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Ciencia

Todavía existen muestras de viruela en el mundo: ¿se deben destruir?

El último caso de viruela ocurrió en Birmingham (Reino Unido) en 1978 debido a una exposición accidental en un laboratorio.

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Ignacio López-Goñi

La reciente noticia de un accidente en el laboratorio VECTOR en Rusia, el único centro que oficialmente conserva muestras del virus de la viruela junto al CDC de EE UU, ha reabierto el debate de qué debemos hacer con estos viales.


Se cree que la viruela surgió al comenzar los primeros asentamientos agrícolas, hace unos 10 000 años, y que se extendió por todo el planeta desde China. Primero al resto de Asia, luego a Europa y, por último, a América. El primer paciente conocido fue el faraón egipcio Ramsés V, cuya momia reveló que murió a los 35 años por culpa del virus.

Los brotes de viruela devastaron los imperios azteca e inca y también afectaron a otros indios americanos. El propio emperador Moctezuma falleció aquejado de viruela, y probablemente la conquista del imperio azteca no habría sido igual sin los estragos de esta enfermedad entre los indios. Fueron los hombres de Pánfilo Narváez, que desembarcaron en Yucatán (México) para apresar a Hernán Cortés, quienes la introdujeron en América: uno de los pasajeros era un esclavo africano infectado. En pocos meses se extendió por todo el imperio azteca, porque la población indígena no se había expuesto al microorganismo antes de la llegada de los españoles.

Niño con viruela (Bangladesh, 1973). CDC/James Hicks, CC BY

En los siglos XVII y XVIII la viruela asoló Europa. Solo en Inglaterra afectó a más del 90 % de los niños. Sabemos de varios personajes famosos que también padecieron o murieron de viruela: María II de Inglaterra, Pedro II de Rusia y Luis XV de Francia murieron de viruela. Mozart, George Washington y Abraham Lincoln la padecieron, pero sobrevivieron.

La OMS calcula que el virus de la viruela ha sido responsable de más de 300 millones de muertos solo en el siglo XX. Las campañas de vacunación masivas lograron que la última infección natural tuviera lugar el 26 de octubre de 1977. En 1980 se convirtió en la primera y única enfermedad infecciosa humana en ser erradicada del planeta.

Entonces, ¿el virus ya no existe?


Esto no quiere decir que el virus haya desaparecido. Durante años ha permanecido en algunos laboratorios de investigación repartidos por el planeta. De hecho, el último caso de viruela ocurrió en Birmingham (Reino Unido) en 1978 debido a una exposición accidental en un laboratorio.

Hoy en día, hasta donde sabemos, oficialmente solo existen dos laboratorios que conserven virus vivos de la viruela: el CDC de Atlanta (EE UU), que todavía tiene unas 350 cepas, y el laboratorio VECTOR del Centro de Investigación en Virología y Biotecnología en Koltsovo (Novosibirsk, Rusia), que guarda unas 120. Ambos colaboran con la OMS y son inspeccionados por expertos en bioseguridad de esta institución cada dos años (la última en enero y mayo de este mismo año).

Desde la erradicación de la viruela se suspendieron todas las campañas de vacunación y, desde entonces, se ha sugerido la necesidad de destruir los remanentes. El debate ni es nuevo ni tiene una solución fácil, como ya conté hace unos años en Investigación y Ciencia. Expertos internacionales se han reunido desde finales de los años 90 para discutirlo. En abril de este año, la OMS volvió a publicar un informe sobre la destrucción de las reservas del virus de la viruela.

¿Qué se está investigando con la viruela?


En 2018 había 10 proyectos de investigación en curso con el virus de la viruela: para mejorar los métodos de diagnóstico, desarrollar nuevos fármacos y nuevas vacunas más efectivas y seguras.

En los últimos años se han ensayado más de 100 compuestos sintéticos distintos. En julio de 2018, la FDA aprobó el nuevo agente antiviral Tecovirimat, que inhibe la salida del virus. Se trata del primer fármaco aprobado para el tratamiento de la viruela. El comité de expertos de la OMS cree que es necesario seguir investigando para desarrollar otros compuestos antivirales con mecanismos diferentes de acción, como el Brincidofovir y anticuerpos monoclonales neutralizantes.

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Se han desarrollado nuevos sistemas de diagnóstico rápido y ya se tiene la secuencia del genoma completo de 50 cepas del virus. Este microorganismo es muy estable y no se cree que haya nuevas cepas. Con esta información se puede distinguir fácilmente el virus de la viruela de otros poxvirus similares como la viruela de los monos, camellos y vacas.

Respecto a las vacunas, la OMS calcula que hay entre 570 y 720 millones de dosis de la vacuna almacenadas en todo el planeta y que se tiene la capacidad para fabricar más de 200 millones de dosis al año. Además, se siguen desarrollando nuevos candidatos de vacunas de tercera generación más eficaces, inmunogénicas y seguras.

Vacuna de la viruela. CDC, CC BY

Los riesgos de una reemergencia de la viruela


Estas investigaciones son necesarias para prevenir y controlar posibles brotes infecciosos por otros virus similares al de la viruela. Por ejemplo, existen casos de infección en humanos por el virus de la viruela de los monos en África, y es necesario tener sistemas de diagnóstico rápido que lo identifique, tratamientos y vacunas. Tampoco podemos descartar que, en el futuro, otros similares se adapten al ser humano. Por todo ello, es necesario mantener un grupo de expertos en este tipo de virus.

Ni siquiera se puede descartar la reemergencia del propio virus. ¿Pueden quedar algunos viales olvidados en algún congelador de algún laboratorio del mundo? No lo sabemos. En enero de 2014 se destruyeron, en presencia de personal de bioseguridad de la OMS, varios viales con fragmentos de ADN clonado del virus de la viruela, que habían sido guardados en un laboratorio en Sudáfrica.

En junio de ese mismo año se encontraron en un laboratorio del NIH en Bethesda (EE UU) 16 viales viejos marcados como “viruela” que contenían material liofilizado. Se comprobó que seis de ellos contenían el virus todavía viable y, tras secuenciar su genoma, fueron destruidos en presencia de personal de bioseguridad de la OMS. ¿Hay mas?

Las preguntas no acaban ahí. ¿Se podría resucitar el virus de cadáveres congelados en el permafrost que fallecieron de viruela? No sabemos cuánto puede durar el microorganismo en un cadáver, pero en el año 2011 unos trabajadores de la construcción de Nueva York encontraron el cuerpo de una mujer del siglo XIX que había fallecido por viruela. Avisaron al CDC, que determinó que el cuerpo no suponía riesgo alguno para la salud. También se han detectado fragmentos de ADN de viruela en la momia de un niño en Lituania que había fallecido entre 1643 y 1665.

Otro riesgo potencial es que hoy las técnicas de biología sintética permiten reconstruir un virus completo a partir de su genoma. Esto ya se ha hecho con el de la gripe, el ébola e incluso el de la viruela de los caballos. En 2017 se demostró que ya es posible reconstruir este último a partir de información de acceso público, en solo seis meses y por unos 100 mil dólares.

La discusión continúa


No parece que haya razones de salud pública para mantener el virus vivo. La mayoría de los expertos cree que no es necesario para el desarrollo de nuevas vacunas, pero sí para la investigación de nuevos agentes antivirales específicos. No hay consenso en si es necesario para el desarrollo de nuevos sistemas de diagnóstico.

De momento se pospone la decisión final. El virus de la viruela seguirá encerrado (eso esperamos) en los laboratorios.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Ciencia

¿Se podrá descarbonizar la industria para 2050?

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La primera propuesta de la agenda política de la próxima presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, es el European Green Deal. Se trata de una apuesta por la descarbonización de la economía europea que sea capaz de generar oportunidades para el empleo y el desarrollo económico.


Por una parte, este Green Deal pretende alcanzar la neutralidad climática en 2050. Por otra, requiere, y así lo ha expresado von der Leyen, ir acompañado de un nuevo mecanismo de protección frente a la fuga de emisiones y de una nueva estrategia industrial.

La política actual europea, tanto climática como industrial, no garantiza cumplir con este ambicioso reto. Ni siquiera dar pasos significativos en la dirección correcta.

El actual régimen de comercio de emisiones europeo (RCDE UE) trata de marcar el camino para la descarbonización de los sectores industriales (y eléctrico) en Europa al establecer un precio por emitir CO₂.

Este sistema fue considerado poco efectivo durante los primeros años por los bajos precios que generaba. En el último año ha visto cómo, gracias a algunas modificaciones en su diseño, ha subido el precio hasta niveles que ya sí son percibidos como relevantes por la industria.

Contribución de diferentes materias primas a las emisiones globales de dióxido de carbono (2014). Estimaciones del DIW basado en 'Energy Technology Perspectives 2017' de la AIE., Author provided

Falta inversión en tecnologías bajas en carbono


Sin embargo, lo anterior no significa que las industrias estén recibiendo señales efectivas para realizar inversiones en tecnologías más bajas en carbono.

La incertidumbre de los precios y el mecanismo de protección ante la fuga de carbono diseñado por la Comisión (la asignación gratuita de permisos de emisión) hacen que los sectores industriales no vean un incentivo claro para estas nuevas inversiones.

Y sin inversiones en nuevas tecnologías no será posible reducir las emisiones de gases de efecto invernadero procedentes de la industria. Estas suponen actualmente un 16 % del total de emisiones en Europa.

Planificar y realizar las inversiones lleva tiempo. Y teniendo en cuenta su larga duración, es preciso comenzar ya si se quiere alcanzar el objetivo de neutralidad climática para 2050.

Es imprescindible diseñar de inmediato un entorno en el que los distintos sectores industriales cuenten con incentivos tanto para reducir sus emisiones como para seguir compitiendo a nivel global.

Es necesario incentivar la inversión en nuevas tecnologías para lograr la descarbonización de la industria. Panchenko Vladimir/Shutterstock

Un mercado para materiales bajos en carbono


La Plataforma Europea de Materiales Amigables con el Clima, en la que participa el Instituto de Investigación Tecnológica de la Universidad Pontificia Comillas, junto con instituciones de Reino Unido, Alemania, Hungría, Holanda, Polonia, Francia, Suecia, Bélgica y Francia, lleva trabajando unos años para tratar de diseñar un marco regulatorio integrado, amplio y coherente.

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El objetivo es que se puedan desarrollar mercados para materiales bajos en carbono y se desincentive el uso de aquellos más perjudiciales para el clima.

Un marco que, además, asegure la competitividad global de la industria europea y la creación de empleo, evite la deslocalización industrial y contribuya así al European Green Deal propuesto por von der Leyen.

Medidas para transitar hacia la descarbonización de la industria del acero en 2050. 'Building blocks for a climate-neutral European industrial sector'., Author provided

En nuestro último informe planteamos cinco instrumentos que, en conversaciones con la industria y la administración, tanto a escala nacional como europea, ofrecen posibilidades muy interesantes para constituirse en los elementos básicos de este marco integrado:

  • Contribución Climática. Un nuevo impuesto similar al IVA sobre los materiales intensivos en carbono, neutro para las industrias europeas. Ofrece una alternativa mucho más robusta a los ajustes en frontera a la hora de proteger a la industria europea contra el dumping ambiental (importación de productos con un mayor contenido de carbono por una regulación ambiental más laxa en otros países). Además, podría ser reintegrado directamente a los hogares para evitar aumentar la carga fiscal.
  • Contratos que aseguren el precio a largo plazo del CO₂. Permitirían a las industrias acceder más fácilmente a financiación para las inversiones en tecnologías bajas en carbono, principalmente para que puedan pasar de proyectos pilotos a un nivel comercial.
  • Contratos de precio garantizado para el suministro con energías renovables. Facilitaría a las industrias intensivas en energía un acceso estable a fuentes energéticas descarbonizadas, algo crítico para ellas.
  • Compra pública verde. Dirigida a los materiales (por ejemplo, para infraestructuras), y no solo para los equipos, que sirva para crear oportunidades de mercado para los actores industriales más innovadores.
  • Certificación de carbono para la importación. Impediría importar productos o materiales intensivos en carbono, siempre que existan alternativas descarbonizadas. De esta forma, además de acelerar la adopción de los materiales bajos en carbono por el mercado, se enviarían señales muy potentes a los países importadores para adaptar sus procesos y adoptar las nuevas tecnologías.

Una combinación de estos instrumentos, junto con otras políticas de concienciación y una financiación apropiada e inteligente de la innovación, deben ser la base para lograr una industria europea competitiva y descarbonizada.

Ahora bien, dado el reparto de competencias y los intereses propios, no podemos dejar toda la responsabilidad a Europa. Es preciso también contar con políticas nacionales, regionales y locales alineadas con estos objetivos y que apliquen estos instrumentos en el nivel apropiado.

En estos momentos en los que se está elaborando la estrategia española de descarbonización, es fundamental que la industria, la administración y la universidad trabajen juntas para lograr estos objetivos tan ambiciosos y a la vez tan necesarios.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Es hora de decir adiós a los combustibles fósiles… y a las vacas

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Hace 40 años, científicos de cincuenta naciones se reunieron en la Primera Conferencia Mundial sobre el Clima (Ginebra, 1979) y concluyeron que las tendencias alarmantes sobre el cambio climático hacían necesario actuar urgentemente.


Desde entonces, en la Cumbre de Río (1992), en Kioto (1997) y en París (2015), además de en decenas de otros congresos, asambleas y reuniones, un número cada vez mayor de científicos han emitido alarmas similares y advertencias explícitas de que las cosas, lejos de mejorar, empeoran.

El informe especial de octubre de 2018 del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) dice que, para evitar unos niveles de calentamiento “catastróficos”, el mundo tendría que disminuir sus emisiones de dióxido de carbono (CO₂) a la mitad de aquí a 2030. El año pasado alcanzamos un nuevo récord de emisiones y es seguro que en 2019 volveremos a superarlo.

No solo no estamos actuando tan deprisa como deberíamos, es que caminamos en la dirección equivocada. Esto significa que, para cumplir el plazo, en realidad deberíamos haber empezado a trabajar hace decenios.

El último grito de alarma lo lanzó un nuevo informe sobre el cambio climático suscrito por más de 11 000 investigadores de todo el mundo en el que se proclama una situación mundial de emergencia climática. Los seis objetivos que propone el estudio se reducen a uno: es necesario un cambio social masivo.

Alcanzar esas metas requiere, según el informe, que la sociedad consuma de otra forma, que entienda que los recursos son limitados.

Uno de los objetivos se centra en el imprescindible cambio de nuestros hábitos alimenticios. Consumir principalmente alimentos de origen vegetal y reducir el consumo global de productos animales, especialmente los procedentes del ganado rumiante, puede mejorar la salud humana y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).

Aunque la lucha contra el cambio climático se ha centrado en reducir el consumo de combustibles fósiles, los grandes recortes en las emisiones de CO₂ no lo mitigarán por sí solos. En la actualidad, los GEI sin CO₂ representan un tercio del total de emisiones antropogénicas equivalentes de CO₂.

Figura 1. Concentración mensual media de metano atmosférico medida en la red de puntos de muestreo en superficies marinas de todo el mundo. Las concentraciones aparecen en partes por billón (ppb), teniendo en cuenta que se usa el billón anglosajón (mil millones). Una ppb expresa que una de cada mil millones de moléculas en una muestra de aire es CH4. La línea roja y sus cuadrados son valores medios mensuales globales. La línea negra muestra la tendencia a largo plazo (media de 12 meses). Fuente: Modificada a parir de NOAA (2019).

El metano (CH₄) es el GEI sin CO₂ más abundante, y sus concentraciones atmosféricas no dejan de crecer (Figura 1).

Existen varias fuentes antropogénicas importantes de ese gas (Figura 2a). La ganadería de rumiantes es la mayor fuente de emisiones antropogénicas de CH₄ y ocupa más superficie que cualquier otro uso del terreno a nivel mundial. La relativa falta de atención puesta en esta fuente de GEI sugiere que la conciencia de su importancia es muy baja. Las reducciones en el número de rumiantes y de la producción cárnica derivada de ellos beneficiarían a la seguridad alimentaria mundial, la salud humana y la conservación del medio ambiente.

Los rumiantes son herbívoros salvajes y domésticos que comen plantas y las digieren a través del proceso de fermentación entérica en un estómago de cuatro cámaras. El metano se produce como un subproducto de procesos digestivos microbianos que tienen lugar en la primera de esas cámaras, el rumen. Allí, para obtener energía, millones de microorganismos anaeróbicos (bacterias, protozoos y hongos) fermentan el alimento que pueden utilizar: la fibra (celulosa y hemicelulosa). El producto gaseoso final es metano.

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Figura 2. a, emisiones de gases de efecto invernadero y fuentes específicas (F1-F6); F1: Rumiantes; F2: Gas natural, petróleo, industria; F3: Vertederos; F4: Quema de biomasa; F5: Carbón; F6: Arrozales. b, censos mundiales de rumiantes de 1961 a 2011. Modificada partir de Ripple et al. 2014.

Los animales no rumiantes o monogástricos, como cerdos y aves de corral, tienen un estómago de una sola cámara y sus emisiones de metano son insignificantes en comparación. En 2011 había censados 3 600 millones de rumiantes domésticos. En promedio, durante los últimos 50 años, cada año se suman unos 25 millones de rumiantes domésticos a la cabaña mundial (Figura 2b).

El sector ganadero es responsable de aproximadamente el 14,5 % de todas las emisiones antropogénicas de GEI. En otras palabras, de 7,1 de 49 gigatoneladas (Gt) equivalentes de CO₂ al año. Los rumiantes contribuyen más (5,7 Gt) a las emisiones de GEI que el ganado monogástrico (1,4 Gt). Las emisiones debidas al ganado bovino (4,6 Gt) son más altas que las de los búfalos (0,6 Gt) y las de ovejas y cabras (0,5 Gt).

En conjunto, las emisiones mundiales de GEI atribuibles a la ganadería son algo mayores que las 7 Gt atribuidas al transporte.

Figura 3. Huella media de carbono equivalente de alimentos sólidos ricos en proteínas por kilogramo de producto. F1: Bovino extensivo; F2: Ovino; F3: Bovino en prados; F4: Bovino intensivo (estabulado); F5: Pesquerías; F6: Avicultura (carnes); F7: Avicultura (huevos); F8: Vegetales sustitutos de la carne (productos vegetales de alto contenido proteínico que tienen cualidades morfológicas y organolépticas semejantes a algunos tipos específicos de carne, y que se utilizan en dietas vegetarianas o veganas. Entre las más conocidas se encuentran el tempeh, el seitán, el tofu y otros derivados de la soja); F9: Legumbres. Modificada partir de Ripple et al. 2014.

En España, cuya cabaña de rumiantes se acerca a los 22 millones de cabezas, las aportaciones de la ganadería a la producción de GEI son aproximadamente 22,3 Gt CO₂ eq/año, un 6,6 % de nuestras emisiones totales (338,8 Gt).

El dato es significativo si tenemos en cuenta que los casi 47 millones de residentes en España emitimos unas 9,6 Gt de dióxido de carbono al año, menos de la mitad de las emisiones de nuestro ganado doméstico.

Aunque las políticas climáticas internacionales se centran en reducir las emisiones de combustibles fósiles, el sector pecuario ha estado exento de las políticas climáticas y se está haciendo muy poco para modificar los patrones de producción y consumo de productos cárnicos procedentes de rumiantes. La producción anual de carne en todo el mundo crece rápidamente y se prevé que, si no hay cambios en las políticas, se duplique con creces, de 229 millones de toneladas en 2000 a 465 millones en 2050.

Cuando el análisis del ciclo de vida completo toma en consideración los efectos ambientales directos e indirectos desde la granja a la mesa, lo que incluye la fermentación entérica, el estiércol, el forraje, los fertilizantes, el procesamiento, el transporte y el cambio en el uso de la tierra, la huella de GEI del consumo de carne de rumiante es, en promedio, entre 19 y 48 veces mayor que la de los alimentos ricos en proteínas obtenidos de las plantas (Figura 3).

Las carnes de animales no rumiantes como las de cerdos y aves de corral (y los marinos) tienen una huella inferior de carbono equivalente, aunque todavía tengan un promedio de 3 a 10 veces mayor que los alimentos vegetales con alto contenido de proteínas. Los cerdos y las aves de corral también consumen alimentos que, de otro modo, consumirían los humanos.

Dado que el cambio del clima de la Tierra está cada vez más cerca de alcanzar puntos de inflexión importantes, la necesidad de actuar apremia. El principal motor del calentamiento global es la acción humana, por lo que, creámoslo o no, el nivel de agravamiento siempre dependerá de nosotros.

Podemos sentirnos intimidados por la dimensión del cambio climático, pero la responsabilidad es completamente nuestra.

Disminuir el cambio climático forzando las reducciones de rumiantes y de CH₄ disminuiría la probabilidad de cruzar irreversiblemente esos puntos de inflexión. Reducir el número de rumiantes será una tarea difícil y compleja, tanto política como socialmente. Sin embargo, la disminución de la cabaña de rumiantes debe considerarse a la par que nuestro gran desafío de reducir la dependencia de los combustibles fósiles.

Solo con el reconocimiento de la urgencia de enfrentar este desafío y la voluntad política de comprometer recursos para mitigar de forma integral las emisiones se logrará un avance significativo. Para conseguir una respuesta efectiva y rápida necesitamos aumentar la conciencia entre el público y los responsables políticos de que lo que elegimos comer tiene importantes consecuencias para el clima.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Ciencia

¿Hemos pecado de optimistas ante el cambio climático?

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“El cambio climático es el mayor desafío de nuestro tiempo y ahora nos encontramos en un momento decisivo para hacer algo al respecto. Todavía estamos a tiempo de hacerle frente, pero esto requerirá un esfuerzo sin precedentes por parte de todos los sectores de la sociedad”. Esto es lo que publicó Naciones Unidas en su web con motivo de la celebración de la próxima Cumbre del Clima (COP25).


Prevista en un principio para finales de septiembre en Chile, la reunión fue finalmente aplazada hasta diciembre y reubicada en Madrid.

El texto continúa: “La Cumbre supondrá un gran salto en la ambición política nacional colectiva y mostrará grandes avances en la economía real en apoyo de la agenda. Juntos, estos avances reforzaran los mercados y las políticas y darán el impulso necesario en la ‘carrera hacia la cima’ a países, empresas, ciudades y sociedad civil, para lograr los Objetivos de Desarrollo Sostenible y del Acuerdo de París”.

Percentiles de temperatura en la tierra y en el océano (junio de 2019). NOAA

¿Una visión optimista o pesimista?


La ciencia del cambio climático tiene más de 150 años y es, probablemente, una de las áreas más estudiadas de todas cuantas conforman la ciencia moderna.

Sin embargo, la industria energética y los grupos de presión políticos, entre otros, llevan 30 años sembrando la duda sobre la realidad del cambio climático.

Un reciente informe estima que las cinco mayores compañías petroleras y de gas a nivel mundial invierten anualmente alrededor de 200 millones de dólares al año al mantenimiento de lobbies que influyen, retrasan o impiden el desarrollo de políticas climáticas.

Los últimos cinco años, desde 2015 a 2019, van camino de convertirse en el periodo de mayor temperatura media jamás registrada. Así lo denuncia un informe sobre el medio ambiente presentando recientemente por la ONU con motivo de la Cumbre del Clima.

Expectativas vs. realidad


El documento, denominado United in Science, subraya la creciente distancia que separa los objetivos marcados para frenar el cambio climático de la realidad de la situación.

Por ejemplo, siete de los diez años más cálidos registrados en España desde 1965 forman parte del siglo XXI, según datos de la Agencia Estatal de Meteorología. El último año de récord fue 2017: la temperatura media fue de 16,2 ℃, un 1,1 ℃ superior respecto al periodo de referencia (1981-2010).

El informe revela también que los niveles de los principales gases invernadero –el dióxido de carbono, el metano y el óxido nitroso– han alcanzado máximos históricos.

La concentración de dióxido de carbono aumenta un 1 % cada año. Alcanzó un 2 % en 2018. A pesar del gran desarrollo de las energías renovables, el sistema energético global sigue dominado por los combustibles fósiles.

Series temporales de aumento de las concentraciones de distintos gases. WMO Global Atmosphere Watch

El CO₂, cada vez más abundante


En los últimos años se ha pasado de una concentración de unas 280 ppm de CO₂ en la atmósfera en la era preindustrial a unas 390 ppm en 2009 (aun cuando su concentración global en la atmósfera es de apenas 0,039 %).

Los gases de efecto invernadero permanecen activos en la atmósfera mucho tiempo. Por eso se los denomina “de larga permanencia”. Del CO₂ emitido a la atmósfera, alrededor del 50 % tardará 30 años en desaparecer, un 30 % permanecerá allí varios siglos y el 20 % durará varios miles de años.

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Según United in Science, la estabilización de los gases de invernadero en 445 ppm limitaría el aumento de la temperatura global a unos 2 °C. Pero para ello necesitamos reducir entre un 50 y un 85 % las emisiones de gases de efecto invernadero para mediados de este siglo.

El documentos señala que en 2018 se emitieron 37 000 toneladas de CO₂, una cifra récord. La concentración de este gas era de 407,8 ppm. Los datos preliminares recogidos en 2019 sugieren que los niveles podrían alcanzar o incluso exceder los 410 ppm a finales de año.

Sus autores estiman que la última vez que se registró una concentración de CO₂ de 400 ppm fue hace entre 3 y 5 millones de años. Por entonces, la temperatura superaba en de 2 a 3 grados la actual. Las capas de hielo de Groenlandia y de la Antártida occidental se derritieron y el nivel del mar subió entre 10 y 20 metros.

Altas temperaturas y condiciones extremas


El trabajo indica que, con las reducciones nacionales planteadas en el Acuerdo de París, la temperatura media aumentaría entre 2,9 y 3,4 ℃. Sin embargo, los expertos advierten que este incremento no debería superar los 1,5 grados. Para lograrlo, las propuestas de los países para frenar el cambio climático deberían multiplicarse por cinco. O por tres para que no aumente más de 2 grados.

Un estudio del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU advierte que podríamos cruzar ese umbral crucial de 1,5  ℃ –por encima de los niveles preindustriales– en solo 11 años. Esto supondría una “catástrofe global”.

Situaciones como sequías extremas, incendios forestales, inundaciones o la escasez de alimentos podrían ser algunos de los primeros síntomas del problema.

Para evitar esa situación, de acuerdo con estos especialistas, “el mundo necesita cambios rápidos, de gran alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad”. Según los científicos, hay que conseguir o bien que la producción industrial sea menos contaminante o bien producir menos.

Contenido calorífico del océano a nivel global. NOAA

Repercusiones económicas de reducir emisiones


El informe también recoge las posibles consecuencias económicas de mantener estable la concentración de gases de efecto invernadero. Controlar la producción de gases tendrá un gran impacto en la actividad económica global.

Bert Metz (el copresidente del panel) ha explicado que, para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero entre un 50 y un 85 %, será necesario recortar cada año un 0,12 % del producto interior bruto (PIB) global.

La estabilización en el nivel superior de la escala (710 ppm) provocaría un incremento de hasta 4 °C. Las emisiones de gases de efecto invernadero aumentarían entre un 10 y un 60 % hacia 2050. Esta posibilidad conllevaría una disminución del 0,06 % en el PIB anual.

China, Estados Unidos e India podrían temer que los posibles recortes afecten a su crecimiento económico, por eso podrían haberse esforzado por no figurar en el informe.

Medidas individuales


Pero además de las medidas globales y nacionales, todos podemos contribuir individualmente a prevenir una subida excesiva de las temperaturas, aunque sea de forma modesta. Estos son algunos de los cambios cotidianos que usted puede hacer para ayudar a evitar una “catástrofe” como resultado del calentamiento global:

  1. Utilizar el transporte público.
  2. Ahorrar energía.
  3. Consumir menos carne.
  4. En la medida de lo posible, reducir y reutilizar cualquier sustancia, incluso el agua.
  5. Informar y educar a los demás.

Todos estos cambios, puestos en práctica todos los días por miles de millones de personas, pueden tener un enorme impacto.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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