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¿Cuál es la manera apropiada de informar sobre un fascista?

loochanin
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¿Cómo se debe cubrir el auge de un líder político que va dejando un reguero documental que da cuenta de su anticonstitucionalismo, racismo y enaltecimiento de la violencia? ¿La prensa debe destacar el hecho de que el individuo en cuestión actúa en los márgenes de las normas sociales establecidas o debe, por el contrario, resignarse a transmitir que quien gana unas elecciones es “normal” por definición porque su liderazgo refleja la voluntad del pueblo?


Estas fueron las cuestiones a las que la prensa estadounidense tuvo que hacer frente tras el ascenso de los líderes fascistas en Italia y Alemania durante los años veinte y treinta del siglo pasado.

Líder vitalicio

Benito Mussolini conquistó el poder en 1922, al culminar la marcha sobre Roma secundado por 30.000 camisas negras, y tres años después se declaró líder vitalicio. Aunque estas acciones no casaban con los valores estadounidenses, Mussolini gozaba del trato favorable de los medios norteamericanos, que le dedicaron al menos 150 artículos entre 1925 y 1932, la mayoría de ellos en un tono amable, neutral o pretendidamente difuso.

Benito Mussolini se dirige a la multitud durante la ceremonia de inauguración de la ciudad de Sabaudia el 24 de septiembre de 1934. AP Photo

El Saturday Evening Post incluso se atrevió a publicar por fascículos la autobiografía del Duce en 1928. Varios medios, desde el New York Tribune hasta el Chicago Tribune, pasando por el Plain Dealer de Cleveland, reconocían que el nuevo “movimiento Fascisti” empleaba unos “métodos algo duros” al tiempo que elogiaban la salvación de Italia frente a la extrema izquierda y valoraban la revitalización de su economía. Desde la perspectiva de estos medios, el anticapitalismo que surgiría tras la Segunda Guerra Mundial en Europa sería una amenaza mayor que el fascismo.

Curiosamente, mientras la prensa consideraba al fascismo un novedoso “experimento”, cabeceras como The New York Times solían asegurar que el movimiento había devuelto a lo que llamaban la “normalidad” a un país turbulento como Italia.

Por el contrario, periodistas como Hemingway y medios como el New Yorker rechazaron de plano la normalización de una figura antidemocrática como la de Mussolini. Y John Gunther, de Harper’s Magazine, le dedicó un afiladísimo perfil sobre su manipulación de una prensa estadounidense que no era capaz de resistirse a los encantos del dictador.

El “Mussolini alemán”

El éxito de Mussolini en Italia legitimó a los ojos de la prensa estadounidense el ascenso al poder de Hitler, al cual apodaron entre finales de los años veinte y principios de los treinta el “Mussolini alemán”. Dada la positiva acogida al italiano por parte de los medios, Hitler comenzó su andadura desde un punto de partida favorable a sus propósitos. Además, gozaba de la ventaja que le otorgaba el impresionante salto del Partido Nazi en las urnas desde finales de los veinte, cuando era una opción marginal para los teutones, a 1932, año en que ganó holgadamente las elecciones federales.

Sin embargo, parte de la prensa menospreciaba a Hitler al considerarlo poco más que un bufón. Era un “histérico extravagante” de “beligerante discurso” cuya apariencia, según Newsweek, era “caricaturesca” y “recuerda a Charlie Chaplin”. Cosmopolitan, por su parte, afirmaba que era “tan locuaz como inseguro”.

Cuando el partido de Hitler vio incrementada su influencia en el Parlamento, e incluso después de haber sido investido canciller en 1933 (alrededor de un año y medio antes de hacerse con el poder de manera dictatorial), numerosos grupos mediáticos estadounidenses vaticinaron que sería desplazado por políticos más tradicionales o que tendría que moderar su discurso. Tenía un séquito de adeptos, sí, pero estaba formado por “votantes fácilmente impresionables” embaucados por “doctrinas radicales y remedios vacuos”, sostenía el Washington Post.

Ahora que Hitler tenía que trabajar con un gobierno, el New York Times y el Christian Science Monitor pronosticaban que los políticos “serios” acabarían con el movimiento nazi. Ya no le bastaría con tener un “agudo sentido del instinto dramático”. A la hora de gobernar, su falta de “sensatez” y su reducida “profundidad de pensamiento” lo dejarían expuesto.

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De hecho, el New York Times escribió que la llegada de Hitler a la cancillería solo serviría para “dar cuenta al pueblo alemán de su propia futilidad”. La prensa se preguntaba entonces si Hitler no se arrepentiría de no haber pujado en la carrera por el Gabinete, donde seguramente habría asumido un número de responsabilidades mayor.

Si bien la prensa norteamericana tendía a condenar el documentado antisemitismo de Hitler a principios de los años treinta, se produjeron excepciones notables. Algunos periódicos no dieron importancia a episodios de violencia contra ciudadanos judíos alemanes, de los que aseguraron que se trataba de propaganda como la que proliferó durante la Primera Guerra Mundial. Numerosos diarios y periodistas, incluso aquellos que condenaban la violencia de manera categórica, repitieron una y otra vez, en un esfuerzo por alcanzar la normalidad, que las agresiones eran cosa del pasado.

Los periodistas eran conscientes de que no podían criticarlo con vehemencia si querían seguir teniendo acceso al régimen nazi. Tanto era así que un locutor de la CBS no informó sobre la paliza que sufrió su propio hijo a manos de unos camisas pardas por no haber saludado al Führer. Cuando Edgar Mowrer, corresponsal del Chicago Daily News, escribió en 1933 que Alemania se estaba convirtiendo en “un manicomio”, las autoridades germanas conminaron al Departamento de Estado de los Estados Unidos a llamar a capítulo a sus reporteros. Allen Dulles, quien posteriormente llegaría a ser director de la CIA, trasladó a Mowrer que “estaba tomándose la situación alemana demasiado en serio”. Así las cosas, el editor de Mowrer le buscó un destino fuera de Alemania, ya que temía por su vida.

Hacia finales de la década de los treinta la mayoría de los periodistas estadounidenses se habían dado cuenta del error que habían cometido al subestimar a Hitler o al no ser capaces de visualizar la gravedad de los actos que podía llevar a cabo. No obstante, se produjeron algunas vergonzosas excepciones, como la oda al régimen que compuso Douglas Chandler para el reportaje Changing Berlin de la revista National Geographic en 1937. Por su parte, Dorothy Thompson, que había calificado a Hitler en 1928 como un hombre de una “insignificancia asombrosa”, se percató de su desacierto hacia la mitad de la década siguiente, momento en que, al igual que Mowrer, comenzó a dar la voz de alarma.

“Nadie puede reconocer a un dictador antes de que él mismo se quite la careta”, argumentó en 1935. “No se presenta a las elecciones con la vitola de dictador, sino que pretende representarse a sí mismo como el instrumento de la voluntad nacional”, añadió. Trasladando la lección a Estados Unidos, escribió: “Si tuviéramos un dictador, sin duda aparentaría ser uno de los nuestros y tendría por propósito defender a capa y espada los valores americanos tradicionales”.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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¿Qué está pasando en Sudamérica?

En el último siglo, varios países sudamericanos se enfrentaron a golpes de estado, dictaduras militares y levantamientos sociales. A pesar de las mejoras económicas de los últimos años, el continente sigue padeciendo revueltas.

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Leonardo Aranda (LAV.Photo_)

La noticia de que el presidente de Bolivia, Evo Morales, dimitió en medio de un escándalo de fraude electoral pone de relieve una lamentable realidad sobre América del Sur. Si bien es cierto que el continente ha hecho importantes progresos económicos en los últimos años, sigue viéndose afectado por frecuentes disturbios políticos y civiles.

Con más de 425 millones de habitantes, los países de América del Sur se encuentran, a nivel mundial, entre los mayores productores y exportadores de carne de vacuno y soja (Brasil), petróleo (Venezuela), café (Colombia), vino (Argentina y Chile), cobre (Chile y Perú) y gas natural (Bolivia).

Pero América del Sur también se caracteriza desde hace mucho tiempo por su inestabilidad política y sus tensiones en materia de políticas públicas.

Durante el siglo pasado, en varios países de América del Sur se produjeron golpes de Estado, dictaduras militares y levantamientos sociales. Los últimos meses han demostrado que los disturbios no son cosa del pasado.

Ola de manifestaciones


Además de Venezuela, donde las crisis política y económica han dado lugar a un desastre humanitario conocido en todo el mundo, recientemente han estallado turbulencias en otras regiones del continente.

En Paraguay se han desatado protestas multitudinarias contra el presidente Mario Abdo. Los paraguayos están molestos por un acuerdo firmado con Brasil en relación con la central hidroeléctrica de Itaipú, que la ciudadanía considera contrario a sus intereses.

Con un nivel de desaprobación del Gobierno que se sitúa en el 69%, la oposición ha iniciado un proceso de destitución contra Abdo y su vicepresidente que está a punto de concluir. El proceso de destitución tiene lugar apenas siete años después de que el expresidente Fernando Lugo también fuera destituido en 2012 en medio de un conflicto por unas tierras que ocasionó la muerte de 17 personas.

En Perú, el presidente Martín Vizcarra ha disuelto el Congreso en un intento de forzar unas nuevas elecciones parlamentarias. Sus actos han desencadenado varias manifestaciones en todo el país, entre ellas una que bloqueó el acceso a una mina de cobre y dio lugar al cese de la producción.

Vizcarra ocupó el cargo de vicepresidente hasta el año pasado, después de que el anterior presidente, Pedro Pablo Kuczynski, dimitiera por su posible relación con un escándalo de soborno en el que se vio envuelta la empresa constructora brasileña Odebrecht. Otro presidente peruano, Alan García, se suicidó el pasado mes de abril cuando la policía llegó a su casa para detenerlo por su implicación en el mismo caso.

Impugnación de resultados electorales


En Bolivia también ha tenido lugar una oleada masiva de manifestaciones. La oposición no aceptó los resultados de las recientes elecciones, que dieron la victoria a Morales en la primera vuelta de la votación para su cuarto mandato.

Morales, que lideraba el país desde 2006, aceptó que la Organización de los Estados Americanos (OEA) llevara a cabo una auditoría de las elecciones, en la que se concluyó que no se podían dar por válidos los resultados de octubre debido a “graves irregularidades”. Morales anunció que dimitía “por el bien del país”.

Evo Morales asiste a una conferencia de prensa en La Paz (Bolivia), el 10 de noviembre de 2019. Morales pide que se convoquen nuevas elecciones presidenciales y se revise el sistema electoral. (AP Photo/Juan Karita)

 

Desde las elecciones, se han cerrado las carreteras en todo el país y los disturbios diarios han sido moneda corriente. Santa Cruz, la provincia más rica de Bolivia, está siendo escenario de una huelga general.

 

Jeanine Añez, ex-vicepresidenta del Senado, asumió el mando del país tras las renuncias de Morales, del vicepresidente y de la presidenta del Senado. Rusia, uno de los más cercanos aliados de Morales, reconoció a Añez como jefe de Estado interina del país, y el presidente Carlos Mesa, quién disputó las últimas elecciones contra el líder del MAS, pide nuevas elecciones lo más rápido posible.

En Ecuador el presidente Lenin Moreno retiró las subvenciones al combustible, vigentes desde la década de 1970, debido a un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Desde entonces, el precio del combustible se ha disparado, lo que ha desencadenado protestas multitudinarias que paralizaron varias regiones del país en octubre.

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Manifestantes antigubernamentales escalan la fachada de una residencia en busca de una mejor posición para enfrentarse a la policía en Quito (Ecuador), en octubre de 2019. (AP Photo/Dolores Ochoa)

Moreno ha acusado a su predecesor, Rafael Correa, y al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, de estar detrás de estas manifestaciones, que continuaron incluso después de que se restablecieran los subsidios.

Chile, el país de América del Sur con el índice de desarrollo humano más alto y uno de los productos interiores brutos per cápita más elevados de la región, está afrontando la mayor oleada de agitación social conocida desde la redemocratización del país en 1990. El detonante fue el aumento de las tarifas del transporte público y la luz a principios de octubre.

Educación y pensiones de jubilación


Los problemas relacionados con la educación, que en su mayor parte es privada y cara, y el régimen de pensiones están avivando gran parte del malestar en Chile, en particular entre la juventud y las personas mayores. Las protestas han causado al menos 20 muertos y miles de heridos, en medio de acusaciones de violencia ejercida por el Estado.

Afortunadamente, Brasil y Argentina, los países más grandes de América del Sur, no están experimentando revueltas de este tipo, a pesar de que ambos países celebraron recientemente elecciones que pusieron de relieve la profunda división del electorado.

En octubre de 2018 Brasil eligió al derechista Jair Bolsonaro, antiguo capitán del ejército. El antiguo congresista venció al candidato de la izquierda, en la que fue la primera derrota del Partido de los Trabajadores desde 1998.

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, sonríe en un acto celebrado en Brasilia (Brasil) en octubre de 2019. (AP Photo/Eraldo Peres)

Al margen de la derrota y el desgaste causado por varios escándalos de corrupción, los partidos de izquierda de Brasil todavía ocupan un gran número de escaños en el Parlamento y de puestos de gobernador en los estados.

 

En Argentina, la reciente elección de Alberto Fernández ha devuelto al poder al partido de izquierda de la expresidenta Cristina F. de Kirchner, que se convirtió en vicepresidenta. Aun derrotado, el exlíder Mauricio Macri recibió un 41,7% de los votos, lo que muestra que, al igual que en Brasil, la oposición contra Fernández es fuerte.

Posibles consecuencias


El recrudecimiento de los disturbios en América del Sur presenta algunas similitudes entre los distintos países.

La mayoría de los disturbios comenzó por causas de menor importancia, como el aumento de las tarifas de los autobuses o el metro, pero están relacionados con problemas más amplios de política pública, como la corrupción, el acceso a la educación, la atención sanitaria o las pensiones. Los problemas económicos han tenido una incidencia considerable en la insatisfacción generalizada.

Los sólidos indicadores económicos registrados en años anteriores en América del Sur se han debilitado. En muchos países se ha empezado a observar un bajo aumento del producto interior bruto y un alto nivel de desempleo.

Incluso Chile está viendo rebajadas sus perspectivas económicas. Con frecuencia se considera que el país constituye la primera nación desarrollada de Latinoamérica. Es algo pronto para decir si los recientes acontecimientos podrían cambiar esa situación.

Ya están empezando a establecerse comparaciones entre los disturbios de América del Sur con la Primavera Árabe, la ola de manifestaciones a favor de la democracia que tuvieron lugar en el Norte de África y el Oriente Medio.

En 2010 y 2011 la Primavera Árabe impulsó la caída de los presidentes autocráticos de Egipto, Túnez y Libia, y generó una guerra civil en Yemen.

Aunque existen similitudes, los países de América del Sur son en gran medida democráticos, si bien es cierto que algunas de esas democracias adolecen de fragilidad. En las últimas elecciones celebradas en América del Sur, los electores han decidido su voto entre partidos de izquierda y de derecha.

Las próximas semanas determinarán cuál será la repercusión de estas reacciones colectivas. A pesar de la cantidad de riqueza natural que posee la región, la inestabilidad obedece normalmente a crisis económicas, que se traducen en protestas civiles masivas como las que estamos presenciando en estos momentos.The Conversation

 

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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La pandemia de las noticias falsas y su detección: al límite de lo imposible

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La falsificación intencionada de productos y la elaboración de contenidos fraudulentos no es nueva, pero su distribución masiva en las redes y medios de comunicación está alcanzando la categoría de pandemia. Como respuesta, se multiplican los esfuerzos para limitar el impacto de las denominadas fake news, pero la batalla contra la proliferación de fake pictures (imágenes falsas) es mucho más compleja, y sus efectos culturales son también mucho más devastadores.


Los sistemas de detección del fraude aplicados a textos obtienen resultados bastante precisos. Por ejemplo, Ithenticate, en el ámbito académico, está integrado en los procesos de evaluación de manuscritos de la mayoría de las publicaciones científicas. Sin embargo, la detección de imágenes falsas resulta mucho mas compleja y requiere de precisos métodos de análisis forense combinados con avanzadas herramientas de software.

A día de hoy, estas no se pueden automatizar con tanta facilidad como ocurre con el análisis textual.

Existen sistemas de reconocimiento de imágenes que utilizan la inteligencia artificial para determinar de qué tipo de imagen se trata y etiquetarla, realizar búsquedas y recuperar imágenes similares, como las desarrolladas por Google. Pero cuando las imágenes son falsificaciones que van más allá de su simple copia o de una manipulación rudimentaria, resulta muy complejo despejar las dudas sobre su originalidad. Entonces se vuelve imprescindible llevar a cabo un análisis forense detallado que certifique si ha sido manipulada.

La metodología de elaboración de un informe pericial sobre la imagen digital está regulada para garantizar su validez jurídica, pero resulta muy difícil detener su proliferación y sus devastadores efectos culturales. Se están produciendo algunos rápidos avances en la investigación, pero todavía son incipientes dada la complejidad propia de la imagen.

En los límites de lo imposible


Toda imagen es siempre una selección de eso que llamamos realidad, por muy preciso que sea el sistema que utilicemos. Su fidelidad depende de la honestidad de quien ha elaborado la imagen. El problema es que hoy casi cualquiera puede falsificar y distribuir masivamente una imagen, y no digamos las agencias gubernamentales, empresas y especialistas con sobrados recursos.

El análisis forense de imágenes puede aplicarse para determinar con precisión las condiciones en las que se registró. Por ejemplo, para evaluar la coherencia espacial de la luz e identificar la cámara con que se tomó, analizando los artefactos característicos que cada equipo produce en el proceso de captura.

También en el proceso de registro de la imagen se incluyen algunos datos de la captura que acompañan al propio archivo, los denominados metadatos, pero no solo no están disponibles en la mayoría de las imágenes en circulación, si no que además son fácilmente manipulabes por un falsificador profesional que lo primero que hace es actuar sobre ellos, por lo que muchas veces pueden ser poco fiables.

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La mayoría de las falsificaciones que circulan masivamente son manipulaciones, más o menos sofisticadas, sobre el archivo de la imagen. Muchas veces hacen uso de herramientas que están al alcance de cualquiera, como Photoshop. Algunas pueden ser fáciles de detectar, pero cuando se falsifica con profesionalidad y software diseñado específicamente para eliminar todo rastro de manipulación resulta mucho mas complicado.

Pensemos en la complejidad y la potencia actual de la tecnología y las técnicas de IA para elaborar, por ejemplo, las denominadas deepfakes, en las que lo que se manipula son vídeos. Se están desarrollando herramientas para intentar detectar también este tipo de falsificaciones, como por ejemplo TruePic. Pero aunque se están redoblando los esfuerzos en este sentido tanto en Europa como en América, en la lucha tecnológica contra el fraude las técnicas de análisis forense casi siempre van un paso atrás.

Imagen falsa de un tiburón nadando por una calle inundada tras un huracán.

Por activa y por pasiva


En el análisis forense de imágenes digitales se utilizan dos procedimientos básicos de detección de falsificaciones: los activos y los pasivos.

Los métodos activos hacen referencia a las estrategias de autenticación de archivos digitales para su identificación. Esto se consigue, por ejemplo, insertando marcas de agua entre los datos de imagen o utilizando sistemas de firma digital como las cadenas de HASH. Pero la mayor parte de las imágenes en circulación, sean falsas o no, no van acompañadas de ningún dato de identificación, y solo es posible detectar a simple vista si son falsas entre el 30-40 %.

Existe un segundo grupo de métodos de análisis, los denominados pasivos, que utilizan algoritmos específicos y técnicas estadísticas para analizar la coherencia de la estructura de datos del archivo de imagen y determinar si se ha retocado el brillo, contraste y color (el retoque es admisible, pero solo hasta cierto punto). O si se han movido, clonado o transformado algunos elementos. Para ello se están desarrollando algoritmos específicos que son cada vez más efectivos.

Estamos en una carrera en la que se está siempre al límite de la vanguardia tecnológica y, mientras tanto, la pandemia de imágenes falsas se sigue extendiendo a una velocidad imparable. En esta enloquecida lucha sin fin, por ahora gana la falsificación, seguida muy de cerca por las técnicas de detección desarrolladas por los analistas expertos en imagen. Pero hay que correr, y mucho, y al límite de lo imposible.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Leonard Cohen, el monje que amaba a las mujeres

El 21 de septiembre de 1934 nacía Leonard Cohen y este 2019 hubiese cumplido 85 años. Analizar su obra es darse cuenta de cómo intentó aunar la espiritualidad y la sensualidad como dos conceptos complementarios.

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En palabras de Gideon Zelermyer, cantor de la sinagoga de Wesmount (Montreal), la tumba de Leonard Cohen (1934-2016) siempre tiene huellas que conducen hasta ella, sin importar cuan alta sea la nieve. No solo resulta evidente que su memoria y legado siguen vivos, sino que su obra como músico, poeta y novelista recibe cada vez mayor atención, tanto en forma de estudios y análisis académicos como de escritos de carácter divulgativo.

Religión y feminidad


Además de los dedicados a su creación musical y literaria, gran parte de estos análisis se centra en uno de los aspectos más señalados de Cohen: la búsqueda espiritual que llevó a cabo a lo largo de toda su vida y que ha sido definida a menudo como su faceta de “monje” (“monk”).

Sin renunciar jamás a las raíces culturales del judaísmo heredadas de su familia, exploró numerosas vías de crecimiento personal, siendo la más señalada el budismo zen, disciplina en la que llegó incluso a ser ordenado monje tras cinco años de retiro en el monasterio Mount Baldy (California). Hacia las últimas décadas de su vida, y como forma de completar su aprendizaje, se interesó también por algunas ramas del hinduismo, viajando asiduamente a Bombay (India).

Leonard Cohen, 2008. Rama / Wikimedia Commons, CC BY-SA

Otro aspecto que aparece con mucha frecuencia en escritos sobre Cohen es su visión sobre la feminidad y la forma en la que ésta, tanto en abstracto como en lo que se refiere a sus relaciones personales, está claramente presente en su obra. En inglés, para definir esta faceta se utiliza el término ladies’ man. En español esta expresión se tiende a traducir como “mujeriego” (que correspondería a womanizer), pero dicha traducción tiene un carácter mucho más superficial e incluso despectivo que el sentido original.

Hay que tener en cuenta que el enfoque de Cohen acerca de sus relaciones le exigía una profunda comprensión de la condición humana y no encaja en el estereotipo de una celebridad rodeado de admiradoras.

Dos facetas compatibles


Más allá del hecho de que no obtuviese fama como músico folk hasta pasados los 30 años (su primer álbum de estudio, Songs of Leonard Cohen, es de 1967, cuando contaba con 33), su particular visión del mundo ya había quedado plasmada desde sus primeras obras poéticas, demostrando ser un ferviente adorador de la virtud que encarna la belleza femenina.

De igual modo, y aunque no deje de ser hijo de su tiempo, tampoco es del todo exacto aproximarse a la figura de Leonard Cohen interpretando sus experiencias vitales como si fuesen un mero fruto del fenómeno contracultural de los 60.

Las dos facetas mencionadas se tienden a considerar como contrapuestas y que generan cierto conflicto: “the Monk vs. the Ladies’ Man”. Sin embargo, en realidad no son incompatibles, pues Cohen era capaz de proyectar sus inquietudes espirituales sobre su relación con las mujeres. Esto se debe principalmente a su constante interés por la reconciliación de aspectos aparentemente contrarios, como la religiosidad frente a la sensualidad.

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En su obra, temas como el amor y el deseo fueron un asunto tan elevado como cualquier fe religiosa. Todo su trabajo está impregnado de esta premisa, pero algunos ejemplos concretos se pueden hallar en poemas como “No tienes que amarme”, de Selected Poems (1956-1968), “El colapso del zen” de El libro del anhelo (Book of Longing, 2006) o en canciones como “Joan of Arc” (Songs of Love and Hate, 1971) y “Dance Me to the End of Love” (Various Positions, 1984).

La base de esta consideración residía en su convicción de que durante los encuentros intensos entre amantes no era posible distinguir entre lo espiritual y lo profano, pues percibiendo el orgasmo como un momento de éxtasis “ya no existía separación entre el alma y la carne ni conflicto alguno”.

Símbolo del Corazón Unificado


Portada de Book of Mercy.

En su empeño por ahondar en la convergencia de este tipo de polos opuestos llegó incluso a idear un emblema que la simbolizase: el Corazón Unificado (“Unified Heart”). Este símbolo fue diseñado por el propio autor y empleado por primera vez para ilustrar la cubierta de su séptimo poemario, El libro de la misericordia (Book of Mercy, 1984).

Su representación es la de un hexagrama (muy vinculado a la Estrella de David judía), al que se le sustituyen los clásicos triángulos por dos corazones ensamblados. El Corazón Unificado, como el propio Cohen explicaría, corresponde a “una versión del yin y el yang, o cualquiera de los símbolos que incorporan las polaridades y tratan de reconciliar las diferencias.”

La importancia que este símbolo adquirió en su obra no solo expone la relevancia que concedía a la convergencia de los contrarios, si no también a la coexistencia y fusión de sus dos vertientes principales (la de “Monk” y la de “Ladies’ Man”), convirtiéndole en alguien capaz de contemplar lo profano bajo la luz de lo sagrado.

Para concluir, cabe señalar que la imagen del Corazón Unificado no solo llegó a ser una especie de sello o firma personal del artista que aparecería tanto de forma plástica como conceptual en todo su trabajo posterior a 1984, sino que además es el único elemento visual que fue grabado en la lápida de su tumba. Esa que siempre tiene huellas que conducen hasta ella, sin importar cuan alta sea la nieve.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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