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¿Cuál es la manera apropiada de informar sobre un fascista?

loochanin
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¿Cómo se debe cubrir el auge de un líder político que va dejando un reguero documental que da cuenta de su anticonstitucionalismo, racismo y enaltecimiento de la violencia? ¿La prensa debe destacar el hecho de que el individuo en cuestión actúa en los márgenes de las normas sociales establecidas o debe, por el contrario, resignarse a transmitir que quien gana unas elecciones es “normal” por definición porque su liderazgo refleja la voluntad del pueblo?


Estas fueron las cuestiones a las que la prensa estadounidense tuvo que hacer frente tras el ascenso de los líderes fascistas en Italia y Alemania durante los años veinte y treinta del siglo pasado.

Líder vitalicio

Benito Mussolini conquistó el poder en 1922, al culminar la marcha sobre Roma secundado por 30.000 camisas negras, y tres años después se declaró líder vitalicio. Aunque estas acciones no casaban con los valores estadounidenses, Mussolini gozaba del trato favorable de los medios norteamericanos, que le dedicaron al menos 150 artículos entre 1925 y 1932, la mayoría de ellos en un tono amable, neutral o pretendidamente difuso.

Benito Mussolini se dirige a la multitud durante la ceremonia de inauguración de la ciudad de Sabaudia el 24 de septiembre de 1934. AP Photo

El Saturday Evening Post incluso se atrevió a publicar por fascículos la autobiografía del Duce en 1928. Varios medios, desde el New York Tribune hasta el Chicago Tribune, pasando por el Plain Dealer de Cleveland, reconocían que el nuevo “movimiento Fascisti” empleaba unos “métodos algo duros” al tiempo que elogiaban la salvación de Italia frente a la extrema izquierda y valoraban la revitalización de su economía. Desde la perspectiva de estos medios, el anticapitalismo que surgiría tras la Segunda Guerra Mundial en Europa sería una amenaza mayor que el fascismo.

Curiosamente, mientras la prensa consideraba al fascismo un novedoso “experimento”, cabeceras como The New York Times solían asegurar que el movimiento había devuelto a lo que llamaban la “normalidad” a un país turbulento como Italia.

Por el contrario, periodistas como Hemingway y medios como el New Yorker rechazaron de plano la normalización de una figura antidemocrática como la de Mussolini. Y John Gunther, de Harper’s Magazine, le dedicó un afiladísimo perfil sobre su manipulación de una prensa estadounidense que no era capaz de resistirse a los encantos del dictador.

El “Mussolini alemán”

El éxito de Mussolini en Italia legitimó a los ojos de la prensa estadounidense el ascenso al poder de Hitler, al cual apodaron entre finales de los años veinte y principios de los treinta el “Mussolini alemán”. Dada la positiva acogida al italiano por parte de los medios, Hitler comenzó su andadura desde un punto de partida favorable a sus propósitos. Además, gozaba de la ventaja que le otorgaba el impresionante salto del Partido Nazi en las urnas desde finales de los veinte, cuando era una opción marginal para los teutones, a 1932, año en que ganó holgadamente las elecciones federales.

Sin embargo, parte de la prensa menospreciaba a Hitler al considerarlo poco más que un bufón. Era un “histérico extravagante” de “beligerante discurso” cuya apariencia, según Newsweek, era “caricaturesca” y “recuerda a Charlie Chaplin”. Cosmopolitan, por su parte, afirmaba que era “tan locuaz como inseguro”.

Cuando el partido de Hitler vio incrementada su influencia en el Parlamento, e incluso después de haber sido investido canciller en 1933 (alrededor de un año y medio antes de hacerse con el poder de manera dictatorial), numerosos grupos mediáticos estadounidenses vaticinaron que sería desplazado por políticos más tradicionales o que tendría que moderar su discurso. Tenía un séquito de adeptos, sí, pero estaba formado por “votantes fácilmente impresionables” embaucados por “doctrinas radicales y remedios vacuos”, sostenía el Washington Post.

Ahora que Hitler tenía que trabajar con un gobierno, el New York Times y el Christian Science Monitor pronosticaban que los políticos “serios” acabarían con el movimiento nazi. Ya no le bastaría con tener un “agudo sentido del instinto dramático”. A la hora de gobernar, su falta de “sensatez” y su reducida “profundidad de pensamiento” lo dejarían expuesto.

De hecho, el New York Times escribió que la llegada de Hitler a la cancillería solo serviría para “dar cuenta al pueblo alemán de su propia futilidad”. La prensa se preguntaba entonces si Hitler no se arrepentiría de no haber pujado en la carrera por el Gabinete, donde seguramente habría asumido un número de responsabilidades mayor.

Si bien la prensa norteamericana tendía a condenar el documentado antisemitismo de Hitler a principios de los años treinta, se produjeron excepciones notables. Algunos periódicos no dieron importancia a episodios de violencia contra ciudadanos judíos alemanes, de los que aseguraron que se trataba de propaganda como la que proliferó durante la Primera Guerra Mundial. Numerosos diarios y periodistas, incluso aquellos que condenaban la violencia de manera categórica, repitieron una y otra vez, en un esfuerzo por alcanzar la normalidad, que las agresiones eran cosa del pasado.

Los periodistas eran conscientes de que no podían criticarlo con vehemencia si querían seguir teniendo acceso al régimen nazi. Tanto era así que un locutor de la CBS no informó sobre la paliza que sufrió su propio hijo a manos de unos camisas pardas por no haber saludado al Führer. Cuando Edgar Mowrer, corresponsal del Chicago Daily News, escribió en 1933 que Alemania se estaba convirtiendo en “un manicomio”, las autoridades germanas conminaron al Departamento de Estado de los Estados Unidos a llamar a capítulo a sus reporteros. Allen Dulles, quien posteriormente llegaría a ser director de la CIA, trasladó a Mowrer que “estaba tomándose la situación alemana demasiado en serio”. Así las cosas, el editor de Mowrer le buscó un destino fuera de Alemania, ya que temía por su vida.

Hacia finales de la década de los treinta la mayoría de los periodistas estadounidenses se habían dado cuenta del error que habían cometido al subestimar a Hitler o al no ser capaces de visualizar la gravedad de los actos que podía llevar a cabo. No obstante, se produjeron algunas vergonzosas excepciones, como la oda al régimen que compuso Douglas Chandler para el reportaje Changing Berlin de la revista National Geographic en 1937. Por su parte, Dorothy Thompson, que había calificado a Hitler en 1928 como un hombre de una “insignificancia asombrosa”, se percató de su desacierto hacia la mitad de la década siguiente, momento en que, al igual que Mowrer, comenzó a dar la voz de alarma.

“Nadie puede reconocer a un dictador antes de que él mismo se quite la careta”, argumentó en 1935. “No se presenta a las elecciones con la vitola de dictador, sino que pretende representarse a sí mismo como el instrumento de la voluntad nacional”, añadió. Trasladando la lección a Estados Unidos, escribió: “Si tuviéramos un dictador, sin duda aparentaría ser uno de los nuestros y tendría por propósito defender a capa y espada los valores americanos tradicionales”.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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265 historias de niños haitianos abandonados por sus padres, los Cascos Azules

‘Te dan unas monedas y te dejan embarazada’.

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Marie* tenía 14 años y acudía a una escuela cristiana cuando conoció a Miguel, un soldado brasileño destinado en Haití como Casco Azul de la ONU. Pronto inició una relación con él. Cuando le dijo que estaba embarazada de su hijo, Miguel le aseguró que le ayudaría con el niño, pero volvió a Brasil. Marie trató de comunicarse con él vía Facebook, pero Miguel nunca respondió.


Al enterarse de que estaba embarazada, el padre de Marie la echó de casa y se fue a vivir con su hermana. Actualmente, su hijo tiene cuatro años y Marie continúa a la espera de recibir algún tipo de ayuda por parte del ejército brasileño, alguna ONG, las Naciones Unidas o el estado haitiano. Marie hace lo que puede para que al pequeño no le falte de nada, pero no se puede permitir escolarizarlo. Trabaja por un salario por hora de 25 gourdes (el equivalente a unos 26 céntimos de dólar estadounidense, 20 peniques británicos o 24 céntimos de euro) que cubre las necesidades alimenticias de ambos, pero necesita ayuda para pagar el alojamiento y las cuotas del colegio.

Desgraciadamente, la historia de Marie no es un caso aislado. En el verano de 2017, nuestro equipo de investigación preguntó a aproximadamente 2 500 haitianos sobre las experiencias de mujeres y niñas de lugares en los que actuaban las misiones de estabilización. Entre todos los entrevistados, 265 ofrecieron testimonios acerca de embarazos surgidos de relaciones con personal militar de la ONU. Ese 10 % mencionó las historias de estos niños, dignas de reseñar, como una realidad cotidiana.

Las narraciones revelan cómo niñas de tan solo 11 años sufrieron violaciones y quedaron embarazadas por los Cascos Azules para ser “abandonadas en la más absoluta miseria”, tal y como aseveró uno de los encuestados, teniendo que mantener solas a sus hijos porque los padres eran repatriados en cuanto se conocía el embarazo. Como Marie, multitud de mujeres quedaron desamparadas a cargo de sus hijos en condiciones de extrema pobreza y desigualdad, la mayoría sin recibir ningún tipo de ayuda.

Puerto Príncipe, la capital de Haití. Sylvie Corriveau/Shutterstock

Una misión envuelta en polémica


La Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización en Haití (MINUSTAH), la operación más extensa desarrollada por la organización en el país caribeño (2004-2017), se inició originalmente con el propósito de colaborar con instituciones locales en un contexto de inestabilidad política dominada por el crimen organizado. El mandato fue prolongado debido a las catástrofes naturales: en 2010, Haití sufrió un terremoto y en 2016 padeció los arrasadores efectos del huracán Matthew, acontecimientos ambos que aumentaron la inseguridad de la situación política del país. Tras 13 años de misión, MINUSTAH llegó a su fin en octubre de 2017, dando paso a la más modesta Misión de las Naciones Unidas de Apoyo a la Justicia en Haití (MINUJUSTH).

MINUSTAH es una de las misiones más polémicas de la ONU. Se trata de un foco de innumerables acusaciones de explotación y abusos sexuales: no es poco el personal militar uniformado y no uniformado que ha sido relacionado con violaciones de los derechos humanos que incluyen explotación sexual, violaciones e incluso homicidios. (A lo largo del artículo emplearemos indistintamente los términos “personal”, “Cascos Azules” y “pacificadores” para referirnos a miembros extranjeros, tanto uniformados como no uniformados, asociados a MINUSTAH).

En lo que respecta a la salud pública, no existe ninguna duda (de hecho, la ONU lo ha reconocido oficialmente) acerca de la introducción accidental del cólera en Haití por parte de los Cascos Azules. Más de 800 000 habitantes del país americano han precisado de atención médica y al menos 10 000 han fallecido a causa de la enfermedad.

Numerosos medios han desvelado que miembros del personal de la ONU ofrecían alimentos y pequeñas cantidades de dinero a mujeres menores de edad a cambio de mantener relaciones sexuales. Además, se apuntó a la relación entre MINUSTAH y un grupo secreto que llevó a cabo todo tipo de abusos sexuales con aparente impunidad: presuntamente, al menos 134 Cascos Azules procedentes de Sri Lanka explotaron sexualmente a nueve niñas desde 2004 a 2007. Tras conocerse estos hechos en 2017 gracias a la labor de Associated Press, MINUSTAH se convirtió en el paradigma de la falta de contundencia ante acusaciones de abusos sexuales. Como consecuencia de este reportaje, 114 Cascos Azules fueron obligados a volver a Sri Lanka, pero ninguno fue acusado ni juzgado tras la repatriación.

Estudios exhaustivos evidencian que los niños concebidos en situaciones de guerra suelen crecer en el seno de familias monoparentales que sufren unas condiciones económicas sumamente precarias provocadas por el conflicto. La asociación con el “ausente” padre extranjero y el nacimiento del niño fuera del matrimonio suelen resultar en una estigmatización y discriminación por parte de sus pares.

Todavía no disponemos de demasiados datos de las consecuencias de ser un niño mestizo de padre militar extranjero, y menos aún conocemos las experiencias personales de los llamados “pequeños MINUSTAH”, niños haitianos cuyos padres son Cascos Azules. Esta es, precisamente, una de las razones por las que decidimos atraer el foco hacia las historias de las personas afectadas por las misiones ejecutadas por las Naciones Unidas.

Nuestro estudio


Las historias que desgranamos parten de respuestas de los participantes a nuestra petición: queríamos que nos contaran cómo es ser una mujer o una niña en una comunidad convertida en el escenario de una misión de estabilización. Grabamos sus testimonios en audio y, a continuación, las personas entrevistadas explicaron sus experiencias mediante un cuestionario predefinido, lo cual nos permitió comprender con mayor precisión las circunstancias y consecuencias de sus interacciones con los Cascos Azules.

Los participantes tenían total libertad para compartir cualquier historia sobre cualquier persona. Cabe destacar que en ningún momento se les instó a hablar sobre abusos sexuales o explotación. Los encargados de registrar las declaraciones en verano de 2017 fueron colaboradores haitianos entrenados para ello, y los lugares elegidos fueron comunidades cercanas a 10 bases de la ONU. Se preguntó a aproximadamente 2 500 haitianos acerca de las experiencias de las mujeres y niñas que viven en comunidades que albergaron misiones de paz. Se recogieron distintos testimonios, tanto positivos como negativos, pero 265 de las historias (un 10 %) versaban sobre niños cuya paternidad correspondía a los Cascos Azules. Esto es especialmente reseñable, ya que el objetivo primario de las preguntas del estudio no era indagar sobre las relaciones sexuales entre las mujeres locales y el personal militar ni giraba en torno a los niños concebidos a partir de esas relaciones.

Lo que sugiere la espontaneidad de las respuestas no es solo que los abusos sexuales y la explotación por parte de los Cascos Azules no son hechos aislados, sino también, como un entrevistado de Port-Salut aseguró, “muchas chicas tienen hijos de los MINUSTAH”, declaración refrendada por otro hombre de San Marcos, que nos contó que “MINUSTAH nos dejó muchos niños sin padres”.

El mapa de las historias. © Sabine Lee/Susan Bartels, Author provided

Algunos de los relatos fueron compartidos en primera persona por mujeres que habían dado a luz a niños nacidos de relaciones con personal de la ONU, mientras que otras revelaciones eran expuestas por miembros de sus familias, amigos o vecinos. Hasta donde alcanza nuestro conocimiento, estas historias constituyen la primera investigación empírica que pretende dar voz a las familias afectadas por la explotación y los abusos sexuales perpetrados por los Cascos Azules de la ONU.

Sexo por un plato de comida


Varios de los encuentros entre mujeres y niñas haitianas y el personal militar de la ONU fueron descritos como violencia sexual. Un hombre de Cité Soleil recordaba:

Todos los días escuchaba quejarse a mujeres por la violencia sexual que los MINUSTAH empleaban hacia ellas. Además, les contagiaron el sida, y algunas de ellas están embarazadas.

No solo escuchamos historias de abusos sexuales a mujeres y niñas, sino también hombres y niños que sufrieron malos tratos similares por parte de los MINUSTAH. No obstante, las agresiones sexuales eran la nota discordante en las relaciones referidas, opacadas por un problema mucho más grave y común aunque con menor repercusión mediática: el intercambio de bienes o dinero por sexo con personal de la ONU.

Un hombre casado de Cité Soleil describió un patrón común por el cual las mujeres recibían pequeñas cantidades económicas a cambio de sexo: “Venían, dormían con ellas, se desfogaban, les dejaban con el niño en brazos y les daban 500 gourdes”.

En otros casos, los miembros de MINUSTAH daban comida a las mujeres, lo cual sitúa el acento en las condiciones de extrema pobreza que propiciaban estos encuentros sexuales. Un hombre de Port-Salut lo atestiguaba: “Tenían sexo con las chicas ya no por dinero, sino a cambio de alimentos, de un plato de comida”.

La evolución de las relaciones


Otra línea de investigación que ha recibido muy poca atención en informes previos es la evolución de las relaciones sexuales consensuadas entre miembros de MINUSTAH y las mujeres de Haití. En ocasiones, estas no eran más que relaciones esporádicas que derivaron en embarazos, como es el caso que relata un hombre de Port-Salut:

Mi hermana salía con un soldado de MINUSTAH y toda mi familia lo sabía, mi madre y todo el mundo. Pero luego se quedó embarazada y, desde entonces, la vida de mi hermana es un desastre.

Otras relaciones se caracterizaban por el cariño y el compromiso, como la de esta mujer:

Vivía en Cité Soleil y tenía una relación con un MINUSTAH en la que reinaba el amor. Al final, me quedé embarazada de él.

A lo largo de la investigación, descubrimos que las relaciones con militares blancos y tener hijos de piel blanca era, a veces, algo deseado. Una mujer de Léogâne reveló que existían “rumores” acerca de chicas que mantenían relaciones con los MINUSTAH y se quedaban embarazadas porque “querían tener unos niños preciosos”.

Independientemente de que la naturaleza de la relación fuera consensuada o transaccional, se pudieron apreciar ciertos patrones particulares en lo que se refiere a los lugares y a la manera en que se produjeron estas interacciones. Por ejemplo, era habitual que los encuentros sucedieran en la playa o en un hotel, tal y como desgrana una mujer de Cité Soleil sobre una amiga: “Solían ir a la playa y después a un hotel, el hombre blanco pagaba y practicaban sexo”.

La playa de Calico se hizo famosa por ser el punto de encuentro previo al mantenimiento de relaciones sexuales por interés. © Chantel Cole, Author provided

También es una fuente de gran preocupación que muchas de las madres que dieron a luz y se encuentran criando niños nacidos de la unión entre ellas y los Cascos Azules eran adolescentes y, por lo tanto, carecían de la edad mínima para dar su consentimiento a las relaciones sexuales. Una mujer de Cité Soleil nos contó:

Por aquí se ve a chicas de 12 y 13 años a las que los MINUSTAH embarazaron y abandonaron en la pobreza con niños a su cargo. Hablamos de personas cuya vida ya era estresante y desgraciada de por sí.

Desamparo


La mayoría de historias sobre embarazos indican que, tras conocerse, el personal de MINUSTAH era repatriado por la ONU a sus países de origen. Una mujer de Port-Salut nos explicó:

Una de mis hermanas tuvo un hijo con un MINUSTAH. Lo hizo porque lo conoció y se enamoró de él. El soldado la cuidaba, pero lo repatriaron y dejó de mandarle cosas, ya sabe.

Un hombre de Hincha relató una experiencia parecida que tuvo una chica a la cual conocía: “Se quedó embarazada de un MINUSTAH. (…) Lo trasladaron, dejó su puesto y nunca lo volvieron a ver”.

Tras la partida de los Cascos Azules que habían sido o iban a ser padres, muchas mujeres jóvenes se vieron solas con el deber de criar a un hijo en condiciones de pobreza extrema. Algunas tuvieron suerte y pudieron disfrutar de la ayuda de sus familias, pero eran excepciones.

Muy pocas madres se pueden permitir que sus ‘bebés de paz’ vayan a colegios como este de Kolminy. Michelle D. Milliman/Shutterstock.com

En prácticamente todos los casos, el acceso a la educación estaba fuera del alcance de las posibilidades de la madre o de la familia, tal y como lamenta una mujer de Port-Salut:

Empecé a hablar con él, me dijo que me quería y yo acepté salir con él. Tres meses después estaba embarazada, pero en septiembre lo mandaron de vuelta a su país. El niño está creciendo y mi familia me está ayudando lo que puede con él. Tengo que volver a escolarizarlo, ya que lo sacaron debido a que no podía pagar por su educación.

Un hombre de Cabo Haitiano comentaba:

Los soldados destrozaron el futuro de estas chicas al dejarlas embarazadas un par de veces para luego abandonarlas. Este comportamiento puede acarrear consecuencias negativas para la sociedad y el país en general, ya que estas jóvenes podrían haberse convertido en abogadas, médicas o en cualquier cosa que pudiera haber servido de ayuda a Haití el día de mañana. Ahora, podemos ver a muchas vagando por las calles o por el mercadillo con un cesto en la cabeza y vendiendo naranjas, pimientos y más cosas para poder criar a los hijos que tuvieron con los soldados de MINUSTAH.

En algunos casos extremos, aunque pocos, los miembros de la comunidad afirmaron que las mujeres y niñas desamparadas no tuvieron otra opción que verse envueltas en más relaciones sexuales con Cascos Azules para alimentar a los niños nacidos de los encuentros previos con los MINUSTAH. Un hombre de Puerto Príncipe compartía un ejemplo:

La dejó tirada en la pobreza porque cuando tenía sexo con ella era a cambio de muy poco dinero. Ahora que la misión termina, él se va y ella se hunde en la miseria, y se ve obligada a repetir el mismo proceso para dar de comer a su hijo, ¿se da cuenta?

Las historias que recopilamos estaban plagadas de peticiones de ayuda dirigidas a MINUSTAH y a las autoridades haitianas. Un hombre de Port-Salut dejó clara su demanda:

Me gustaría pedirle a los encargados de MINUSTAH que asumieran las responsabilidades en lo que respecta a los hijos de los miembros de la misión. Hacemos lo que podemos, pero no son condiciones en las que criar a un niño.

Poder y explotación


Nuestra investigación pone de manifiesto lo que gran parte de la literatura académica da a entender sobre las economías objeto de las misiones estabilizadoras: la pobreza es un factor subyacente clave para los abusos sexuales y la explotación consumados por las fuerzas pacificadoras.

En numerosos casos, la diferencia de poder existente entre los Cascos Azules extranjeros y las poblaciones locales permite a los primeros explotar a las mujeres y niñas que forman parte de las segundas, ya sea de manera consciente o inconsciente.

El predominio de las relaciones sexuales con un componente comercial en los datos recopilados evidencia la envergadura de las desigualdades estructurales, materializado en el acceso del personal de la ONU a recursos que la población local necesita o anhela, por lo que se encuentran en una posición ventajosa para intercambiar dicho objeto de deseo por sexo.

Si bien gran parte de las historias plasmadas en los párrafos anteriores fueron recogidas en Port-Salut y Cité Soleil, los relatos no diferían demasiado entre los diferentes puntos de Haití, amén de que el fenómeno descrito no se ha producido únicamente en el país caribeño. De hecho, el trabajo que realizamos previamente en la República Democrática del Congo nos muestra una situación similar.

Dentro de su política de tolerancia cero, la ONU reconoce la existencia de desigualdades socioeconómicas y de poder que poseen el potencial para propiciar “relaciones íntimas” entre los pacificadores y las mujeres locales en el marco de la explotación.

Básicamente, la ONU prohíbe prácticamente todas las relaciones sexuales entre el personal de las misiones y las mujeres de los lugares en los que se llevan a cabo las operaciones. La información recopilada por nuestro equipo, además de señalar que dicha prohibición absoluta es ineficaz, indica que es necesario enfocar el asunto desde la formación personalizada de los miembros de la ONU, amén de acabar de una vez por todas con la impunidad que aún hoy rodea la conducta inapropiada de los Cascos Azules.

Otro elemento fundamental se encuentra en la necesidad de disponer de un mayor número de mecanismos efectivos que permitan a las víctimas de explotaciones y abusos sexuales y a sus hijos (nacidos tanto de relaciones consensuadas como no consensuadas) el acceso a las ayudas. La aplicación de medidas en este sentido podría poner fin a la negativa espiral socioeconómica que mantiene a las víctimas (especialmente a los niños) atrapadas en circunstancias de acuciantes estrecheces económicas que no hacen sino perpetuar el ciclo de la pobreza.

Base de la ONU en Cité Soleil en 2019. © Chantel Cole, Author provided

Apoyo a los niños


En enero de 2018, el Bureau des Avocats Internationaux (BAI) haitiano presentó varias demandas de paternidad ante la justicia del país americano en representación de 10 niños cuyos padres son Cascos Azules. La intención del BAI no era otra que presionar a la ONU para asegurar la puesta en marcha de una ayuda económica para los menores.

Un año después, el BAI dirigió una carta abierta a la Defensora de las Naciones Unidas de los Derechos de las Víctimas, Jane Connors, en la que dejaba patente su frustración al constatar la falta de sensibilidad e intención de cooperar por parte de la ONU, desinterés que hizo “prácticamente imposible que nuestros clientes obtengan justicia”.

Tras certificar la negativa de la ONU a facilitar los resultados de los análisis de ADN de las pruebas de paternidad a pesar de recibir órdenes explícitas por parte de un juzgado de Haití, la carta concluye observando que la ONU mandaba “un mensaje alarmante, debido a la total ausencia de respeto hacia el sistema judicial haitiano y a la autoridad de la ley”.

La inacción de la ONU hace que surjan todo tipo de incógnitas alrededor de la retórica que la organización exhibe acerca de la defensa de la dignidad y los derechos las personas afectadas por la explotación y los abusos sexuales perpetrados por los Cascos Azules.

Además, pone en duda la efectividad de las intervenciones desarrolladas por la Oficina de las Naciones Unidas para la Defensa de los Derechos de las Víctimas, cuya función es abogar por los derechos de las víctimas y poner la lucha de la ONU contra la explotación y los abusos sexuales al servicio de sus demandas.

Recomendaciones


Los descubrimientos a los que nos ha conducido nuestra investigación nos permiten elaborar tres recomendaciones fundamentales.

  1. La formación del personal de la ONU debe incluir un apartado de concienciación cultural que afiance el entendimiento de los efectos que las diferencias de poder pueden infligir en las frágiles economías de los países sometidos al proceso de estabilización. Asimismo, la instrucción debe hacer hincapié en el deseo percibido de tener un hijo con un pacificador, así como no debe olvidarse de las consecuencias socioeconómicas que sufren las mujeres en situación de vulnerabilidad tras ser abandonadas a cargo de un hijo concebido con personal de la ONU.
  2. La ONU debe cesar la repatriación de los individuos implicados en casos de explotación o abusos sexuales, ya que comporta consecuencias doblemente negativas. En primer lugar, impide que el presunto agresor sea juzgado de manera eficaz en un proceso que permita dirimir si la presunta conducta inapropiada fue tal. En segundo lugar, lo aleja de cualquier jurisdicción dentro de la cual la víctima, niño o madre, pudieran gozar de la oportunidad de obtener el apoyo económico necesario para garantizar que el concebido creciera en las condiciones apropiadas.
  3. El reciente nombramiento de la Defensora de los Derechos de las Víctimas de las personas afectadas por la explotación y los abusos sexuales debe ir acompañado de una serie de medidas que permitan cortar de raíz algunas de las injusticias que tienen lugar a nivel estructural. Al mismo tiempo, debe actuar en representación de las víctimas y ejercer como un altavoz dentro de la ONU y en colaboración con los países objeto de la estabilización y con los países que colaboran enviando a sus tropas.

Muchas de las personas que participaron en las entrevistas expresaron sentimientos similares acerca de la necesidad de reconocimiento y ayuda a los niños haitianos hijos de Cascos Azules. Un hombre declaró:

Conozco a muchas mujeres y chicas jóvenes que tienen niños de los MINUSTAH a su cargo. Me gustaría que (la ONU) asumiera sus responsabilidades, que tomara la iniciativa y se reuniera con ellas para ayudarles con sus hijos.

* Se han modificado los nombres con el fin de proteger el anonimato de los/as protagonistas.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Cómo actuar frente al ‘populismo climático’

Como en la democracia, frente a la crisis climática no cabe el populismo o los populismos, sino el pluralismo.

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Indigenous Climate Action

La celebración de la última Conferencia de las Partes (COP25) sobre Cambio Climático al inicio de diciembre de 2019 en Madrid, recogiendo el testigo de Chile, ha colocado el cambio climático en el centro de la agenda social y política en España.


El calentamiento global y sus consecuencias han supuesto un descubrimiento para muchos de lo que es la acción internacional sobre cuestiones de interés y proyección global. Para otros agentes, la referencia a la emergencia climática ha significado un recuerdo. El evento se ha proyectado como plataforma para el debate político envuelto en la riqueza argumental que deriva de las múltiples aristas que rodean a esta temática.

Queremos compartir unas reflexiones sobre la importancia del cambio climático para el adecuado cultivo de la democracia. Para ello, partiremos de la noción de “crisol de la cultura democrática”, que tomamos prestada del concepto “crisol de culturas”. Este término se utiliza para “representar la forma en que sociedades heterogéneas se convierten en sociedades homogéneas”, es decir, para hablar de integración.

Uno de nosotros ha estado interesado por el cambio climático desde los primeros pronunciamientos del Panel Internacional sobre Cambio Climático (IPCC, de sus siglas del inglés), interés plasmado en varias contribuciones en foros diversos y distintas plataformas. El enlace a la entrada Emilio Muñoz, cambio climático en el buscador Google ofrece una muestra significativa de ello.

Particularmente importante para nuestro propósito es el último trabajo que ha publicado en marzo de 2019. En él se aborda desde la perspectiva del método científico, en línea con la misión de la AEAC, la complejidad del problema, su sentido y sus repercusiones, las contradicciones en que se mueve, la importancia de la ciencia que lo sustenta y las reacciones sociales que suscita.

Las dos visiones del fenómeno


Lo que se ha reflejado con nitidez durante las dos semanas de la COP es la existencia de dos macroculturas claramente antagónicas que dan forma a una controversia política, social y esencialmente ética de un notable calado.

  • Por un lado, están los científicos, los ecologistas, los agentes movidos por el doble motor de la visión ética weberiana: las convicciones y las responsabilidades.
  • Por otro lado, se encuentran quienes mantienen sus intereses y defienden el continuismo. Niegan incluso la existencia del fenómeno –la realidad que cualquier observador atento percibe– y recurren a argumentos poco ajustados a las pruebas científicas que revelan el aumento del nivel de CO₂, el calentamiento de la tierra y los océanos en periodos sorprendentemente cortos y la proliferación de fenómenos atmosféricos extremos.

Este último constituye un importante movimiento que ignora la ciencia, sus métodos y las éticas que la han modulado desde hace más de medio siglo.

Este grupo aprovecha, además, las tecnologías de la información y las comunicaciones ─uso abusivo de internet y las redes sociales─ para descalificar primero a los científicos implicados en la ciencia del clima y, más recientemente, a los activistas que defienden la salud del planeta y el futuro de los sapiens, de la humanidad.

Coincidimos con el brillante y controvertido economista francés Thomas Piketty, quien en los días de la COP25 declaró que “la desigualdad y el cambio climático son los dos problemas más acuciantes de nuestro tiempo”.

Este debate político de difícil clausura por su enorme contenido emocional es el reflejo de un combate entre populismos, porque este término tan de actualidad en los análisis políticos adolece de claridad y robustez en su definición.

Populismos climáticos


El Diccionario de la Lengua Española define el populismo como la “tendencia política que pretende atraerse a las clases populares”. Una definición bastante neutra, si la comparamos, por ejemplo, con la del Diccionario de Cambridge, más cercana al uso habitual que se le da actualmente: “Political ideas and activities that are intended to get the support of ordinary people by giving them what they want” (ideas y actividades políticas que están destinadas a obtener el apoyo de la gente corriente ofreciéndoles lo que quieren).

El término populismo, y el calificativo “populista”, suelen usarse –cada vez con más frecuencia y de manera más indiscriminada─ con una connotación peyorativa. Sobre todo, en aquellos ámbitos políticos con una más señalada diferenciación entre los espectros izquierda-derecha o pueblo-élite.

Como en la democracia, frente a la crisis climática no cabe el populismo o los populismos, sino el pluralismo. Debemos abordar las soluciones con una visión plural, atendiendo a las perspectivas globales y las necesidades de los distintos pueblos. Los pueblos (the peoples), y no el pueblo, en el sentido de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU.

¿Será serendipia o casualidad –o en definitiva, llamada a un ejercicio de coherencia interna─ que Estados Unidos, cuyo timón está en estos momentos en manos de un negacionista confeso del cambio climático, se rija por una constitución cuyo texto comienza diciendo “We the People” (Nosotros el pueblo)?

Soluciones, con reflexión y serenidad


Aunque los científicos vienen advirtiendo desde hace tiempo de las consecuencias para el planeta de la actividad humana, en estos albores del siglo XXI, pareciera que esas consecuencias se precipitan en avalancha. O al menos se perciben de forma más explícita.

Los ciudadanos nos encontramos de bruces con ellas de forma inusualmente rápida, de hoy para mañana. Un día cualquiera desayunamos con nuevas enfermedades o inusuales tasas de prevalencia de algunas de ellas como consecuencia de la contaminación atmosférica, incendios de dimensiones continentales, deforestación masiva o nuevas formas de contaminación como la de los microplásticos.

Ante esta aceleración de los efectos percibidos de la actividad humana, ante la emergencia, la respuesta es pensar y actuar con calma. Esto podría parecer una paradoja. “Pensadnos despacio y actuad con serenidad” ─sería la reclamación de las posibles soluciones─, “que tenemos prisa por ser implementadas”.

Somos conscientes de las dificultades que entraña la clausura de controversias en el campo de las ciencias humanas y sociales por su gran dependencia de la coyuntura, lo que les lleva a producir y diseminar conocimientos en bucle.

Apostamos por un cierre interrogativo. Para ello, parafraseamos a ese fenómeno mediático de la alta divulgación sociocientífica y técnica que es el historiador israelí Yuval Noah Harari. En su libro Sapiens: De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad (2015, Debate, pág. 454) nos plantea la pronta y posible manipulación de los deseos.

Harari apunta que la pregunta real a la que nos enfrentemos sea “¿qué queremos desear?”, en lugar de “¿en qué deseamos convertirnos?” Algo aterrador desde la razón de la ciencia.

Escribió Julio Llamazares: “Puesto a elegir entre la razón y la paz, prefiero la paz, aunque eso me suponga guardar silencio cada vez más”. Por identificados que estemos con esa frase, en cuestión de democracia y de emergencia climática, razón y paz van de la mano, y no cabe guardar silencio.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Los peligros de considerar a Greta Thunberg una profeta

Algunos enmarcan el activismo de Thunberg en términos mesiánicos, lo que podría alimentar el argumentario de los negacionistas del cambio climático.

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Surgió de la nada y desencadenó un movimiento global. Empezó con un pequeño pero persistente acto de protesta frente al parlamento sueco y ha logrado inspirar a millones de personas para que se unan a su lucha. En septiembre de 2019 pronunció un exaltado discurso en Naciones Unidas en el que advertía sobre el fin del mundo. Su pasión y su determinación incansable hacen que parezca un ser de otro mundo, o incluso que parezca rara, una anomalía que en general se ha atribuido al hecho de que tiene diagnosticado el síndrome de Asperger.

De ahí que no sorprenda que mucha gente, al igual que medios de comunicación como The Irish Times, The Telegraph o The Washington Times, hayan elevado a Greta Thunberg a la categoría de profeta.

La revista Time profundizó en esta idea cuando la eligió “Persona del año” e hizo una portada en la que aparecía una evocativa foto de Thunberg erguida sobre un litoral rocoso y mirando fijamente hacia el horizonte.

Como investigadora en el campo de la historia de la infancia, me molesta que se le atribuyan a Thunberg rasgos de profeta (o que incluso se la considere realmente como tal). En mi opinión, hay riesgo de que con ello se desvirtúe su mensaje. Además, esta circunstancia puede ser fácilmente explotada por aquellos negacionistas del cambio climático que buscan desacreditar su labor como activista.

¿Realmente es necesario un mesías climático?


Para algunos, Thunberg presenta paralelismos con Juana de Arco, la adolescente visionaria que en el siglo XV comandó al ejército francés en la batalla y fue posteriormente beatificada.

Para otros, Thunberg es un exponente de esa tradición judeocristiana de profetas que se atreven a decirle la verdad a los poderosos. Según un bloguero cristiano, ella supone “una voz profética necesaria para que nos sacudamos de encima nuestra autocomplacencia”.

Aun así, presentar a Thunberg como una profeta es algo profundamente equivocado. Tradicionalmente se ha considerado que los profetas son mensajeros encargados de transmitir la palabra de la divinidad. Expresan revelaciones divinas que, o bien eran desconocidas, o bien habían sido malinterpretadas. Ezequiel predijo la destrucción y reconstrucción de Jerusalén; a Moisés le fueron entregados los Diez Mandamientos; a Mahoma le fue revelado el Corán. En otras palabras: los profetas ven verdades para las que otros son ciegos. Nos transmiten mensajes que en ocasiones desafían los límites de la comprensión humana.

Pero Thunberg, por su parte, se limita a decirnos lo que ya sabemos. Dentro de la comunidad científica hay un abrumador consenso (desde hace décadas) acerca de que el ser humano está provocando el calentamiento global.

El hecho de considerarla una profeta ha abierto la veda a todo tipo de teorías mesiánicas, algo que recientemente adquirió tintes estrafalarios cuando apareció una fotografía de 120 años de antigüedad en la que salía una niña muy parecida a Thunberg. Ahora hay teorías de la conspiración que la consideran “una viajera del tiempo enviada para salvarnos”.

Este tipo de descripciones dan munición a sus enemigos, que rechazan de plano lo que denominan “activismo apocalíptico” de la joven sueca. Para ellos, Thunberg es una falsa profeta y consideran a las personas que se han inspirado en ella acólitos a los que les han lavado el cerebro. Después de todo, David Koresh, el líder de los davidianos que murió en 1993 junto a sus seguidores en la localidad texana de Waco, también se consideraba un profeta; y lo mismo ocurría con Jim Jones, fundador de la secta Templo del Pueblo y responsable de organizar la masacre de Jonestown de 1978.

Hay que decir en favor de Thunberg que ella rechaza la idea de que se la vea como una gurú.

“No quiero que me escuchéis a mí”, afirmó en septiembre en el Congreso de Estados Unidos. “Quiero que escuchéis a los científicos”.

La niñez ya es bastante carga


Yo diría que, con respecto a Thunberg, lo mejor es considerarla simplemente como una niña.

Con esto no la estoy menospreciando. Al contrario. En los últimos años, los jóvenes han ofrecido numerosas muestras de su capacidad para tener ideas propias, desarrollar un pensamiento visionario y ejercer el liderazgo. Melati e Isabel Wijsen tenían 10 y 12 años cuando comenzaron su exitosa campaña para prohibir los objetos de plástico de un solo uso en su Bali natal. Malala Yousafzai tenía 11 cuando empezó a pronunciarse contra los talibanes en defensa del derecho de las niñas a recibir una educación. La lista es más larga: Jazz Jennings, Xiuhtezcatl Martínez, los activistas del instituto Parkland… Como Thunberg, desafiaron las convenciones culturales que ven a los niños como seres dependientes y sin ningún poder ni capacidad.

Thunberg comenzó su discurso de septiembre de 2019 en la ONU con unas palabras memorables:

“Todo esto está mal. Yo no debería estar aquí. Yo debería estar en el colegio al otro lado del océano”.

Como bien indicó Thunberg, el hecho de que una niña tenga que regañar a sus mayores por su actuación en un tema que supone una amenaza para toda la humanidad es un ejemplo revelador de que el sistema político funciona terriblemente mal.

Y lo que es más importante: el hecho de poner el foco en la juventud de Thunberg subraya un principio central de su mensaje, la justicia. Como bien podría decirle cualquier padre, los niños tienden a ver el mundo en términos morales absolutos: bien o mal, correcto o incorrecto, justo o injusto, etc. De hecho, investigaciones recientes han demostrado que el sentido de la justicia es algo profundamente arraigado en los niños, ya que lo manifiestan a una edad tan temprana como el año de vida.

Esta idea de justicia está presente en muchos aspectos del mensaje de Thunberg, desde su énfasis en que el cambio climático afectará a los pobres y excluidos a sus reflexiones acerca de lo injusto que resulta que los jóvenes de hoy tengan que solucionar una catástrofe provocada por la inacción política de muchas generaciones.

Su famosa acusación (“¡¿Cómo os atrevéis?!”) no es el grito colérico de una niña malcriada. Es la declaración resuelta de una niña que aún no ha desarrollado esa flexibilidad moral que, en los adultos, funciona muy a menudo como refugio para justificar la inacción.

Thunberg ni está revelando los misterios de nuestra era ni es una viajera del tiempo enviada para frenar el cambio climático. Se trata, más bien, de una niña que está advirtiendo contra el egoísmo y suplicando justicia.

Y eso no es profético. Es solo sentido común.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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