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El nuevo orden mundial se juega en Internet

Quién controla, supervisa o es dueña de Internet, es una duda que muy pocos se la realizan, pero la verdad es que la gran mayoría de la infraestructura de Internet está bajo el poder de empresas privadas sobre públicas.

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Internet, como máximo exponente de los avances en la globalización económica y política, ha desarrollado un modelo de gobierno particular. El modelo ha resultado capaz de lidiar con los conflictos que inevitablemente surgen ante una tecnología tan disruptiva y de mantener su naturaleza global.

Aunque Internet es a menudo percibida como un bien público mundial, sus recursos críticos –la infraestructura que hace que Internet funcione como una sola red– están en manos de organizaciones principalmente privadas, que conviven con otros actores del ecosistema, incluidos los gobiernos.

Comencemos por recordar qué es lo que hace que Internet se mantenga funcionando como una red técnicamente única.

Internet se concibe como una red diseñada para permitir la interconexión de diferentes equipos, con el único requisito de utilizar como protocolo de comunicación el Internet Protocol (IP) y tener asignada una dirección IP, que sirve como identificador único para la máquina. Para que una red funcione correctamente y los paquetes de información sepan a dónde deben dirigirse, las direcciones IP tienen que ser necesariamente únicas y, consecuentemente, deben ser gestionadas de manera centralizada.

Así, cuando queremos acceder o enviar un contenido a través de Internet, debemos conocer la dirección IP del destinatario. En realidad, las direcciones IP se traducen, por ejemplo, a direcciones web –como telos.fundaciontelefonica.com–, más fáciles de recordar para los humanos. Para que no haya conflictos, esta conversión también debe hacerse de manera coordinada a nivel mundial.

En los albores de Internet, la labor de coordinar el uso de las direcciones IP era realizada por un estudiante de la Universidad de California, Jon Postel, que registraba y anotaba manualmente cada nueva máquina que se conectaba a la red. A medida que internet fue adquiriendo mayores dimensiones, se hizo imprescindible la creación de un sistema de gestión más escalable y global. En 1998, se constituyó la Internet Corporation for Assigned Names and Numbers (ICANN), una entidad privada sin ánimo de lucro, que aún en la actualidad continúa realizando las tareas de coordinación de la asignación y adjudicación de identificadores que deben ser únicos, como las direcciones IP y los nombres de dominio –las direcciones web–.

Quién controla Internet


La pregunta de quién controla Internet no tiene una respuesta inmediata. Internet ha desarrollado un ecosistema y una estructura de gobernanza muy complejos.

Los gobiernos y los parlamentos tienen, por supuesto, un papel muy importante en lo que podríamos denominar la gobernanza socioeconómica de Internet, en el ejercicio de sus competencias para elaborar normas y regular el funcionamiento de los agentes económicos, y a través de su participación en organismos multilaterales como Naciones Unidas (ONU). Sin embargo, la gobernanza técnica de Internet –la que controla los recursos críticos y mantiene la coordinación de direcciones IP y nombres de dominio a nivel mundial– se ha desarrollado con cierta independencia de los gobiernos, o al menos de la mayoría de los gobiernos.

Desde sus inicios, ICANN fue plenamente consciente de que su misión fundamental era eminentemente técnica, pero que su papel trascendía estas cuestiones y tenía implicaciones políticas, y que, a medida que Internet expandía su alcance geográfico, debería esforzarse en involucrar en sus procesos a participantes de todas las partes del mundo.

Por ello, ICANN utiliza una estructura organizativa conocida como multistakeholder o de múltiples partes interesadas en la que la sociedad civil, la comunidad técnica, los gobiernos y el sector privado son tratados en pie de igualdad. El modelo multistakeholder ha resultado exitoso, en tanto en cuanto ha conseguido mantener una red abierta y segura funcionando a nivel global.

Por otro lado, la gobernanza socioeconómica de Internet se encuentra tremendamente fragmentada y lejos de encontrar una solución para abordar los desafíos a los que se enfrenta. Sí ha consolidado un mecanismo asesor muy relevante a través de instituciones como el Foro de Gobernanza de Internet (IGF por sus siglas en inglés, Internet Governance Forum), que sirve de dinamizador de los debates. Sin embargo, el establecimiento de mecanismos sólidos de cooperación transnacional para cuestiones de privacidad, seguridad, derechos humanos o economía digital, es aún limitado.

ICANN y el Gobierno de Estados Unidos


Que internet surge en Estados Unidos seguramente sea conocido por muchos lectores. Podríamos decir que la NSFNet, una red que creó la National Science Foundation para conectar universidades y centros de investigación, es la internet primigenia.

Con la creación de la World Wide Web, una tecnología que se construye sobre Internet y facilita el acceso a la información al ciudadano medio a través de direcciones y enlaces por los que se puede navegar, la internet comercial experimenta un crecimiento acelerado a partir de 1995. Ante esta situación, el Gobierno de Estados Unidos privatizó la NSFNet y delegó la gestión de los identificadores únicos de internet en 1998 a ICANN, organismo fundado a tal efecto.

Sin embargo, el Gobierno de EEUU se reservó una función supervisora a través de un contrato entre ICANN y el Departamento de Comercio (DoC). En este contrato, ICANN se comprometía a continuar siendo una corporación sin ánimo de lucro, con sede en Estados Unidos, transparente, responsable y multistakeholder.

El resto de Gobiernos han participado históricamente en ICANN como un grupo de interés más dentro de la comunidad internacional, representados en el GAC (Governmental Advisory Group). El GAC desempeña una labor muy importante asesorando a la junta directiva en cuestiones en las que se intersectan las actividades y políticas de ICANN y las leyes nacionales o los tratados internacionales.

A pesar de que la función del Gobierno de Estados Unidos ha sido puramente supervisora y nunca ha emprendido acciones sobre el control de los recursos críticos de internet, el vestigial poder de supervisión de Estados Unidos resultaba incómodo para muchos otros gobiernos.

En 2014 el Gobierno de Estados Unidos anunció su intención de renunciar a su contrato con ICANN siempre y cuando se encontrara un mecanismo que sirviera de reemplazo y se mejorara el sistema de rendición de cuentas. Entre las exigencias de Estados Unidos, el mecanismo de reemplazo debía mantener la naturaleza abierta de internet y el modelo multistakeholder. Dicho de otra forma, la solución no podía consistir en sustituir al Gobierno de Estados Unidos por un conjunto de gobiernos.

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La solución adoptada ha consistido en la creación de una nueva entidad legal filial de ICANN que gestiona los recursos críticos a nivel mundial. La nueva fórmula ha encontrado un gran apoyo tanto del sector privado como de las asociaciones representantes de la sociedad civil, además obviamente de haber tenido el aval del Gobierno de Estados Unidos, que valoró que la posibilidad de que un gobierno o grupo de gobiernos tomaran el control de ICANN en las nuevas circunstancias era extremadamente remota.

El Foro de Gobernanza


Que se haya creado exitosamente una organización internacional privada sin ánimo de lucro e independiente de los gobiernos para la gestión de los recursos críticos de internet, no quiere decir que los gobiernos hayan quedado al margen de internet. De hecho, Internet ha puesto patas arriba el sistema de organización política establecido hace casi 400 años en torno al concepto de soberanía nacional.

Ya en 2003 el inicio de la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información (World Summit on the Information Societ, WSIS) canalizaba las preocupaciones de los gobiernos de todo el mundo por los interrogantes que surgían en torno a la gobernanza de una red cada vez más global. Esta cumbre fue auspiciada por Naciones Unidas en dos fases, en 2003 y 2005, celebradas respectivamente en Ginebra y Túnez.

La WSIS culminó con la conocida Agenda de Túnez y el acuerdo para celebrar todos los años, al amparo de Naciones Unidas, un foro de gobernanza de Internet, el IGF, que reuniera a los distintos grupos de interés y que sirviera como espacio abierto y descentralizado para el debate sobre políticas que favorecieran la sostenibilidad y solidez de Internet. El mandato inicial encomendado a la ONU fue de 10 años, que se renovó en 2015 durante otros diez años.

El IGF ha sido una buena plataforma de debate sobre los no pocos desafíos que ha generado internet, en cuestiones como la protección de los menores, la propiedad intelectual, la privacidad, la seguridad, la brecha digital, etcétera. Sin embargo, existe una creciente visión dentro de la comunidad global multistakeholder que cree que es el momento de buscar mecanismos para generar resultados más tangibles.

El propio secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, decía en la última edición del IGF en París que los “debates sobre gobernanza de Internet no pueden quedarse solo en debates”. Y es que durante los últimos años se han sucedido una serie de acontecimientos que han hecho sumar adeptos a tal visión evolutiva de la gobernanza de Internet.

Espionaje masivo


Podríamos decir que estos acontecimientos se inician en 2013 con las revelaciones del exagente de la CIA Edward Snowden sobre los programas de espionaje del Gobierno de Estados Unidos. El escándalo de espionaje masivo fue el inicio de la manifestación pública de la magnitud del campo de batalla que Internet había venido siendo para la geopolítica.

En 2014, Brasil –cuya presidenta había sido víctima del escándalo de espionaje masivo– acogió una Cumbre Global multistakeholder sobre gobernanza de internet llamada NetMundial, cuyo objetivo fue elaborar la Declaración Multisectorial de Sao Paulo con una serie de principios fundamentales en Internet y una hoja de ruta para el futuro de su gobernanza. A pesar del carácter no vinculante de la declaración, muchos valoraron NetMundial como un paso en la buena dirección por su formato multistakeholder y sus resultados tangibles.

Los escándalos están ayudando a impulsar la búsqueda de mecanismos para la cooperación transnacional y la coordinación de las normas en Internet. Así, el reciente caso Cambridge Analytica volvió a poner el tema en las agendas políticas. Este escándalo puso de manifiesto que la empresa dedicada a las campañas comerciales y políticas había utilizado indebidamente información personal de al menos 50 millones de usuarios de Facebook para favorecer la campaña de Donald Trump. De hecho, en 2018 hemos presenciado diversas llamadas a consolidar los esfuerzos realizados todos estos años en los mecanismos de gobernanza de Internet.

Otra llamada a consolidar los esfuerzos realizados en gobernanza de Internet ha venido por parte de Tim Berners-Lee, inventor de la Web, que presentó su proyecto de “Contrato para la Web” durante la ceremonia de apertura de la Web Summit en noviembre de 2018. Este documento contiene unos principios a los que se pueden comprometer los gobiernos, las empresas y los ciudadanos de todo el mundo para proteger una web abierta y para contribuir en la elaboración de un verdadero “contrato para la web”, que “establecerá las funciones y las responsabilidades de los gobiernos, las empresas y los ciudadanos”.

Multilateralismo


Entre las últimas propuestas, cabe destacar la del presidente francés Emmanuel Macron, que anunció una “llamada para la confianza y la seguridad en el ciberespacio” en la decimotercera edición del IGF, que se celebró en París en noviembre de 2018. En su llamada, Macron acuñaba un nuevo término, el multilateralismo innovador, porque “necesitamos inventar nuevas formas de cooperación multilateral que no solo impliquen a los estados, sino a todos los actores”.

La llamada de París abre una nueva vía en la búsqueda de un cambio de paradigma para la gobernanza socioeconómica de Internet que, con la creciente hibridación entre el mundo físico y el digital, podríamos decir que es la gobernanza socioeconómica sin más.

Sin embargo, existen importantes diferencias culturales y relevantes intereses geoestratégicos que no harán fácil el camino. La llamada de París ha sido firmada por más de cien gobiernos y más de mil actores no gubernamentales, entre ellos empresas como Facebook, Google y Microsoft, y todos los Estados miembros de la Unión Europea. Entre los no firmantes están los gigantes tecnológicos chinos, los Gobiernos de Rusia y China, y también el de los Estados Unidos.


Zoraida Frías, Profesora Ayudante en la ETSI Telecomunicación, Universidad Politécnica de Madrid (UPM)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.


 

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La pandemia de las noticias falsas y su detección: al límite de lo imposible

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La falsificación intencionada de productos y la elaboración de contenidos fraudulentos no es nueva, pero su distribución masiva en las redes y medios de comunicación está alcanzando la categoría de pandemia. Como respuesta, se multiplican los esfuerzos para limitar el impacto de las denominadas fake news, pero la batalla contra la proliferación de fake pictures (imágenes falsas) es mucho más compleja, y sus efectos culturales son también mucho más devastadores.


Los sistemas de detección del fraude aplicados a textos obtienen resultados bastante precisos. Por ejemplo, Ithenticate, en el ámbito académico, está integrado en los procesos de evaluación de manuscritos de la mayoría de las publicaciones científicas. Sin embargo, la detección de imágenes falsas resulta mucho mas compleja y requiere de precisos métodos de análisis forense combinados con avanzadas herramientas de software.

A día de hoy, estas no se pueden automatizar con tanta facilidad como ocurre con el análisis textual.

Existen sistemas de reconocimiento de imágenes que utilizan la inteligencia artificial para determinar de qué tipo de imagen se trata y etiquetarla, realizar búsquedas y recuperar imágenes similares, como las desarrolladas por Google. Pero cuando las imágenes son falsificaciones que van más allá de su simple copia o de una manipulación rudimentaria, resulta muy complejo despejar las dudas sobre su originalidad. Entonces se vuelve imprescindible llevar a cabo un análisis forense detallado que certifique si ha sido manipulada.

La metodología de elaboración de un informe pericial sobre la imagen digital está regulada para garantizar su validez jurídica, pero resulta muy difícil detener su proliferación y sus devastadores efectos culturales. Se están produciendo algunos rápidos avances en la investigación, pero todavía son incipientes dada la complejidad propia de la imagen.

En los límites de lo imposible


Toda imagen es siempre una selección de eso que llamamos realidad, por muy preciso que sea el sistema que utilicemos. Su fidelidad depende de la honestidad de quien ha elaborado la imagen. El problema es que hoy casi cualquiera puede falsificar y distribuir masivamente una imagen, y no digamos las agencias gubernamentales, empresas y especialistas con sobrados recursos.

El análisis forense de imágenes puede aplicarse para determinar con precisión las condiciones en las que se registró. Por ejemplo, para evaluar la coherencia espacial de la luz e identificar la cámara con que se tomó, analizando los artefactos característicos que cada equipo produce en el proceso de captura.

También en el proceso de registro de la imagen se incluyen algunos datos de la captura que acompañan al propio archivo, los denominados metadatos, pero no solo no están disponibles en la mayoría de las imágenes en circulación, si no que además son fácilmente manipulabes por un falsificador profesional que lo primero que hace es actuar sobre ellos, por lo que muchas veces pueden ser poco fiables.

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La mayoría de las falsificaciones que circulan masivamente son manipulaciones, más o menos sofisticadas, sobre el archivo de la imagen. Muchas veces hacen uso de herramientas que están al alcance de cualquiera, como Photoshop. Algunas pueden ser fáciles de detectar, pero cuando se falsifica con profesionalidad y software diseñado específicamente para eliminar todo rastro de manipulación resulta mucho mas complicado.

Pensemos en la complejidad y la potencia actual de la tecnología y las técnicas de IA para elaborar, por ejemplo, las denominadas deepfakes, en las que lo que se manipula son vídeos. Se están desarrollando herramientas para intentar detectar también este tipo de falsificaciones, como por ejemplo TruePic. Pero aunque se están redoblando los esfuerzos en este sentido tanto en Europa como en América, en la lucha tecnológica contra el fraude las técnicas de análisis forense casi siempre van un paso atrás.

Imagen falsa de un tiburón nadando por una calle inundada tras un huracán.

Por activa y por pasiva


En el análisis forense de imágenes digitales se utilizan dos procedimientos básicos de detección de falsificaciones: los activos y los pasivos.

Los métodos activos hacen referencia a las estrategias de autenticación de archivos digitales para su identificación. Esto se consigue, por ejemplo, insertando marcas de agua entre los datos de imagen o utilizando sistemas de firma digital como las cadenas de HASH. Pero la mayor parte de las imágenes en circulación, sean falsas o no, no van acompañadas de ningún dato de identificación, y solo es posible detectar a simple vista si son falsas entre el 30-40 %.

Existe un segundo grupo de métodos de análisis, los denominados pasivos, que utilizan algoritmos específicos y técnicas estadísticas para analizar la coherencia de la estructura de datos del archivo de imagen y determinar si se ha retocado el brillo, contraste y color (el retoque es admisible, pero solo hasta cierto punto). O si se han movido, clonado o transformado algunos elementos. Para ello se están desarrollando algoritmos específicos que son cada vez más efectivos.

Estamos en una carrera en la que se está siempre al límite de la vanguardia tecnológica y, mientras tanto, la pandemia de imágenes falsas se sigue extendiendo a una velocidad imparable. En esta enloquecida lucha sin fin, por ahora gana la falsificación, seguida muy de cerca por las técnicas de detección desarrolladas por los analistas expertos en imagen. Pero hay que correr, y mucho, y al límite de lo imposible.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Leonard Cohen, el monje que amaba a las mujeres

El 21 de septiembre de 1934 nacía Leonard Cohen y este 2019 hubiese cumplido 85 años. Analizar su obra es darse cuenta de cómo intentó aunar la espiritualidad y la sensualidad como dos conceptos complementarios.

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En palabras de Gideon Zelermyer, cantor de la sinagoga de Wesmount (Montreal), la tumba de Leonard Cohen (1934-2016) siempre tiene huellas que conducen hasta ella, sin importar cuan alta sea la nieve. No solo resulta evidente que su memoria y legado siguen vivos, sino que su obra como músico, poeta y novelista recibe cada vez mayor atención, tanto en forma de estudios y análisis académicos como de escritos de carácter divulgativo.

Religión y feminidad


Además de los dedicados a su creación musical y literaria, gran parte de estos análisis se centra en uno de los aspectos más señalados de Cohen: la búsqueda espiritual que llevó a cabo a lo largo de toda su vida y que ha sido definida a menudo como su faceta de “monje” (“monk”).

Sin renunciar jamás a las raíces culturales del judaísmo heredadas de su familia, exploró numerosas vías de crecimiento personal, siendo la más señalada el budismo zen, disciplina en la que llegó incluso a ser ordenado monje tras cinco años de retiro en el monasterio Mount Baldy (California). Hacia las últimas décadas de su vida, y como forma de completar su aprendizaje, se interesó también por algunas ramas del hinduismo, viajando asiduamente a Bombay (India).

Leonard Cohen, 2008. Rama / Wikimedia Commons, CC BY-SA

Otro aspecto que aparece con mucha frecuencia en escritos sobre Cohen es su visión sobre la feminidad y la forma en la que ésta, tanto en abstracto como en lo que se refiere a sus relaciones personales, está claramente presente en su obra. En inglés, para definir esta faceta se utiliza el término ladies’ man. En español esta expresión se tiende a traducir como “mujeriego” (que correspondería a womanizer), pero dicha traducción tiene un carácter mucho más superficial e incluso despectivo que el sentido original.

Hay que tener en cuenta que el enfoque de Cohen acerca de sus relaciones le exigía una profunda comprensión de la condición humana y no encaja en el estereotipo de una celebridad rodeado de admiradoras.

Dos facetas compatibles


Más allá del hecho de que no obtuviese fama como músico folk hasta pasados los 30 años (su primer álbum de estudio, Songs of Leonard Cohen, es de 1967, cuando contaba con 33), su particular visión del mundo ya había quedado plasmada desde sus primeras obras poéticas, demostrando ser un ferviente adorador de la virtud que encarna la belleza femenina.

De igual modo, y aunque no deje de ser hijo de su tiempo, tampoco es del todo exacto aproximarse a la figura de Leonard Cohen interpretando sus experiencias vitales como si fuesen un mero fruto del fenómeno contracultural de los 60.

Las dos facetas mencionadas se tienden a considerar como contrapuestas y que generan cierto conflicto: “the Monk vs. the Ladies’ Man”. Sin embargo, en realidad no son incompatibles, pues Cohen era capaz de proyectar sus inquietudes espirituales sobre su relación con las mujeres. Esto se debe principalmente a su constante interés por la reconciliación de aspectos aparentemente contrarios, como la religiosidad frente a la sensualidad.

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En su obra, temas como el amor y el deseo fueron un asunto tan elevado como cualquier fe religiosa. Todo su trabajo está impregnado de esta premisa, pero algunos ejemplos concretos se pueden hallar en poemas como “No tienes que amarme”, de Selected Poems (1956-1968), “El colapso del zen” de El libro del anhelo (Book of Longing, 2006) o en canciones como “Joan of Arc” (Songs of Love and Hate, 1971) y “Dance Me to the End of Love” (Various Positions, 1984).

La base de esta consideración residía en su convicción de que durante los encuentros intensos entre amantes no era posible distinguir entre lo espiritual y lo profano, pues percibiendo el orgasmo como un momento de éxtasis “ya no existía separación entre el alma y la carne ni conflicto alguno”.

Símbolo del Corazón Unificado


Portada de Book of Mercy.

En su empeño por ahondar en la convergencia de este tipo de polos opuestos llegó incluso a idear un emblema que la simbolizase: el Corazón Unificado (“Unified Heart”). Este símbolo fue diseñado por el propio autor y empleado por primera vez para ilustrar la cubierta de su séptimo poemario, El libro de la misericordia (Book of Mercy, 1984).

Su representación es la de un hexagrama (muy vinculado a la Estrella de David judía), al que se le sustituyen los clásicos triángulos por dos corazones ensamblados. El Corazón Unificado, como el propio Cohen explicaría, corresponde a “una versión del yin y el yang, o cualquiera de los símbolos que incorporan las polaridades y tratan de reconciliar las diferencias.”

La importancia que este símbolo adquirió en su obra no solo expone la relevancia que concedía a la convergencia de los contrarios, si no también a la coexistencia y fusión de sus dos vertientes principales (la de “Monk” y la de “Ladies’ Man”), convirtiéndole en alguien capaz de contemplar lo profano bajo la luz de lo sagrado.

Para concluir, cabe señalar que la imagen del Corazón Unificado no solo llegó a ser una especie de sello o firma personal del artista que aparecería tanto de forma plástica como conceptual en todo su trabajo posterior a 1984, sino que además es el único elemento visual que fue grabado en la lápida de su tumba. Esa que siempre tiene huellas que conducen hasta ella, sin importar cuan alta sea la nieve.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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¿Cuál es la manera apropiada de informar sobre un fascista?

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¿Cómo se debe cubrir el auge de un líder político que va dejando un reguero documental que da cuenta de su anticonstitucionalismo, racismo y enaltecimiento de la violencia? ¿La prensa debe destacar el hecho de que el individuo en cuestión actúa en los márgenes de las normas sociales establecidas o debe, por el contrario, resignarse a transmitir que quien gana unas elecciones es “normal” por definición porque su liderazgo refleja la voluntad del pueblo?


Estas fueron las cuestiones a las que la prensa estadounidense tuvo que hacer frente tras el ascenso de los líderes fascistas en Italia y Alemania durante los años veinte y treinta del siglo pasado.

Líder vitalicio

Benito Mussolini conquistó el poder en 1922, al culminar la marcha sobre Roma secundado por 30.000 camisas negras, y tres años después se declaró líder vitalicio. Aunque estas acciones no casaban con los valores estadounidenses, Mussolini gozaba del trato favorable de los medios norteamericanos, que le dedicaron al menos 150 artículos entre 1925 y 1932, la mayoría de ellos en un tono amable, neutral o pretendidamente difuso.

Benito Mussolini se dirige a la multitud durante la ceremonia de inauguración de la ciudad de Sabaudia el 24 de septiembre de 1934. AP Photo

El Saturday Evening Post incluso se atrevió a publicar por fascículos la autobiografía del Duce en 1928. Varios medios, desde el New York Tribune hasta el Chicago Tribune, pasando por el Plain Dealer de Cleveland, reconocían que el nuevo “movimiento Fascisti” empleaba unos “métodos algo duros” al tiempo que elogiaban la salvación de Italia frente a la extrema izquierda y valoraban la revitalización de su economía. Desde la perspectiva de estos medios, el anticapitalismo que surgiría tras la Segunda Guerra Mundial en Europa sería una amenaza mayor que el fascismo.

Curiosamente, mientras la prensa consideraba al fascismo un novedoso “experimento”, cabeceras como The New York Times solían asegurar que el movimiento había devuelto a lo que llamaban la “normalidad” a un país turbulento como Italia.

Por el contrario, periodistas como Hemingway y medios como el New Yorker rechazaron de plano la normalización de una figura antidemocrática como la de Mussolini. Y John Gunther, de Harper’s Magazine, le dedicó un afiladísimo perfil sobre su manipulación de una prensa estadounidense que no era capaz de resistirse a los encantos del dictador.

El “Mussolini alemán”

El éxito de Mussolini en Italia legitimó a los ojos de la prensa estadounidense el ascenso al poder de Hitler, al cual apodaron entre finales de los años veinte y principios de los treinta el “Mussolini alemán”. Dada la positiva acogida al italiano por parte de los medios, Hitler comenzó su andadura desde un punto de partida favorable a sus propósitos. Además, gozaba de la ventaja que le otorgaba el impresionante salto del Partido Nazi en las urnas desde finales de los veinte, cuando era una opción marginal para los teutones, a 1932, año en que ganó holgadamente las elecciones federales.

Sin embargo, parte de la prensa menospreciaba a Hitler al considerarlo poco más que un bufón. Era un “histérico extravagante” de “beligerante discurso” cuya apariencia, según Newsweek, era “caricaturesca” y “recuerda a Charlie Chaplin”. Cosmopolitan, por su parte, afirmaba que era “tan locuaz como inseguro”.

Cuando el partido de Hitler vio incrementada su influencia en el Parlamento, e incluso después de haber sido investido canciller en 1933 (alrededor de un año y medio antes de hacerse con el poder de manera dictatorial), numerosos grupos mediáticos estadounidenses vaticinaron que sería desplazado por políticos más tradicionales o que tendría que moderar su discurso. Tenía un séquito de adeptos, sí, pero estaba formado por “votantes fácilmente impresionables” embaucados por “doctrinas radicales y remedios vacuos”, sostenía el Washington Post.

Ahora que Hitler tenía que trabajar con un gobierno, el New York Times y el Christian Science Monitor pronosticaban que los políticos “serios” acabarían con el movimiento nazi. Ya no le bastaría con tener un “agudo sentido del instinto dramático”. A la hora de gobernar, su falta de “sensatez” y su reducida “profundidad de pensamiento” lo dejarían expuesto.

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De hecho, el New York Times escribió que la llegada de Hitler a la cancillería solo serviría para “dar cuenta al pueblo alemán de su propia futilidad”. La prensa se preguntaba entonces si Hitler no se arrepentiría de no haber pujado en la carrera por el Gabinete, donde seguramente habría asumido un número de responsabilidades mayor.

Si bien la prensa norteamericana tendía a condenar el documentado antisemitismo de Hitler a principios de los años treinta, se produjeron excepciones notables. Algunos periódicos no dieron importancia a episodios de violencia contra ciudadanos judíos alemanes, de los que aseguraron que se trataba de propaganda como la que proliferó durante la Primera Guerra Mundial. Numerosos diarios y periodistas, incluso aquellos que condenaban la violencia de manera categórica, repitieron una y otra vez, en un esfuerzo por alcanzar la normalidad, que las agresiones eran cosa del pasado.

Los periodistas eran conscientes de que no podían criticarlo con vehemencia si querían seguir teniendo acceso al régimen nazi. Tanto era así que un locutor de la CBS no informó sobre la paliza que sufrió su propio hijo a manos de unos camisas pardas por no haber saludado al Führer. Cuando Edgar Mowrer, corresponsal del Chicago Daily News, escribió en 1933 que Alemania se estaba convirtiendo en “un manicomio”, las autoridades germanas conminaron al Departamento de Estado de los Estados Unidos a llamar a capítulo a sus reporteros. Allen Dulles, quien posteriormente llegaría a ser director de la CIA, trasladó a Mowrer que “estaba tomándose la situación alemana demasiado en serio”. Así las cosas, el editor de Mowrer le buscó un destino fuera de Alemania, ya que temía por su vida.

Hacia finales de la década de los treinta la mayoría de los periodistas estadounidenses se habían dado cuenta del error que habían cometido al subestimar a Hitler o al no ser capaces de visualizar la gravedad de los actos que podía llevar a cabo. No obstante, se produjeron algunas vergonzosas excepciones, como la oda al régimen que compuso Douglas Chandler para el reportaje Changing Berlin de la revista National Geographic en 1937. Por su parte, Dorothy Thompson, que había calificado a Hitler en 1928 como un hombre de una “insignificancia asombrosa”, se percató de su desacierto hacia la mitad de la década siguiente, momento en que, al igual que Mowrer, comenzó a dar la voz de alarma.

“Nadie puede reconocer a un dictador antes de que él mismo se quite la careta”, argumentó en 1935. “No se presenta a las elecciones con la vitola de dictador, sino que pretende representarse a sí mismo como el instrumento de la voluntad nacional”, añadió. Trasladando la lección a Estados Unidos, escribió: “Si tuviéramos un dictador, sin duda aparentaría ser uno de los nuestros y tendría por propósito defender a capa y espada los valores americanos tradicionales”.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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