de concentración o la aparición de trastornos del estado del ánimo como la ansiedad o la depresión.

La COVID-19 y el estigma

Conocer la historia de generación del estigma en la pandemia del VIH y sus consecuencias nos debería preparar para gestionar los posibles estigmas en la próxima fase de la actual pandemia de la COVID-19. A diferencia del VIH, la pandemia de la COVID-19 se producido en plena Era de la Información, por lo que estamos siendo constantemente bombardeados, por todos los medios de comunicación a nuestro alcance, de datos, interpretaciones y, como no podía ser de otra manera, multitud de noticias falsas.

Esto está provocando que, en muy poco tiempo, se esté formando un clima de opinión muy crispado, plagado de interpretaciones morales taxativas e inamovibles. Algo que parece sonar similar a ese segundo paso de la cascada del estigma.

“Egoístas”, “irresponsables”, “caprichosos”… son algunos de los calificativos que más se leen o escuchan estos días para señalar por doquier a personas que están en la calle, sin llegar a conocer sus motivos. En algunas localidades pequeñas se señala a los que se han infectado y sus familias (¿nos acordamos de esas pintadas en el inicio de la pandemia del VIH?). Vecinos denuncian a otros vecinos. Abundan los “justicieros de balcón”. Vuelve “la vieja del visillo”.

Esta crisis nos ha empujado a establecer nuevas normas sociales de manera muy rápida y sin un correlato normativo claro. En toda norma social hay moral. Y en lo moral, y más sin memoria acumulada, solemos ponernos a nosotros mismos en la cúspide. El yo en la citadela del buen ciudadano.

El problema radica en que en el establecimiento de una norma social nueva de una manera tan rápida es muy fácil hacerse trampas al solitario: apuntar con el dedo al que sale al supermercado dos días seguidos mientras viene por enésima vez a casa un repartidor de Amazon.

¿Señalar a los afectados?

Este cóctel de atributos morales es el caldo de cultivo ideal para generar un estigma. En el caso de la COVID-19, sin embargo, el primer escalón de la cascada, el etiquetaje, no es tan claro ya que, por ahora, no existe ninguna marca física que permita señalar a los infectados.

Sin embargo, vamos hacia un mañana del confinamiento en que, por ejemplo, puede ser obligatorio que las personas que den positivo en un test lleven mascarillas, o que deban ausentarse del trabajo para autoaislarse.

Esas marcas o acciones permitirán fácilmente señalar a aquellos infectados, asignarles un atributo moral y, por lo tanto, discriminarles. A esto hay que añadir, no olvidemos, que a las marcas visibles se añaden muchas otras invisibles que abundan en la definición del estigma.

De este modo, es necesario que como sociedad reflexionemos más en calma sobre cómo designamos a aquellos que eventualmente se podrán infectar pasado el confinamiento. Y, sobre todo, los medios de comunicación deben actuar como diques de la propagación de atributos negativos y no como propagadores.

Deberán educarnos mejor en normas de higiene, pero también nos tendrán que dar a conocer mejor cómo funciona el virus, su epidemiología, su transmisión y su proceso inmune para evitar escarnios públicos innecesarios y, por ende, el coste social y de salud que este nuevo estigma puede acarrear.The Conversation

Sergio Villanueva Baselga, Professor of Media and Communication, Universitat de Barcelona

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Ciencia

¿Por qué siempre se nos escapan las moscas?

Una mosca vuela alrededor de nuestra cabeza y aterriza cerca; la observamos con cuidado, calculamos la distancia y lanzamos lo que creemos que es un golpe perfecto. Esfuerzo inútil.

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El inicio del vuelo, es decir, el despegue y la estabilización inmediata, constituye un desafío para cualquier animal volador. El despegue exige generar en poco tiempo una enorme potencia para ganar altitud, mientras que estabilizar el vuelo requiere respuestas rápidas a las perturbaciones. El equilibrio entre velocidad y estabilidad hace que las moscas utilicen despegues rápidos pero inestables cuando se ven amenazadas, y despegues más lentos y estables cuando buscan comida o inician el vuelo voluntariamente.

Una mosca vuela sigilosa alrededor de su cabeza y aterriza cerca. Agarra un matamoscas o enrolla el periódico, la observa con cuidado, calcula la distancia y lanza lo que cree que es un golpe perfecto. Esfuerzo inútil. No importa lo rápido que sea; casi siempre la mosca será más rápida, conseguirá evitar su golpe pretendidamente maestro y se irá de rositas.

Como ha podido comprobar cualquiera que intente leer en una terraza durante el verano, las moscas son extraordinariamente rápidas para escapar cuando están posadas sobre superficies sólidas y son capaces de maniobrar en vuelos acrobáticos que provocarían la envidia de los pilotos de combate. No es casualidad.

Puede que carezcan del cerebro de los vertebrados, pero la evolución ha dotado a la modestas (y molestas) moscas domésticas con unas capacidades de percepción, velocidad y maniobrabilidad tales que hace que sean extraordinariamente buenas para detectar y evitar los ataques por rápidos que sean.

Los halterios

Además de su visión ultrarrápida, en esa extraordinaria capacidad de respuesta juegan un papel esencial sus alas traseras modificadas, los halterios. Estos les permiten hacer despegues súbitos en el último momento, cuando el peligro inminente se cierne sobre ellas.

Las moscas domésticas (Musca domestica) son dípteros, algo que quizás sugiera equívocamente que solo poseen dos alas. No es exactamente así. Tienen cuatro, pero mientras que la mayor parte de los insectos voladores despegan impulsándose con las patas y poseen cuatro alas adaptadas para sostenerlas e impulsarlas durante el vuelo, las alas traseras de los dípteros ni sustentan ni baten, porque se han transformado en pequeñas estructuras parecidas a palancas mazudas, los halterios (Figura 1).

Anatomía de una mosca doméstica mostrando los calípteros (5) y un halterio (10). Fiestoforo.

Gracias a una irrigación directa y electrotónica de una neurona motora directriz, los halterios, que funcionan a la vez como giróscopos y metrónomos, envían información en tiempo real hacia las alas, lo que permite al insecto percibir los giros corporales y estabilizar el cuerpo mientras vuela.

El calíptero

Los dípteros, de los que se han descrito más de 150 000 especies, se encuentran en casi todos los hábitats terrestres del mundo, excepto en la Antártida. En un grupo tan numeroso, la clasificación es compleja. Un grupo de dípteros, entre los que se cuentan las moscas comunes, tienen los halterios protegidos por una prolongación de las alas delanteras en forma de lóbulo, el calíptero (Figura 1), de donde deriva el nombre del grupo: caliptratos.

Desde hace mucho tiempo se había observado que los dípteros caliptratos no solo usan los halterios durante el vuelo, sino que también los hacen vibrar mientras deambulan, aunque los entomólogos ignoraban por qué. Para averiguarlo, un grupo de investigadores grabó imágenes a velocidades de hasta 3 000 fotogramas por segundo para filmar diferentes especies de moscas dípteras durante el despegue.

En este vídeo gif de Alexandra Yarger se puede observar a cámara lenta el despegue ultrarrápido de un moscardón caliptrato de la familia Calliphoridae.

Observaron que las moscas caliptratas se propulsaban unas cinco veces más rápido que las moscas de otros grupos. Despegaban a una media de siete milisegundos y lo lograban con un solo batido de alas. Ninguno de los caliptratos tardó más de catorce milisegundos en despegar. En comparación, los despegues de moscas de otros grupos consumieron alrededor de 39 milisegundos y exigieron al menos cuatro batidos de alas (Figura 2).

Comportamientos locomotores en familias de moscas. A. Tdespegue: Tiempo en milisegundos (ms) transcurrido desde el inicio de la flexión de patas al despegue. B. Naleteo: número de aleteos antes de que las patas pierdan contacto con el suelo durante los despegues espontáneos. Cada punto de datos representa una especie individual dentro de su familia codificada por colores (datos promedios de 1 a 15 individuos por especie, y de 1 a 3 despegues por animal). Modificada a partir de Yarger et al. (2020).

A continuación, los investigadores amputaron los halterios. Las caliptratas amputadas tardaron mucho más en despegar, mientras que el tiempo de despegue no se vio afectado en las moscas amputadas de otros grupos carentes de calípteros. La estabilidad durante el despegue también se vio afectada con la amputación, pero solo en las moscas caliptratas, cuyos torpes intentos de vuelo acababan ineludiblemente en un aterrizaje forzoso. Esos comportamientos anómalos prueban que entre las caliptratas los despegues rápidos y estables exigen el uso de los halterios.

Poder escapar de la depredación es una gran ventaja para cualquier animal, algo que han logrado con enorme éxito las moscas caliptratas, como ponen de relieve las 18 000 especies descritas en el grupo, cuatro veces más que las descritas en mamíferos, el doble de las especies conocidas de aves, y aproximadamente el 12 % del conjunto de los dípteros.

Hacer un despegue para escapar exige una perfecta sincronización entre velocidad y estabilidad. Los caliptratos parecen haber encontrado una manera de contrarrestar la pérdida de estabilidad mediante el uso de los halterios, lo que les permite lograr fugas mediante despegues más rápidos y estables que los que pueden ejecutar muchas otras especies de moscas.

Otras acrobacias

Los halterios no son el único secreto para el éxito escapista de las moscas. Una vez que una mosca vuela, puede ejecutar increíbles maniobras acrobáticas.

Las moscas de la fruta del género Drosophila pueden cambiar de rumbo en menos de una centésima de segundo, unas 50 veces más rápido del parpadeo de un ojo humano y, como puede verse en este vídeo, son capaces de girar hasta 90 grados para volar boca abajo y maximizar su fuerza de escape.

Fuga típica de una Drosophila situada sobre un prisma de vidrio que replica su imagen en ángulo recto. El estímulo que provoca la fuga se acerca por delante de la mosca (lado derecho de las imágenes). Los puntos blancos marcan los puntos de la cabeza y el abdomen utilizados para determinar el centro de masas (círculo blanco y negro) en tres momentos temporales: inicio del estímulo (T0), inmediatamente antes del salto (Tpre), y el momento del despegue después del salto (Tsalto). El punto rojo marca el punto de contacto con la superficie del par de patas mesotoráxicas (las que proporcionan el empuje de despegue) en T0. Las moscas saltan hacia atrás en respuesta a los estímulos que se avecinan frente a ellas y saltan hacia adelante cuando se acercan por detrás. Además, las moscas reposicionan activamente su centro de masas alejándose lejos de la dirección del estímulo que se aproxima. ms: milisegundos transcurridos desde el inicio del estímulo. Modificada a partir de Card y Dickinson (2008).

Cuestión de vista

Las moscas también tienen una visión excepcional que les ayuda a planificar sus saltos para alejarse de una amenaza inminente. Aproximadamente 200 milisegundos antes del despegue para escapar de un ataque, las moscas de la fruta utilizan la información visual para ajustar su postura y fijar el rumbo que las conducirá hasta un lugar seguro (Figura 3).

Los cerebros de los animales perciben el paso del tiempo procesando imágenes a velocidades conocidas como “tasa de fusión de parpadeo”, un término que describe la cantidad de imágenes que les llegan al cerebro por segundo. El implante de electrodos en los fotorreceptores de los ojos de las moscas demostró que su tasa de fusión de parpadeo era de 400 veces por segundo, mientras que la para los humanos es de aproximadamente 60. Esto significa que el movimiento que nosotros percibimos como “normal” para una mosca es una secuencia en cámara lenta.

Con todas estas ventajas integradas, no es de extrañar que la mosca que intenta aplastar logre escapar. Si quiere tener una idea cabal de los fundamentos aerodinámicos del vuelo de las moscas, mire este vídeo.

Podrá aprender que para mejorar la habilidad para abatir moscas con un golpe de, pongamos, un periódico enrollado, lo que hay que hacer es apuntar al lugar probable al que se dirija la mosca y no al sitio donde aparentemente está descansando, porque no lo está: su capacidad de fusión de parpadeo está casi siempre al acecho.

Apunte un poco hacia adelante para anticiparse hacia dónde va a saltar la mosca. No hay otra. Claro, que también puede dejarla en paz, porque, como usted, tiene derecho a buscarse la vida, aunque moleste un poco.The Conversation


Manuel Peinado Lorca, Catedrático de Universidad. Departamento de Ciencias de la Vida e Investigador del Instituto Franklin de Estudios Norteamericanos., Universidad de Alcalá

This article is republished from The Conversation under a Creative Commons license. Read the original article.

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Inmunólogo responde: ¿Cuál es la efectividad de la primera dosis de las vacunas de Pfizer y Moderna?

Es una pregunta que los inmunólogos escuchan con frecuencia. La evidencia disponible invita a la tranquilidad.

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A medida que las vacunas contra la covid-19 llegan a más personas, algunos se preguntan si podríamos retrasar la segunda dosis de las vacunas de Pfizer y Moderna para permitir que más personas se vacunen más rápidamente. Y, por lo tanto, qué seguridad nos daría la primera.

Como inmunólogo, escucho esta pregunta con frecuencia. La respuesta es que una sola dosis es muy eficaz, pero yo añadiría que, aun así, hay que ponerse las dos. Sin embargo, la cuestión es importante, no solo para su salud personal, sino también para la salud de cada país.

Las enfermeras se preparan para vacunar a los trabajadores médicos.

Trabajadores médicos vacunan a miembros del personal médico contra la COVID-19 el 20 de diciembre de 2020, en Tel Aviv. Amir Levy/Getty Images

Buenas noticias del extranjero

Un estudio reciente realizado en Israel demostró que una dosis única de la vacuna de la covid-19 de Pfizer es altamente eficaz, hasta un 85 %.

El Centro Médico Sheba informó de su experiencia con la vacunación de sus casi 10 000 empleados con la vacuna de la covid-19 de Pfizer.

La vacunación allí comenzó el 19 de diciembre de 2020, que coincidió con la tercera ola en Israel. Los investigadores se fijaron en la tasa de reducción de la infección por SARS-CoV-2 y de la covid-19 tras la vacunación. Hasta el 24 de enero de 2021, 7 214 trabajadores sanitarios de ese país habían recibido una primera dosis y 6 037 habían recibido la segunda.

En total hubo 170 casos de infección entre el 19 de diciembre de 2020 y el 24 de enero de 2021. De ellos, 89 personas, o el 52 %, no estaban vacunadas. 78 personas, o el 46 %, dieron positivo después de la primera dosis. Tres, o el 2 %, dieron positivo después de la segunda dosis.

Esto coincide con un nuevo análisis de los datos del ensayo clínico de fase 3 publicado en 2020 en el New England Journal of Medicine. En ese estudio, el 52 % de protección de la primera dosis incluía infecciones que se produjeron en los primeros 10 días después de la vacunación, cuando no se esperaría que la vacuna hubiera tenido tiempo de generar anticuerpos protectores contra la espícula del coronavirus.

Utilizando los datos del estudio publicado de la vacuna de Pfizer, Public Health England determinó que la eficacia de la vacuna era del 89 % durante los 15-21 días posteriores a la primera dosis y antes de la segunda dosis en el día 21. El rango de eficacia se situó entre el 52 % y el 97 %.

Para los días 15-28, o hasta la primera semana después de la segunda dosis, la protección de la primera dosis se estimó en un 91 %. El rango para esto fue entre el 74 % y el 97 %. No se espera que una segunda dosis confiera inmunidad en ese tiempo.

Conclusión

¿Qué sabemos entonces? Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades instan a la gente a recibir las dos dosis de las vacunas Pfizer y Moderna. Usted debería estar tranquilo, ya que incluso después de una sola dosis de cualquiera de esas vacunas, tiene niveles muy altos de protección dado que su cuerpo tiene tiempo para crear inmunidad, alrededor de una semana.

La segunda dosis programada de estas vacunas las hace aún más efectivas, pero en una época en la que los suministros de vacunas son limitados, hay mucho que decir acerca de dar prioridad a la primera dosis para el mayor número de personas.

William Petri, Professor of Medicine, University of Virginia

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Científicos: Hay un futuro en nuestra basura

Los procesos de biorrefinería permiten recuperar aquello a lo que no podemos dar uso y devolverlo a la vida útil. Nos permiten avanzar hacia la economía circular y un nuevo equilibrio planetario.

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La maravillosa burbuja en la que habitamos se encuentra en un momento crítico. Pero, aunque muchos nos alertan, continuamos con nuestra economía basada en el perpetuo crecimiento. Es como aquella locomotora de los hermanos Marx que continuamente pedía “¡más madera!, ¡más madera!”.

Sin embargo, la última lección aprendida demuestra que esta locomotora puede pararse en seco y hacernos descarrilar. Y no es necesario que ocurran cataclismos o que dioses enojados nos vengan a pedir cuentas, ni siquiera que exploten guerras injustas con líderes genocidas. Un simple organismos inanimado (o no, hay controversia en ello) con una pequeña secuencia de ARN nos ha dejado KO demostrándonos lo frágiles que somos.

Un equilibrio roto


Pero las crisis son también fuentes de oportunidad. Ahora más que nunca la humanidad debe dar un paso hacia su madurez social y entender que nuestra relación con los ecosistemas es fundamental.

En este momento, querido lector, le pedimos un esfuerzo: no imagine solo un ecosistema formado por animales, bosques, ríos, mares, etc. Imagine que su casa, su calle, su ciudad, la casa rural que frecuenta para relajarse y, sin duda alguna, nuestras industrias son también parte de esos ecosistemas.

La suma de todos estos componentes desempeña un importante papel en los balances de la biosfera y tienen que ajustarse a diario.

Hasta la primera revolución industrial hemos mantenido un equilibrio más o menos razonable entre la humanidad y la Tierra. Sin embargo, el desarrollo exponencial de nuestro estilo de vida (al menos en los países del llamado primer mundo) lo ha desequilibrado todo y, sin duda alguna, nuestro planeta se está deteriorando.

Un gran indicador de que algo no marcha bien lo encontramos en nuestros residuos.

La basura nos delata


En primer lugar, nuestros desechos revelan que nos hemos convertido en unos derrochadores profesionales. Desde un punto de vista energético, los residuos que vertemos (fundamentalmente residuos orgánicos y plásticos) muestran que producimos más comida de la que necesitamos. Generamos más calorías de las que debemos (no uso la palabra podemos) comer. Por tanto, aquello que ya no queremos o no nos parece apetecible, acaba en inmensos almacenes que denominamos vertederos.

Los residuos alimentarios suponen cerca de un tercio de los alimentos producidos, con un total de 2,96 Gt por año. La huella ambiental de estos residuos equivale a 3,3 Gt de CO₂ equivalente, un consumo de agua de 250 km³ y el uso de 1,4 billones de hectáreas de tierra cultivable.

Los anteriores detalles nos llevan a la segunda cuestión: los residuos que generamos muestran hasta qué punto nuestra sociedad es inmadura. Ningún ser inteligente y equilibrado derrocharía tanto, sobre todo existiendo personas que mueren de hambre.

Los residuos, también fuente de oportunidades


Una vez hemos reflexionado sobre aspectos éticos de nuestra basura, nos vamos a centrar en el aspecto positivo, es decir, en la oportunidad.

Hoy día existen muchas iniciativas que intentan reducir la producción de residuos alimentarios. Sin embargo, ¿qué ocurre con aquellos que no pueden reducirse? Para eso estamos las científicas y los científicos, para pensar cómo darles una segunda vida.

Para que se haga una idea, los residuos alimentarios están formados por proteínas, hidratos de carbono, grasas y fibras. Estos componentes son los bloques esenciales de la naturaleza y sirven, por medio de un sin fin de organismos –algunos tan pequeñitos como una bacteria y otros tan grandes como un elefante–, para generar ciclos como el del carbono, nitrógeno, etc.

La oportunidad viene servida en bandeja: aprender cómo funcionan estos mecanismos e importarlos a nuestra tecnología supondría una gran oportunidad para crear una economía más sostenible.

Métodos para reutilizar los residuos


En los últimos 50 años se han desarrollado tecnologías que intentan aprovechar los residuos para producir una larga lista de productos como combustibles, bioplásticos y sustancias utilizadas en fármacos.

Estos procesos sirven para crear un nuevo tipo de industria que denominamos biorrefinería. Su cometido no difiere del que asociamos tradicionalmente a una refinería: del petróleo (la materia prima) obtenemos combustibles, plásticos, etc. Pero a diferencia de esta, su filosofía consiste en recuperar aquello a lo que no podemos darle más uso y devolverlo a la vida útil, ya sea transformado en combustible u otro producto.

Imagen de Asperguillus awamori degradando basura para producir biodiesel. Author provided

Por ejemplo, un hongo llamado Aspergillus awamori es capaz de degradar basura para producir biodiesel.

Esta nueva industria se centra en la economía circular y nos permitiría volver a encontrar un nuevo equilibrio entre el ecosistema humano y el ecosistema natural.

Si tiene más interés en ver cómo funciona una biorrefinería, no dude en visitar nuestra aula virtual. Allí podrá aprender algunos secretos de la producción de biocombustibles y experimentar sus procesos.

En el grupo BIOSAHE de la Universidad de Córdoba trabajamos en esta línea. Buscamos cómo aprovechar los desechos y cómo poder utilizarlos como combustibles o biomateriales.

Nuestro empeño, al igual que el del resto de la comunidad científica, es crear una ciencia y una utecnología que permitan a la siguiente generación buscar la felicidad y no la supervivencia. Este anhelo nos acompaña desde los albores de nuestro nacimiento como especie y debe de marcar nuestra evolución hacia una consciencia que va más allá de nosotros mismos.The Conversation


Miguel Carmona Cabello, Investigador en el Departamento de Química Física y Termodinámica Aplicada, Universidad de Córdoba; Pilar Dorado, Catedrática en el Departamento de Química Física y Termodinámica Aplicada, Universidad de Córdoba, and Sara Pinzi, Profesora del Departamento de Química Física y Termodinámica Aplicada, Universidad de Córdoba

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