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Del Orgullo Gay al reconocimiento de las diferencias

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Los derechos humanos están hechos de una materia tan vulnerable, y que no es otra que la que deriva de nuestra dignidad compartida, que siempre han de merecer una singular atención. Aunque se hayan traducido en conquistas jurídicas, su estatus siempre pende de un hilo. De ahí que la lucha sea un ingrediente esencial del mismo concepto de derechos humanos, y no solo por lo que ha habido que pelear para que sean garantizados, sino también porque su realización efectiva requiere de un compromiso cotidiano y de una acción política, o sea, colectiva, destinada a hacerlos posibles.

Es decir, los derechos humanos, como decía Joaquín Herrera, son “procesos de lucha por la dignidad”. Una definición que se hace evidente si repasamos cuánto ha costado en nuestro país que el ordenamiento jurídico, y no digamos la sociedad, defina como derechos las sexualidades e identidades individuales.

Avances legislativos


Como todo ejercicio de democracia acaba siendo necesariamente un ejercicio de memoria, no estaría de más recordar, y convertir ese recuerdo en base de lo que los derechos nos reclaman, cómo en nuestro país hemos pasado en apenas 40 años de la sanción de las opciones no heteronormativas a la inclusión de la orientación sexual y las identidades de género entre los motivos que pueden dar lugar a los que se denominan delitos de odio y discriminación.

Todo ello en un contexto social en el que se partía de una cultura marcada por la religión católica, para la que la homosexualidad es un pecado, y por un discurso científico que durante siglos mantuvo que era una enfermedad. No deberíamos olvidar que cuando se debatió en las Cortes el proyecto de ley que introduciría el matrimonio igualitario hubo algún experto que seguía defendiendo dicha postura. La que todavía hoy, en pleno siglo XXI, mantienen quienes aplican terapias para revertir lo que se considera torcido, a pesar de que en 1990 la OMS dejó claro que no ser heterosexual no es una enfermedad.

En este sentido, y ante las noticias que recientemente nos alertaban de estas prácticas en nuestro país, cabe señalar que solo Madrid, Andalucía, Valencia y Aragón prevén en su legislación la sanción de dichas terapias.

En la lucha por la garantía efectiva del derecho al libre desarrollo de la afectividad y la sexualidad han jugado un papel clave los distintos colectivos y asociaciones que, en diferentes oleadas, han ido provocando no solo cambios jurídicos sino sobre todo sociales. Tras conseguir, en los primeros años de democracia, que la homosexualidad saliera del Código Penal, buena parte de los esfuerzos vindicativos se centraron en la necesidad de que el ordenamiento reconociera modelos de convivencia no basados en la heterosexualidad.

Manifestación Estatal Orgullo LGTBIQ+ 2012. FELGTB / Flickr, CC BY-SA

Fue en el marco de este debate en el que cobraría una singular fuerza simbólica, más allá de lo que supuso en cuanto avance en igualdad de derechos, la aprobación del matrimonio igualitario en 2005. Una conquista que fue trabajosa y polémica, frente a la que se situaron las fuerzas más conservadoras del país y que dio lugar incluso a un recurso que fue resuelto por el Tribunal Constitucional en una sentencia de 2012.

Fue también en la histórica VIII legislatura cuando se dio un primer paso en la garantía de los derechos de las personas trans: en 2007 se aprobó la Ley que regula la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las personas.

A todo ello habría que sumar la implicación progresiva que en esta materia han tenido varias Comunidades Autónomas. En concreto, un total de 12 han aprobado leyes específicas sobre estos derechos, los cuales incluso han encontrado plasmación a nivel estatuario. Recordemos, por ejemplo, cómo el artículo 35 del Estatuto andaluz reconoce que “Toda persona tiene derecho a que se respete su orientación sexual y su identidad de género”.

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La precaria diversidad


En paralelo, la sociedad española ha experimentado una evolución significativa en cuanto a la visibilidad y el respeto de opciones que, aun teniendo que ver con la dimensión más íntima del individuo, acaban teniendo una proyección pública. Porque cuando hablamos de la diversidad sexual y las identidades de género no solo lo hacemos de una cuestión que afecta a la vida privada, sino que incidimos en una cuestión de ciudadanía, es decir, en el estatuto jurídico y político que nos permite desarrollar plenamente nuestra personalidad.

De ahí que, junto a los efectos que expresamente las leyes mencionadas han tenido en la protección de derechos individuales, no es menos importante la dimensión simbólica y transformadora que han tenido y tienen no solo los textos legales sino también los gestos, las actitudes y los compromisos de las instituciones y los poderes públicos.

En esta línea, el papel jugado por la Unión Europea ha sido clave a la hora de incorporar esta dimensión vital en el conjunto de los derechos fundamentales, una previsión que debería incluirse de manera expresa en una deseable reforma de la Constitución española.

Todo lo anterior no quiere decir que vivamos en un paraíso. Ahí están los datos que para desmentirlo cada año nos ofrece el Ministerio del Interior sobre delitos de odio y discriminación, entre los cuales siguen jugando un papel relevante las opciones sexuales. Por no hablar de las dificultades que muchos chicos y chicas jóvenes tienen todavía para vivir su sexualidad en el entorno escolar, o de la discriminación interseccional que sufren las mujeres lesbianas, o de cómo incluso en determinados discursos políticos se incorporan en los últimos meses idearios que pretenden anular lo que hemos tardado siglos en alcanzar.

Manifestación estatal del #OrgulloLGTB en Madrid 2015 bajo el lema «Leyes por la igualdad real ¡YA!» XEGA / Flickr, CC BY-SA

Todo ello en un momento en que el mismo movimiento LGTBIQ+ parece haber perdido nervio político y en el que corremos el riesgo de convertir lo “gay” en una etiqueta que el mercado y los partidos usan en su beneficio. Al mismo tiempo, es urgente trabajar el mismo concepto de diversidad dentro de un colectivo que con frecuencia parece dominado y solo representado por el sujeto dominante. De ahí también las más que necesarias alianzas y diálogos con el movimiento feminista.

Retos futuros


Como retos más inmediatos, hace falta una ley estatal que sirva de garantía común de una serie de derechos que, de momento, sólo se garantizan, y con las limitaciones propias de su ámbito competencial, por algunas Comunidades Autónomas. Un tratamiento específico requiere la protección de la transexualidad, anclada todavía en un modelo patologizador y que refuerza el binarismo de género.

Hay que seguir insistiendo en programas que incorporen esta materia como parte de la educación para la ciudadanía, que la hagan obligatoria en la formación de los y las profesionales de todos los ámbitos, y que tenga en cuenta que la diversidad sexual y de género se entrecruza con otros factores, de tal manera que no cabe dar respuestas únicas a realidades que no son equivalentes.

Pensemos, por ejemplo, en cómo sigue habiendo una enorme distancia entre las ciudades y el ámbito rural, o en cómo muchas personas buscan refugio en nuestro país huyendo de lugares donde son perseguidas por sus deseos, o en cómo la desigualdad de recursos o la edad multiplican los obstáculos, o en cómo también en esta dimensión existen jerarquías de género.

Todo ello sin olvidar que hemos de ubicar la lucha en un contexto global en el que lamentablemente no todos los seres humanos disfrutan del mismo estatuto de ciudadanía. Una lucha que, en definitiva, tendría que sumar energías para combatir la homofobia y una cultura en la que todavía cuesta aceptar que la igualdad no es sino el reconocimiento de nuestras diferencias.

The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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La pandemia de las noticias falsas y su detección: al límite de lo imposible

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La falsificación intencionada de productos y la elaboración de contenidos fraudulentos no es nueva, pero su distribución masiva en las redes y medios de comunicación está alcanzando la categoría de pandemia. Como respuesta, se multiplican los esfuerzos para limitar el impacto de las denominadas fake news, pero la batalla contra la proliferación de fake pictures (imágenes falsas) es mucho más compleja, y sus efectos culturales son también mucho más devastadores.


Los sistemas de detección del fraude aplicados a textos obtienen resultados bastante precisos. Por ejemplo, Ithenticate, en el ámbito académico, está integrado en los procesos de evaluación de manuscritos de la mayoría de las publicaciones científicas. Sin embargo, la detección de imágenes falsas resulta mucho mas compleja y requiere de precisos métodos de análisis forense combinados con avanzadas herramientas de software.

A día de hoy, estas no se pueden automatizar con tanta facilidad como ocurre con el análisis textual.

Existen sistemas de reconocimiento de imágenes que utilizan la inteligencia artificial para determinar de qué tipo de imagen se trata y etiquetarla, realizar búsquedas y recuperar imágenes similares, como las desarrolladas por Google. Pero cuando las imágenes son falsificaciones que van más allá de su simple copia o de una manipulación rudimentaria, resulta muy complejo despejar las dudas sobre su originalidad. Entonces se vuelve imprescindible llevar a cabo un análisis forense detallado que certifique si ha sido manipulada.

La metodología de elaboración de un informe pericial sobre la imagen digital está regulada para garantizar su validez jurídica, pero resulta muy difícil detener su proliferación y sus devastadores efectos culturales. Se están produciendo algunos rápidos avances en la investigación, pero todavía son incipientes dada la complejidad propia de la imagen.

En los límites de lo imposible


Toda imagen es siempre una selección de eso que llamamos realidad, por muy preciso que sea el sistema que utilicemos. Su fidelidad depende de la honestidad de quien ha elaborado la imagen. El problema es que hoy casi cualquiera puede falsificar y distribuir masivamente una imagen, y no digamos las agencias gubernamentales, empresas y especialistas con sobrados recursos.

El análisis forense de imágenes puede aplicarse para determinar con precisión las condiciones en las que se registró. Por ejemplo, para evaluar la coherencia espacial de la luz e identificar la cámara con que se tomó, analizando los artefactos característicos que cada equipo produce en el proceso de captura.

También en el proceso de registro de la imagen se incluyen algunos datos de la captura que acompañan al propio archivo, los denominados metadatos, pero no solo no están disponibles en la mayoría de las imágenes en circulación, si no que además son fácilmente manipulabes por un falsificador profesional que lo primero que hace es actuar sobre ellos, por lo que muchas veces pueden ser poco fiables.

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La mayoría de las falsificaciones que circulan masivamente son manipulaciones, más o menos sofisticadas, sobre el archivo de la imagen. Muchas veces hacen uso de herramientas que están al alcance de cualquiera, como Photoshop. Algunas pueden ser fáciles de detectar, pero cuando se falsifica con profesionalidad y software diseñado específicamente para eliminar todo rastro de manipulación resulta mucho mas complicado.

Pensemos en la complejidad y la potencia actual de la tecnología y las técnicas de IA para elaborar, por ejemplo, las denominadas deepfakes, en las que lo que se manipula son vídeos. Se están desarrollando herramientas para intentar detectar también este tipo de falsificaciones, como por ejemplo TruePic. Pero aunque se están redoblando los esfuerzos en este sentido tanto en Europa como en América, en la lucha tecnológica contra el fraude las técnicas de análisis forense casi siempre van un paso atrás.

Imagen falsa de un tiburón nadando por una calle inundada tras un huracán.

Por activa y por pasiva


En el análisis forense de imágenes digitales se utilizan dos procedimientos básicos de detección de falsificaciones: los activos y los pasivos.

Los métodos activos hacen referencia a las estrategias de autenticación de archivos digitales para su identificación. Esto se consigue, por ejemplo, insertando marcas de agua entre los datos de imagen o utilizando sistemas de firma digital como las cadenas de HASH. Pero la mayor parte de las imágenes en circulación, sean falsas o no, no van acompañadas de ningún dato de identificación, y solo es posible detectar a simple vista si son falsas entre el 30-40 %.

Existe un segundo grupo de métodos de análisis, los denominados pasivos, que utilizan algoritmos específicos y técnicas estadísticas para analizar la coherencia de la estructura de datos del archivo de imagen y determinar si se ha retocado el brillo, contraste y color (el retoque es admisible, pero solo hasta cierto punto). O si se han movido, clonado o transformado algunos elementos. Para ello se están desarrollando algoritmos específicos que son cada vez más efectivos.

Estamos en una carrera en la que se está siempre al límite de la vanguardia tecnológica y, mientras tanto, la pandemia de imágenes falsas se sigue extendiendo a una velocidad imparable. En esta enloquecida lucha sin fin, por ahora gana la falsificación, seguida muy de cerca por las técnicas de detección desarrolladas por los analistas expertos en imagen. Pero hay que correr, y mucho, y al límite de lo imposible.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Leonard Cohen, el monje que amaba a las mujeres

El 21 de septiembre de 1934 nacía Leonard Cohen y este 2019 hubiese cumplido 85 años. Analizar su obra es darse cuenta de cómo intentó aunar la espiritualidad y la sensualidad como dos conceptos complementarios.

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En palabras de Gideon Zelermyer, cantor de la sinagoga de Wesmount (Montreal), la tumba de Leonard Cohen (1934-2016) siempre tiene huellas que conducen hasta ella, sin importar cuan alta sea la nieve. No solo resulta evidente que su memoria y legado siguen vivos, sino que su obra como músico, poeta y novelista recibe cada vez mayor atención, tanto en forma de estudios y análisis académicos como de escritos de carácter divulgativo.

Religión y feminidad


Además de los dedicados a su creación musical y literaria, gran parte de estos análisis se centra en uno de los aspectos más señalados de Cohen: la búsqueda espiritual que llevó a cabo a lo largo de toda su vida y que ha sido definida a menudo como su faceta de “monje” (“monk”).

Sin renunciar jamás a las raíces culturales del judaísmo heredadas de su familia, exploró numerosas vías de crecimiento personal, siendo la más señalada el budismo zen, disciplina en la que llegó incluso a ser ordenado monje tras cinco años de retiro en el monasterio Mount Baldy (California). Hacia las últimas décadas de su vida, y como forma de completar su aprendizaje, se interesó también por algunas ramas del hinduismo, viajando asiduamente a Bombay (India).

Leonard Cohen, 2008. Rama / Wikimedia Commons, CC BY-SA

Otro aspecto que aparece con mucha frecuencia en escritos sobre Cohen es su visión sobre la feminidad y la forma en la que ésta, tanto en abstracto como en lo que se refiere a sus relaciones personales, está claramente presente en su obra. En inglés, para definir esta faceta se utiliza el término ladies’ man. En español esta expresión se tiende a traducir como “mujeriego” (que correspondería a womanizer), pero dicha traducción tiene un carácter mucho más superficial e incluso despectivo que el sentido original.

Hay que tener en cuenta que el enfoque de Cohen acerca de sus relaciones le exigía una profunda comprensión de la condición humana y no encaja en el estereotipo de una celebridad rodeado de admiradoras.

Dos facetas compatibles


Más allá del hecho de que no obtuviese fama como músico folk hasta pasados los 30 años (su primer álbum de estudio, Songs of Leonard Cohen, es de 1967, cuando contaba con 33), su particular visión del mundo ya había quedado plasmada desde sus primeras obras poéticas, demostrando ser un ferviente adorador de la virtud que encarna la belleza femenina.

De igual modo, y aunque no deje de ser hijo de su tiempo, tampoco es del todo exacto aproximarse a la figura de Leonard Cohen interpretando sus experiencias vitales como si fuesen un mero fruto del fenómeno contracultural de los 60.

Las dos facetas mencionadas se tienden a considerar como contrapuestas y que generan cierto conflicto: “the Monk vs. the Ladies’ Man”. Sin embargo, en realidad no son incompatibles, pues Cohen era capaz de proyectar sus inquietudes espirituales sobre su relación con las mujeres. Esto se debe principalmente a su constante interés por la reconciliación de aspectos aparentemente contrarios, como la religiosidad frente a la sensualidad.

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En su obra, temas como el amor y el deseo fueron un asunto tan elevado como cualquier fe religiosa. Todo su trabajo está impregnado de esta premisa, pero algunos ejemplos concretos se pueden hallar en poemas como “No tienes que amarme”, de Selected Poems (1956-1968), “El colapso del zen” de El libro del anhelo (Book of Longing, 2006) o en canciones como “Joan of Arc” (Songs of Love and Hate, 1971) y “Dance Me to the End of Love” (Various Positions, 1984).

La base de esta consideración residía en su convicción de que durante los encuentros intensos entre amantes no era posible distinguir entre lo espiritual y lo profano, pues percibiendo el orgasmo como un momento de éxtasis “ya no existía separación entre el alma y la carne ni conflicto alguno”.

Símbolo del Corazón Unificado


Portada de Book of Mercy.

En su empeño por ahondar en la convergencia de este tipo de polos opuestos llegó incluso a idear un emblema que la simbolizase: el Corazón Unificado (“Unified Heart”). Este símbolo fue diseñado por el propio autor y empleado por primera vez para ilustrar la cubierta de su séptimo poemario, El libro de la misericordia (Book of Mercy, 1984).

Su representación es la de un hexagrama (muy vinculado a la Estrella de David judía), al que se le sustituyen los clásicos triángulos por dos corazones ensamblados. El Corazón Unificado, como el propio Cohen explicaría, corresponde a “una versión del yin y el yang, o cualquiera de los símbolos que incorporan las polaridades y tratan de reconciliar las diferencias.”

La importancia que este símbolo adquirió en su obra no solo expone la relevancia que concedía a la convergencia de los contrarios, si no también a la coexistencia y fusión de sus dos vertientes principales (la de “Monk” y la de “Ladies’ Man”), convirtiéndole en alguien capaz de contemplar lo profano bajo la luz de lo sagrado.

Para concluir, cabe señalar que la imagen del Corazón Unificado no solo llegó a ser una especie de sello o firma personal del artista que aparecería tanto de forma plástica como conceptual en todo su trabajo posterior a 1984, sino que además es el único elemento visual que fue grabado en la lápida de su tumba. Esa que siempre tiene huellas que conducen hasta ella, sin importar cuan alta sea la nieve.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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¿Cuál es la manera apropiada de informar sobre un fascista?

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¿Cómo se debe cubrir el auge de un líder político que va dejando un reguero documental que da cuenta de su anticonstitucionalismo, racismo y enaltecimiento de la violencia? ¿La prensa debe destacar el hecho de que el individuo en cuestión actúa en los márgenes de las normas sociales establecidas o debe, por el contrario, resignarse a transmitir que quien gana unas elecciones es “normal” por definición porque su liderazgo refleja la voluntad del pueblo?


Estas fueron las cuestiones a las que la prensa estadounidense tuvo que hacer frente tras el ascenso de los líderes fascistas en Italia y Alemania durante los años veinte y treinta del siglo pasado.

Líder vitalicio

Benito Mussolini conquistó el poder en 1922, al culminar la marcha sobre Roma secundado por 30.000 camisas negras, y tres años después se declaró líder vitalicio. Aunque estas acciones no casaban con los valores estadounidenses, Mussolini gozaba del trato favorable de los medios norteamericanos, que le dedicaron al menos 150 artículos entre 1925 y 1932, la mayoría de ellos en un tono amable, neutral o pretendidamente difuso.

Benito Mussolini se dirige a la multitud durante la ceremonia de inauguración de la ciudad de Sabaudia el 24 de septiembre de 1934. AP Photo

El Saturday Evening Post incluso se atrevió a publicar por fascículos la autobiografía del Duce en 1928. Varios medios, desde el New York Tribune hasta el Chicago Tribune, pasando por el Plain Dealer de Cleveland, reconocían que el nuevo “movimiento Fascisti” empleaba unos “métodos algo duros” al tiempo que elogiaban la salvación de Italia frente a la extrema izquierda y valoraban la revitalización de su economía. Desde la perspectiva de estos medios, el anticapitalismo que surgiría tras la Segunda Guerra Mundial en Europa sería una amenaza mayor que el fascismo.

Curiosamente, mientras la prensa consideraba al fascismo un novedoso “experimento”, cabeceras como The New York Times solían asegurar que el movimiento había devuelto a lo que llamaban la “normalidad” a un país turbulento como Italia.

Por el contrario, periodistas como Hemingway y medios como el New Yorker rechazaron de plano la normalización de una figura antidemocrática como la de Mussolini. Y John Gunther, de Harper’s Magazine, le dedicó un afiladísimo perfil sobre su manipulación de una prensa estadounidense que no era capaz de resistirse a los encantos del dictador.

El “Mussolini alemán”

El éxito de Mussolini en Italia legitimó a los ojos de la prensa estadounidense el ascenso al poder de Hitler, al cual apodaron entre finales de los años veinte y principios de los treinta el “Mussolini alemán”. Dada la positiva acogida al italiano por parte de los medios, Hitler comenzó su andadura desde un punto de partida favorable a sus propósitos. Además, gozaba de la ventaja que le otorgaba el impresionante salto del Partido Nazi en las urnas desde finales de los veinte, cuando era una opción marginal para los teutones, a 1932, año en que ganó holgadamente las elecciones federales.

Sin embargo, parte de la prensa menospreciaba a Hitler al considerarlo poco más que un bufón. Era un “histérico extravagante” de “beligerante discurso” cuya apariencia, según Newsweek, era “caricaturesca” y “recuerda a Charlie Chaplin”. Cosmopolitan, por su parte, afirmaba que era “tan locuaz como inseguro”.

Cuando el partido de Hitler vio incrementada su influencia en el Parlamento, e incluso después de haber sido investido canciller en 1933 (alrededor de un año y medio antes de hacerse con el poder de manera dictatorial), numerosos grupos mediáticos estadounidenses vaticinaron que sería desplazado por políticos más tradicionales o que tendría que moderar su discurso. Tenía un séquito de adeptos, sí, pero estaba formado por “votantes fácilmente impresionables” embaucados por “doctrinas radicales y remedios vacuos”, sostenía el Washington Post.

Ahora que Hitler tenía que trabajar con un gobierno, el New York Times y el Christian Science Monitor pronosticaban que los políticos “serios” acabarían con el movimiento nazi. Ya no le bastaría con tener un “agudo sentido del instinto dramático”. A la hora de gobernar, su falta de “sensatez” y su reducida “profundidad de pensamiento” lo dejarían expuesto.

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De hecho, el New York Times escribió que la llegada de Hitler a la cancillería solo serviría para “dar cuenta al pueblo alemán de su propia futilidad”. La prensa se preguntaba entonces si Hitler no se arrepentiría de no haber pujado en la carrera por el Gabinete, donde seguramente habría asumido un número de responsabilidades mayor.

Si bien la prensa norteamericana tendía a condenar el documentado antisemitismo de Hitler a principios de los años treinta, se produjeron excepciones notables. Algunos periódicos no dieron importancia a episodios de violencia contra ciudadanos judíos alemanes, de los que aseguraron que se trataba de propaganda como la que proliferó durante la Primera Guerra Mundial. Numerosos diarios y periodistas, incluso aquellos que condenaban la violencia de manera categórica, repitieron una y otra vez, en un esfuerzo por alcanzar la normalidad, que las agresiones eran cosa del pasado.

Los periodistas eran conscientes de que no podían criticarlo con vehemencia si querían seguir teniendo acceso al régimen nazi. Tanto era así que un locutor de la CBS no informó sobre la paliza que sufrió su propio hijo a manos de unos camisas pardas por no haber saludado al Führer. Cuando Edgar Mowrer, corresponsal del Chicago Daily News, escribió en 1933 que Alemania se estaba convirtiendo en “un manicomio”, las autoridades germanas conminaron al Departamento de Estado de los Estados Unidos a llamar a capítulo a sus reporteros. Allen Dulles, quien posteriormente llegaría a ser director de la CIA, trasladó a Mowrer que “estaba tomándose la situación alemana demasiado en serio”. Así las cosas, el editor de Mowrer le buscó un destino fuera de Alemania, ya que temía por su vida.

Hacia finales de la década de los treinta la mayoría de los periodistas estadounidenses se habían dado cuenta del error que habían cometido al subestimar a Hitler o al no ser capaces de visualizar la gravedad de los actos que podía llevar a cabo. No obstante, se produjeron algunas vergonzosas excepciones, como la oda al régimen que compuso Douglas Chandler para el reportaje Changing Berlin de la revista National Geographic en 1937. Por su parte, Dorothy Thompson, que había calificado a Hitler en 1928 como un hombre de una “insignificancia asombrosa”, se percató de su desacierto hacia la mitad de la década siguiente, momento en que, al igual que Mowrer, comenzó a dar la voz de alarma.

“Nadie puede reconocer a un dictador antes de que él mismo se quite la careta”, argumentó en 1935. “No se presenta a las elecciones con la vitola de dictador, sino que pretende representarse a sí mismo como el instrumento de la voluntad nacional”, añadió. Trasladando la lección a Estados Unidos, escribió: “Si tuviéramos un dictador, sin duda aparentaría ser uno de los nuestros y tendría por propósito defender a capa y espada los valores americanos tradicionales”.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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