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Ciencia

Por qué es importante la perspectiva ‘queer’ en la ciencia

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Frente a los prejuicios y las especulaciones, la Ciencia siempre se ha basado en la objetividad y la autocrítica para hacer avanzar el conocimiento. Sin embargo, la elección de qué y cómo se analiza nunca está totalmente libre de subjetividad y sesgos inconscientes. Por ejemplo, la biología y la palentología nos dejan algunos ejemplos en los que estereotipos culturales han sido volcados en animales, con asignaciones de sexo incorrectas debidas a factores como el tamaño en Tiranosaurios Rex, o la cercanía respecto al nido en Maiasaurios (en griego “reptil buena madre”).

Estos sesgos, junto con la falta de igualdad de oportunidades a la hora de desarrollar una carrera científica, han sido señalados desde el feminismo y los movimientos antirracistas y, por supuesto, también afectan a la comunidad LGTBIQ+.

La situación de partida


Quizás uno de los ejemplos más claros de la compleja relación entre la Ciencia y la comunidad queer sea su tratamiento de la transexualidad. Patologizada hasta la saciedad por parte de científicos cisgénero ajenos a la propia experiencias trans, la transexualidad ha estado tipificada como enfermedad por la Organización Mundial de la Salud hasta 2018.

Sin embargo, un cambio de mirada sobre el mismo tema permite determinar con rigor científico que, mientras adolescentes trans patologizados tienen mayores tasas de depresión, ansiedad y suicidio, aquelles aceptades por su entorno no presentan diferencias significativas respecto a individuos cisgénero de la misma edad. Es decir, la Ciencia demuestra que el origen de los estigmas psicológicos asociados a las personas trans no proviene de un problema interno con su identidad, sino que son la consecuencia natural del rechazo y la discriminación externos.

Se podría pensar que la diversidad de agentes científicos sólo es necesaria en aquellos campos que atañen directamente a sus realidades, pero lo cierto es que los estudios muestran que equipos de trabajo socialmente diversos son más creativos, diligentes, y capaces de anticipar puntos de vista contrarios.

Marina Liotta para FELGTB y COGAM / Flickr, CC BY-SA

Marina Liotta para FELGTB y COGAM / Flickr, CC BY-SA

Esto es también cierto en las disciplinas científicas, en las que se ha demostrado que la diversidad favorece y potencia la innovación. No obstante, el aumento de la diversidad en Ciencia no puede entenderse exclusivamente como un medio para mejorar el avance científico en sí mismo, sino también como un reto de justicia social. Cualquier persona, independientemente de su género, orientación o identidad debería tener el mismo derecho a acceder y desarrollar una carrera científica en igualdad de oportunidades, sin miedos y discriminaciones que perjudiquen su evolución profesional.

¿Cuál es la situación actual de las personas queer que se dedican a la Ciencia?


Según datos de 2015, sólo la mitad de las personas encuestadas estaba total o casi totalmente fuera del armario en entornos laborales dedicados a las ciencias sociales. Según este mismo estudio, el porcentaje de apertura se reduce aún más en disciplinas con menor presencia de mujeres, como la ingeniería o las matemáticas.

Además de recordarnos la necesidad de una perspectiva feminista en la lucha LGTBIQ+, esta información se une a datos preocupantes sobre el armario en entornos laborales generales. Por ejemplo, en un estudio internacional de 2018 se destacaba que el 41% de personas queer socialmente fuera del armario (18-25 años) había vuelto al armario al incorporarse al mercado laboral. Tres de cada cuatro personas LGTBIQ+ lo habían escondido alguna vez en el trabajo.

Es importante destacar que mantenerse en el armario es un ejercicio constante de análisis y contención que repercute sobre la productividad y la salud mental, y que salir de él sigue siendo un acto de valentía dada la persistencia de discriminaciones implícitas y explícitas hacia el colectivo. El informe LGBT Climate in Physics de la American Physical Society destacaba que más de un tercio de las personas LGTBIQ+ encuestadas habían considerado abandonar su puesto de trabajo o centro de estudios debido al acoso sufrido o presenciado.

Para entender las discriminaciones sufridas por el colectivo en el entorno científico, resulta imprescindible mantener una visión interseccional. La frecuencia e intensidad de las agresiones y discriminación sufridas está intrínsecamente atravesada por otros factores como el género, la identidad, la racialización, el capacitismo, etc. Por ejemplo, mientras el 31% de hombres gais, bisexuales y transexuales había presenciado o sufrido acoso en sus entornos de trabajo, la tasa en mujeres ascendía hasta el 44%.

Mientras un 30% del conjunto de la comunidad LGTBIQ+ valoraba como “discriminatorio”, “carente” o “desigual” su entorno de trabajo, este porcentaje se ampliaba hasta el 49% en el caso de las personas trans. Por no hablar de todas las personas trans que directamente no pueden acceder a la carrera científica debido al inhumano nivel de paro dentro del colectivo (85% en España en 2017)

Todas estas realidades y tendencias han vuelto a quedar de manifiesto en el informe “Exploring the workplace for LGBT+ physical scientists” que acaban de publicar el Instituto de Física, la Real Sociedad de Astronomía y la Real Sociedad de Química del Reino Unido.

La lucha por un futuro científico más igualitario


A la hora de generar entornos científicos más diversos e inclusivos, podemos aprender mucho de la lucha feminista en este sector.

De entre todas las estrategias necesarias para atraer a más mujeres a la ciencia (implicación institucional, fomento de vocación a edades tempranas, formación en igualdad en los centros de trabajo, etc..), cabe destacar la importancia de los referentes. Está demostrada, por ejemplo, una relación directa entre el número de referentes femeninos en el profesorado de un determinado campo y el número de alumnas que eligen seguirlo. Si nos fijamos en los referentes científicos globales, basta mirar el historial de ganadores de premios Nobel en disciplinas técnicas para percibir una clara hegemonía del hombre blanco cisgénero entre los galardonados. Por ejemplo, en Física sólo tres galardonadas han sido mujeres (la última en 2018).

Esta brecha no puede justificarse por la distribución estadística de géneros, sino que existen otros factores de discriminación, como la persistencia de un cierto desprecio de algunos sectores científicos al trabajo realizado por mujeres.

Ben Barnes, científico trans en el campo de la neurobiología, comentaba por ejemplo el cambio que notó en la valoración de sus trabajos como consecuencia de su transición de género.

En este contexto, resultan particularmente admirables y necesarios referentes queer visibles en ciencia como Sophie WilsonCarolyn BertozziNergis Mavalvala o el propio Barnes.

El asociacionismo es otro paso fundamental para luchar por los derechos de los grupos minorizados. Diversos colectivos dedicados a la intersección entre Ciencia y LGTBIQ+ han surgido en distintos puntos del planeta (500 Queer ScientistsOut in STEMNOGLSTP…),

Sophie Wilson, científica computacional. Chris Monk / Wikimedia Commons

Sophie Wilson, científica computacional. Chris Monk / Wikimedia Commons

llegando a crearse el día internacional LGBT in STEM.

En España acaba de fundarse PRISMA, una asociación nacional sin ánimo de lucro para la diversidad afectivo-sexual y de género en Ciencia, Tecnología e Innovación. Esta iniciativa pionera se presenta oficialmente el 28 de junio en Barcelona y el 4 de julio en Madrid, y marchará en el Orgullo de ambas ciudades bajo el lema “La naturaleza nos enseña que la diversidad nos hace más fuertes”.

En definitiva, la necesidad de voces diversas (y de una igualdad de oportunidades real para ellas) está finalmente siendo abordada por la comunidad científica. Está en nuestras manos abrir los espacios científicos a personas queer de todos los orígenes y géneros, orientaciones e identidades; y convertir sus aportaciones al conocimiento en herramientas de inclusión, resistencia e igualdad.

Se agradece la colaboración a “Mujeres con los Pies en la Tierra”, colectivo de mujeres científicas feministas en Ciencias Naturales, y a Gloria Pérez Ortiz, COGAM – Educación.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Ciencia

Cómo los mosquitos cambiaron la historia de la humanidad

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Entre 1980 y 2010 la malaria acabó con la vida de entre 1 200 000 y 2 780 000 personas cada año, lo que supuso un aumento de casi el 25 % en tres décadas. Según el informe de la OMS correspondiente a 2017, la malaria mató a 435 000 personas (entre 219 millones de casos), de las cuales dos tercios eran menores de cinco años.

Esto significa que es muy posible que la malaria haya matado a más personas que cualquier otra enfermedad a lo largo de la historia.

El historiador Timothy C. Winegard estima en su último libro, The Mosquito: A Human History of Our Deadliest Predator] (El mosquito: una historia humana de nuestro depredador más mortífero), que las hembras de los mosquitos Anopheles han enviado al otro mundo unos 52 000 millones de personas del total de 108 000 millones que han existido a lo largo de la historia de la Tierra.

En el transcurso de la historia el daño provocado por estos minúsculos insectos ha determinado el destino de imperios y naciones, paralizado actividades económicas y decidido el resultado de guerras decisivas. Por el camino, han matado a casi la mitad de la humanidad.

El linaje exterminador de los mosquitos, compuesto por unas tres mil especies, ha desempeñado un papel más importante en la configuración de nuestra historia que cualquier otro organismo del planeta.

La malaria o paludismo se transmite entre los seres humanos a través de mosquitos hembras del género Anopheles, cuyas 465 especies formalmente reconocidas habitan prácticamente en todo el mundo. El de la fotografía, Anopheles gambiae, trasmite el plasmodio más peligroso, Plasmodium falciparum.

Florence Nightingale llamó a las marismas pontinas, cercanas a Roma, «el valle de la sombra de la muerte». Es algo que los cartagineses y los primeros pueblos bárbaros que atacaron Roma ya habían comprobado por sí mismos.

El fin de la segunda Guerra Púnica terminó en las llanuras de Regia con un enfrentamiento entre el general cartaginés Aníbal Barca y el joven Publio Cornelio Escipión el Africano. Aníbal fue derrotado en la batalla de Zama (202 a. C.), que significó el final de un conflicto que había durado diecisiete años.

El declive cartaginés había comenzado mucho antes en las ciénagas pontinas, cuando los mosquitos de la malaria se cebaron con las tropas cartaginesas. El insecto ayudó a proteger a Roma de Aníbal y sus hordas, y proporcionó un trampolín para que sus habitantes dominaran el Mediterráneo.

Los visigodos, dirigidos por el rey Alarico, fueron los primeros bárbaros en atacar Roma. En 408, sus ejércitos sitiaron la ciudad, que tenía aproximadamente un millón de habitantes, en tres ocasiones distintas. En 410, asedió la ciudad por tercera y última vez. Una vez intramuros, sus tropas emprendieron tres días de pillaje, violaciones, destrucción y muerte.

Satisfechos con los estragos y el saqueo, los visigodos abandonaron la ciudad y se dirigieron al sur, dejando tras de sí un rastro de sangre y ruinas. Aunque tenía previsto regresar a Roma para arrasarla de una vez por todas, cuando terminó la campaña del sur las fuerzas de Alarico estaban diezmadas por la malaria. El poderoso rey, el primero en saquear Roma, murió de malaria en el otoño de 410. El mosquito había vuelto a salvar Roma.

Derrotado por una coalición de visigodos y romanos cerca del bosque de las Ardenas en junio de 451, Atila giró sus vociferantes hunos hacia el sur y comenzó una rápida invasión del norte de Italia. A su paso sembraba el pánico, la destrucción y la muerte. Como habían hecho los espartanos en las Termópilas, una pequeña fuerza romana logró detener a los hunos que avanzaban en las tierras pantanosas cercanas al río Po. Unas inesperadas legiones de mosquitos entraron rápidamente en la batalla y frenaron el avance huno. Una vez más, el general Anopheles salvó Roma.

Recordando una página del memorándum del ayudante militar de Aníbal, Atila mantuvo una audiencia con el Papa León I. A pesar de la leyenda de un piadoso papa cristiano que convence al bárbaro Atila para que abandone el asalto de Roma y se retire de Italia, los feroces hunos de Atila habían sido derrotados otra vez por los insectos. La respuesta de Atila a la súplica del Papa no fue más que una artimaña para salvar la cara. Lo más prudente era que el rey de los hunos regresara a la alta estepa más allá del Danubio, fría y seca, donde Anopheles no podía seguirle.

Aunque Atila no murió víctima de la malaria como Alejando Magno o Alarico, dos años más tarde, en el año 453, murió de complicaciones desencadenadas por el alcoholismo agudo. La división y las luchas internas surgieron rápidamente, y los hunos tribales abandonaron su frágil unidad y desaparecieron de la historia.

El animal más mortífero de la historia


El primero de agosto, la editorial estadounidense Ruston puso a la venta el libro de Winegard. Este ensayo muestra cómo los mosquitos han sido durante milenios la fuerza más poderosa para determinar el destino de la humanidad y condicionar el moderno orden mundial.

La historia de la protección de Roma por ejércitos de mosquitos es una más de las muchas que cuenta Winegard, que a lo largo de su ensayo presenta a estos insectos no solo como una molesta plaga, sino como una fuerza de la naturaleza que ha cambiado el resultado de acontecimientos significativos en la historia humana.

Desde la antigua Atenas hasta la Segunda Guerra Mundial, pasando por la Guerra de Independencia de Estados Unidos, la estrepitosa derrota de los ingleses frente a Blas de Lezo en el sitio de Cartagena de Indias y la creación de Gran Bretaña, Winegard destaca momentos clave en los que las enfermedades transmitidas por mosquitos causaron que ejércitos enteros se derrumbaran, que grandes líderes enfermaran o que las poblaciones fueran vulnerables a invasiones.

Un sobreviviente maya de las epidemias de malaria posteriores a Colón recordaba: «Grande era el hedor de la muerte. […] Todos estábamos así. ¡Nacimos para morir!». Los seres humanos vivieron y murieron a causa de enfermedades transmitidas por mosquitos durante miles de años sin comprender cómo les llegaba la parca.

El enemigo parecía, lo sigue pareciendo, insignificante.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Ciencia

La incertidumbre que dejan los informes sobre el cambio climático: ¿Una opción para dudar?

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Pixabay

El año 2018 fue el cuarto año más caluroso de la historia moderna de la Tierra. La segunda década del siglo XXI está batiendo el récord de temperatura media global desbancando a la primera, que había superado la espectacular marca de los años anteriores.

El listón de temperaturas elevadas en nuestro planeta está llegando a límites escalofriantes. Los que seguimos (con preocupación) la evolución del clima global hemos observado cómo la Organización Meteorológica Mundial (OMM) ha informado que durante los últimos 22 años se han batido 20 récords de temperatura media.

La tendencia va en aumento: la Tierra acumula 400 meses seguidos de temperaturas superiores a la media histórica, sumando más de 33 años consecutivos por encima de la referencia del siglo XX.

Consecuencias de la actividad del ser humano


El cambio climático puede considerarse una certeza y ello supone una verdadera amenaza para el mundo que conocemos. Todo indica que se trata de una amenaza generada principalmente por la actividad industrial humana.

El informe especial Global Warming of 1,5 ℃ del IPCC, publicado a finales de 2018, no da lugar a dudas: estima que esta actividad ha aumentado la temperatura del planeta en aproximadamente 1 ℃ con respecto a los niveles preindustriales.

En unos pocos decenios la concentración de CO₂ en la atmósfera ha aumentado más del 30 %, superando los 400 ppm y batiendo el récord datado hace 3 millones de años. No se trata de una evolución natural del clima: la evidencia es abrumadora y el consenso de la comunidad científica es prácticamente unánime.

Supercomputadores para pronosticar el futuro


Sin embargo, así como el cambio climático pasado es avalado por el histórico de datos recogidos a lo largo del último siglo, para conocer el futuro no hay observación empírica posible.

Si queremos estimar los posibles escenarios a los que se enfrenta nuestro planeta, dependemos casi exclusivamente de complejos modelos de simulación. A su vez, estos se componen de un conjunto de submodelos desarrollados por centros como la NASA, la UK Met Office o el Beijing Climate Center.

Simulaciones empleando el modelo climático del Goddard Earth Observing System (GEOS-5) de la NASA. William Putman/NASA/Goddard

Estas simulaciones se rigen por un corpus teórico, es decir, un conjunto de teorías científicas, leyes y datos. Estos actúan como “reglas” que hacen que la simulación emule adecuadamente el sistema natural que se pretende conocer. Por ejemplo, en el caso de las simulaciones atmosféricas, este corpus es construido con las ecuaciones que definen la mecánica de los fluidos y el efecto calorífico de la radiación solar.

En conjunto con otros submodelos, como la simulación del ciclo del carbono o el movimiento tectónico, estas simulaciones se utilizan para construir posibles escenarios futuros. Estos se utilizan para la toma de decisiones en política de mitigación o de adaptación medioambiental, ya sea en forma de monetización del carbono o de aplicación de estrategias de geoingeniería, por ejemplo.

Sin embargo, a pesar de que los mecanismos que gobiernan el cambio climático antropogénico son bien entendidos, estas proyecciones presentan incertidumbre en la precisión de sus resultados. Su cuantificación es, precisamente, la principal herramienta para comunicar el (des)conocimiento de expertos a políticos.

Fuentes de incertidumbre


La literatura especializada establece hasta siete factores que determinan el grado de incertidumbre:

  • La estructura de los modelos. Simplifican la realidad: se seleccionan los rasgos que mejor definen los fenómenos naturales, pero sin exceder la capacidad de procesamiento de los ordenadores.
  • La utilización de aproximaciones numéricas para calcular las soluciones de las ecuaciones diferenciales complejas que conforman los modelos.
  • La capacidad de resolución limitada de los ordenadores. Esto hace que los procesos a microescala tengan que ser descritos usando valores medios y estimaciones de lo que en realidad sucede a muy pequeña escala.
  • La variabilidad natural interna del clima. Se trata de un sistema muy complejo que cambia de forma natural.
  • Limitaciones en la obtención de datos. Se reducen a aquellos que los científicos han podido recabar en estaciones meteorológicas, balizas y otros instrumentos de medición.
  • Las condiciones iniciales y de contorno de los sistemas, cuyos valores son asignados por los científicos.
  • El escenario económico futuro. Depende de multitud de factores impredecibles, como las políticas de mitigación que se van a llevar a cabo y su efecto en el clima futuro global.

Todas estas fuentes de incertidumbre hacen que existan diferentes representaciones del clima para cada uno de los distintos modelos. No obstante, todas las opiniones científicas convergen en un consenso que queda reflejado en los informes de incertidumbre del Grupo I del IPCC.

Proyecciones de futuro de la temperatura superficial de la Tierra. Policymaker Summary of The Phisical Science Basis (4th IPCC Report).

Cómo interpretar la incertidumbre


La primera impresión que genera esta incertidumbre en el público general es que el cambio climático es una hipótesis, de algún modo, incierta.

Sin embargo, los modelos de incertidumbre presentados en los sucesivos informes del cambio climático no tienen como objetivo dilucidar si el cambio climático es incierto o no. Sirven para informar de la calidad de los modelos obtenidos y trasladar la toma de decisiones políticas fuera de los resultados obtenidos por los científicos.

Parece claro que no podemos conocer el futuro a ciencia cierta y, como diría Zygmunt Bauman, la única certeza es la incertidumbre. Ello no impide, sin embargo, que podamos estimar de forma más o menos robusta el futuro plausible que nos espera.

Acompañar los resultados de las simulaciones con modelos probabilísticos de incertidumbre no es una muestra de debilidad, sino un instrumento que permite comunicar esas estimaciones de manera transparente, sin comprometer la investigación científica con cuestiones políticas, sociales o éticas.

Se trata de una actividad que los científicos y el IPCC consideran como un ejemplo de rigor, a pesar de que haya mercaderes de la duda que la exploten como una debilidad. La certeza de la incertidumbre en los informes del IPCC es, paradójicamente, la única forma disponible para hacer que las proyecciones del clima que nos espera sean lo más certeras posible.

 

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Algo más aterrador que lo que dijo la ONU, solo que dicho por científicos de hace 40 años

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Hace unas semanas, el mundo celebraba el 50 aniversario de la llegada del hombre a la Luna. Sin embargo, ha pasado casi inadvertido otro aniversario científico, quizá de igual importancia para el futuro de nuestra civilización.

Hace cuarenta años, un grupo de científicos se reunió en la Institución Oceanográfica de Woods Hole, en Massachussetts, para la primera sesión del “Grupo Ad Hoc sobre Dióxido de Carbono y Clima”. La reunión dio lugar a la preparación del llamado Informe Charney, la primera evaluación exhaustiva sobre el cambio climático mundial debido al dióxido de carbono.

No suena tan increíble como el aterrizaje en la Luna y, desde luego, no había millones de personas conteniendo la respiración a la espera de los resultados de la reunión.

Sin embargo, el Informe Charney es un buen trabajo científico y el éxito de sus predicciones a lo largo de estos 40 años ha establecido firmemente la ciencia del calentamiento global.

¿Qué es ese ‘gas de efecto invernadero’?


Ya en el siglo XIX, otros científicos habían demostrado que el dióxido de carbono era lo que hoy llamamos un “gas de efecto invernadero”. En la década de los 50 del siglo XX, los científicos predijeron el aumento de la temperatura en varios grados producido por la quema de combustibles fósiles.

En 1972, John Sawyer, responsable de investigación de la Oficina Meteorológica del Reino Unido, escribió un artículo de cuatro páginas publicado en la revista Nature que resumía lo que se sabía hasta ese momento. El artículo predecía un calentamiento de casi 0,6 ℃ para finales del siglo XX.

Pero estas predicciones eran todavía controvertidas en los años 70. En todo caso, el mundo se había enfriado a mediados del siglo XX y todavía se especulaba en los medios de comunicación con que quizá nos estábamos dirigiendo hacia una nueva edad de hielo.

El encuentro de Woods Hole reunió a 10 distinguidos científicos del clima, que habían solicitado asesoramiento a otros investigadores de todo el mundo. El grupo estaba liderado por Jule Charney, del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), uno de los estudiosos de la atmósfera más respetados del siglo XX.

El informe expone claramente lo que se sabía sobre los posibles efectos del incremento de dióxido de carbono en el clima, así como las incertidumbres. La conclusión del informe fue clara:

Estimamos que el calentamiento más probable al duplicar las emisiones de CO₂ estará cerca de 3 ℃ con un margen de error de 1,5 ℃.

Durante los 40 años transcurridos desde aquella reunión, la media anual de concentración de CO₂ en la atmósfera, medida en Mauna Loa, Hawaii, se ha incrementado cerca de un 21 %. Durante el mismo periodo, la temperatura media global de la superficie terrestre se ha incrementado en torno a 0,66 ℃, casi exactamente lo que podría haberse esperado si una duplicación de CO₂ produce cerca de 2,5 ℃ de calentamiento, justo un poco por debajo de su mejor estimación. Un pronóstico notablemente premonitorio.

Author provided/The Conversation, CC BY-ND

Repercusión del artículo


A pesar de la gran consideración con la que los autores del Informe Charney fueron recibidos por sus compañeros científicos de aquella época, el informe no produjo cambios inmediatos de comportamiento por parte de los ciudadanos o los políticos.

Con el tiempo, como el mundo ha continuado calentándose como se predijo, el informe ha sido considerado como un hito relevante para calibrar las consecuencias que nuestros actos tienen sobre el clima. La nueva hornada de científicos del clima venera a Charney y sus coautores por su perspicacia y claridad.

Base científica


El informe ejemplifica cómo trabaja la buena ciencia: tras un examen desde los puntos de vista físico y químico, se establece una hipótesis, y, basándose en los resultados de su investigación, se hacen predicciones sólidas. Aquí, “predicciones sólidas” significa algo que sería improbable que suceda si sus hipótesis y sus investigaciones fueran incorrectas.

En este caso, sus predicciones más específicas fueron que el calentamiento entre 1,5 ℃ y 4,5 ℃ vendría acompañado de una duplicación del CO₂ atmosférico. En ese momento, las temperaturas globales, a falta de sus hipótesis y ciencia, podría haberse esperado que se mantuvieran prácticamente iguales durante los 40 años posteriores, que se enfriaran un poco, posiblemente incluso que enfriaran mucho, o que calentaran un montón (o un poco).

En ausencia de una ciencia del calentamiento global, cualquiera de estos resultados podría haber sido factible, así que sus predicciones específicas reflejaron una prueba muy rigurosa de su ciencia.

Los autores del Informe Charney no resumieron sin sentido crítico la ciencia. También actuaron de forma escéptica, intentando encontrar factores que pudiesen invalidar sus conclusiones. Así, determinaron:

Hemos intentado, pero no ha sido posible encontrar efectos físicos pasados por alto o subestimados que puedan reducir el calentamiento global estimado actual como consecuencia de la duplicación del CO₂ atmosférico a proporciones insignificantes o revertirlas completamente.

El informe y la exitosa verificación de su predicción aportan una base científica firme para el debate sobre qué debemos hacer ante el calentamiento global.

Durante los 40 años siguientes, como el mundo se calentó tal y como Charney y sus compañeros esperaban, la ciencia del cambio climático mejoró, con modelos que incluyeron varios de los factores que faltaban en las conclusiones de 1979.

Sin embargo, esta ciencia posterior solo ha confirmado las conclusiones del Informe Charney, aunque ahora son posibles muchas más predicciones detalladas sobre el cambio climático.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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