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Eutanasia: cuando la política está por encima de la libertad individual
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Eutanasia: cuando la política está por encima de la libertad individual

El respeto y la solidaridad hacia una decisión individual del ser humano debería estar por encima de decisiones políticas. La eutanasia en España está penada. El debate está hoy en el Parlamento.

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Hoy en día, la muerte se produce habitualmente en contextos hospitalarios, fuertemente tecnológicos y despersonalizados. En ellos, el uso de tecnologías punteras permite alargar el proceso de morir hasta situaciones que muchos consideran indignas y no deseables.

Esta posibilidad de prolongar la vida, meramente biológica, suscita conflictos sobre cómo proceder en estos casos, ya que en las decisiones que necesariamente hay que ir tomando intervienen, además de la opinión del propio sujeto, otros factores de carácter diverso: el criterio médico, el entorno del paciente, los planteamientos de tipo religioso, la distribución de recursos, la salvaguarda de intereses de terceras partes… Cuestiones varias que se entremezclan y que dificultan en muchos casos la determinación de cuáles son los “mejores intereses” del paciente y el respeto a su voluntad.

Dudas médicas éticas y jurídicas


En un contexto así, hay personas que manifiestan claramente su deseo de morir de forma rápida e indolora, pero los médicos que les atienden dudan frecuentemente de cuál es la conducta correcta desde el punto de vista ético y jurídico. Por ello, el debate sobre la eutanasia aflora y reverdece periódicamente en nuestras sociedades, que si bien no son confesionales y centran sus valores en la libertad, también tienen una carga cultural de cuño religioso que reivindica el valor salvífico del sufrimiento y la aceptación de “lo que venga” como voluntad divina.

En parte, los debates sobre el derecho a morir están motivados por la comprensión del término eutanasia, que ha ido adquiriendo poco a poco el matiz específico de acto médico directo y necesario para hacer más fácil y dulce la muerte, a petición del enfermo. No se considera eutanasia el rechazo o la retirada de tratamientos, aún cuando sea con peligro de la vida, ya que el paciente tiene el derecho -reconocido legalmente- a aceptar o rechazar los tratamientos disponibles. Tampoco lo es limitar el esfuerzo terapéutico, ya que no es obligatorio usar el arsenal de medidas que la ciencia tiene disponibles cuando no se consigue otra cosa que alargar el proceso de morir mediante tratamientos fútiles, que no tienen eficacia real en el caso concreto. Es decir, actualmente, la discusión no estriba en la que antiguamente se llamaba “eutanasia pasiva”, sino que cuando hablamos de eutanasia hoy nos referimos específicamente a la “activa”, directa y a petición del paciente, que es la penalizada en el Código Penal español, por ejemplo.

A qué tiene derecho el paciente


A la hora de realizar una valoración moral de la eutanasia y su regulación legal, la mayor dificultad estriba en compatibilizar el derecho a una muerte digna –lo que significa a no recibir tratos inhumanos o degradantes, al rechazo de tratamiento, a la autodeterminación y libre disposición corporal, a disponer libremente de la propia vida, a la misma intimidad–, con ciertas concepciones del derecho a la vida que, en la práctica, implican el deber de vivir contra la propia voluntad.

La enorme carga ideológica que ha arrastrado este debate motiva que ciertas posiciones se parapeten en actitudes maximalistas y, en muchos casos, intolerantes. Entre los detractores de la eutanasia se aprecia con frecuencia un planteamiento que lleva a un enfrentamiento de absolutos que enarbola la sacralidad de la vida en cualquier circunstancia, mientras que por parte de los defensores del derecho a morir en libertad se enfoca una cuestión de respeto. Ambos bandos invocan la defensa de la dignidad humana, pero, evidentemente, la entienden de manera diversa, pues existen dos grandes corrientes a la hora de interpretar y de dar sentido a la dignidad: la cristiana y la laica.

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Para una, la dignidad se entiende derivada del ejercicio responsable de la propia libertad. Para la otra, la dignidad estriba en aceptación de la voluntad divina. Si no se tiene en cuenta esta diferencia, que atañe no solo al concepto de dignidad, sino también a la misma concepción de los derechos humanos, el diálogo es solo aparente, pues es imposible el acuerdo si palabras iguales designan conceptos distintos.

Para conseguir un compromiso razonable, la legitimidad de la eutanasia debe ser abordada desde un doble punto de vista: como una cuestión de respeto a la autonomía de las personas y, a la vez, de solidaridad con quien sufre.

La referencia inicial en este debate es la tradicional invocación a la autonomía y la dignidad de la persona, porque la eutanasia supone una decisión individual y por definición autónoma que implica y afecta directamente solo a dos partes: a quien la solicita y a quien la realiza.

La segunda consideración es la compasión por el sufrimiento ajeno y la obligación de aceptar las decisiones ajenas que a otros atañen, aunque no las compartamos.

La eutanasia es una acción que abarca dos actos, cada uno de los cuales tiene un protagonista distinto.

En el primero, el protagonista es el enfermo que padece una enfermedad grave que conduciría necesariamente a su muerte o que le causa padecimientos permanentes y difíciles de soportar y es quien toma la decisión, éticamente legítima, de poner fin a su vida de manera apacible y digna.

Este primer acto es el fundamento del segundo, que consiste en la intervención médica que proporciona la muerte de forma rápida, eficaz e indolora y que carecería de legitimidad sin el primero.

Todos debemos plantearnos estos interrogantes


El debate está abierto: ¿Se debe respetar la voluntad de morir de un paciente terminal? ¿Se tiene que colaborar en ello? ¿Qué tratamiento utilizar cuando se acerca la hora de la muerte? ¿Quién puede decidir si el paciente no ha manifestado su voluntad y no puede hacerlo? ¿Se debe fomentar la adopción de documentos de voluntades anticipadas o testamentos vitales? Cada persona debería plantearse estos interrogantes e intentar responderlos, porque la muerte nos llegará a todos, indefectiblemente.

En aras a la seguridad jurídica, el derecho debe responder también a ellos de forma adecuada al momento en que se vive. En España, desde finales de los años setenta del pasado siglo, ha habido iniciativas diversas para lograr el reconocimiento del derecho a la disposición de la propia vida de forma efectiva. Recientemente, a principios de 2017, el Parlamento de Cataluña presentó al Congreso de Diputados una propuesta despenalizadora de la eutanasia y la ayuda al suicidio que, mediante la modificación correspondiente del Código Penal -de competencia estatal-, permitiera legislar sobre el tema. Poco tiempo después, el grupo parlamentario de Unidos Podemos presentó una propuesta de Ley Orgánica sobre la eutanasia, que no se llegó a debatir. Finalmente, el PSOE presentó en mayo de 2018 su propuesta de “Ley Orgánica de regulaciones de la eutanasia”, actualmente en tramitación parlamentaria.The Conversation


María Casado, Directora del Observatorio de Bioética y Derecho - Cátedra Unesco UB, Universitat de Barcelona

This article is republished from The Conversation under a Creative Commons license. Read the original article.


 

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¿Cuál es la manera apropiada de informar sobre un fascista?

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loochanin

¿Cómo se debe cubrir el auge de un líder político que va dejando un reguero documental que da cuenta de su anticonstitucionalismo, racismo y enaltecimiento de la violencia? ¿La prensa debe destacar el hecho de que el individuo en cuestión actúa en los márgenes de las normas sociales establecidas o debe, por el contrario, resignarse a transmitir que quien gana unas elecciones es “normal” por definición porque su liderazgo refleja la voluntad del pueblo?


Estas fueron las cuestiones a las que la prensa estadounidense tuvo que hacer frente tras el ascenso de los líderes fascistas en Italia y Alemania durante los años veinte y treinta del siglo pasado.

Líder vitalicio

Benito Mussolini conquistó el poder en 1922, al culminar la marcha sobre Roma secundado por 30.000 camisas negras, y tres años después se declaró líder vitalicio. Aunque estas acciones no casaban con los valores estadounidenses, Mussolini gozaba del trato favorable de los medios norteamericanos, que le dedicaron al menos 150 artículos entre 1925 y 1932, la mayoría de ellos en un tono amable, neutral o pretendidamente difuso.

Benito Mussolini se dirige a la multitud durante la ceremonia de inauguración de la ciudad de Sabaudia el 24 de septiembre de 1934. AP Photo

El Saturday Evening Post incluso se atrevió a publicar por fascículos la autobiografía del Duce en 1928. Varios medios, desde el New York Tribune hasta el Chicago Tribune, pasando por el Plain Dealer de Cleveland, reconocían que el nuevo “movimiento Fascisti” empleaba unos “métodos algo duros” al tiempo que elogiaban la salvación de Italia frente a la extrema izquierda y valoraban la revitalización de su economía. Desde la perspectiva de estos medios, el anticapitalismo que surgiría tras la Segunda Guerra Mundial en Europa sería una amenaza mayor que el fascismo.

Curiosamente, mientras la prensa consideraba al fascismo un novedoso “experimento”, cabeceras como The New York Times solían asegurar que el movimiento había devuelto a lo que llamaban la “normalidad” a un país turbulento como Italia.

Por el contrario, periodistas como Hemingway y medios como el New Yorker rechazaron de plano la normalización de una figura antidemocrática como la de Mussolini. Y John Gunther, de Harper’s Magazine, le dedicó un afiladísimo perfil sobre su manipulación de una prensa estadounidense que no era capaz de resistirse a los encantos del dictador.

El “Mussolini alemán”

El éxito de Mussolini en Italia legitimó a los ojos de la prensa estadounidense el ascenso al poder de Hitler, al cual apodaron entre finales de los años veinte y principios de los treinta el “Mussolini alemán”. Dada la positiva acogida al italiano por parte de los medios, Hitler comenzó su andadura desde un punto de partida favorable a sus propósitos. Además, gozaba de la ventaja que le otorgaba el impresionante salto del Partido Nazi en las urnas desde finales de los veinte, cuando era una opción marginal para los teutones, a 1932, año en que ganó holgadamente las elecciones federales.

Sin embargo, parte de la prensa menospreciaba a Hitler al considerarlo poco más que un bufón. Era un “histérico extravagante” de “beligerante discurso” cuya apariencia, según Newsweek, era “caricaturesca” y “recuerda a Charlie Chaplin”. Cosmopolitan, por su parte, afirmaba que era “tan locuaz como inseguro”.

Cuando el partido de Hitler vio incrementada su influencia en el Parlamento, e incluso después de haber sido investido canciller en 1933 (alrededor de un año y medio antes de hacerse con el poder de manera dictatorial), numerosos grupos mediáticos estadounidenses vaticinaron que sería desplazado por políticos más tradicionales o que tendría que moderar su discurso. Tenía un séquito de adeptos, sí, pero estaba formado por “votantes fácilmente impresionables” embaucados por “doctrinas radicales y remedios vacuos”, sostenía el Washington Post.

Ahora que Hitler tenía que trabajar con un gobierno, el New York Times y el Christian Science Monitor pronosticaban que los políticos “serios” acabarían con el movimiento nazi. Ya no le bastaría con tener un “agudo sentido del instinto dramático”. A la hora de gobernar, su falta de “sensatez” y su reducida “profundidad de pensamiento” lo dejarían expuesto.

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De hecho, el New York Times escribió que la llegada de Hitler a la cancillería solo serviría para “dar cuenta al pueblo alemán de su propia futilidad”. La prensa se preguntaba entonces si Hitler no se arrepentiría de no haber pujado en la carrera por el Gabinete, donde seguramente habría asumido un número de responsabilidades mayor.

Si bien la prensa norteamericana tendía a condenar el documentado antisemitismo de Hitler a principios de los años treinta, se produjeron excepciones notables. Algunos periódicos no dieron importancia a episodios de violencia contra ciudadanos judíos alemanes, de los que aseguraron que se trataba de propaganda como la que proliferó durante la Primera Guerra Mundial. Numerosos diarios y periodistas, incluso aquellos que condenaban la violencia de manera categórica, repitieron una y otra vez, en un esfuerzo por alcanzar la normalidad, que las agresiones eran cosa del pasado.

Los periodistas eran conscientes de que no podían criticarlo con vehemencia si querían seguir teniendo acceso al régimen nazi. Tanto era así que un locutor de la CBS no informó sobre la paliza que sufrió su propio hijo a manos de unos camisas pardas por no haber saludado al Führer. Cuando Edgar Mowrer, corresponsal del Chicago Daily News, escribió en 1933 que Alemania se estaba convirtiendo en “un manicomio”, las autoridades germanas conminaron al Departamento de Estado de los Estados Unidos a llamar a capítulo a sus reporteros. Allen Dulles, quien posteriormente llegaría a ser director de la CIA, trasladó a Mowrer que “estaba tomándose la situación alemana demasiado en serio”. Así las cosas, el editor de Mowrer le buscó un destino fuera de Alemania, ya que temía por su vida.

Hacia finales de la década de los treinta la mayoría de los periodistas estadounidenses se habían dado cuenta del error que habían cometido al subestimar a Hitler o al no ser capaces de visualizar la gravedad de los actos que podía llevar a cabo. No obstante, se produjeron algunas vergonzosas excepciones, como la oda al régimen que compuso Douglas Chandler para el reportaje Changing Berlin de la revista National Geographic en 1937. Por su parte, Dorothy Thompson, que había calificado a Hitler en 1928 como un hombre de una “insignificancia asombrosa”, se percató de su desacierto hacia la mitad de la década siguiente, momento en que, al igual que Mowrer, comenzó a dar la voz de alarma.

“Nadie puede reconocer a un dictador antes de que él mismo se quite la careta”, argumentó en 1935. “No se presenta a las elecciones con la vitola de dictador, sino que pretende representarse a sí mismo como el instrumento de la voluntad nacional”, añadió. Trasladando la lección a Estados Unidos, escribió: “Si tuviéramos un dictador, sin duda aparentaría ser uno de los nuestros y tendría por propósito defender a capa y espada los valores americanos tradicionales”.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Los datos detrás de los violadores: los más jóvenes actúan en grupo

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savethechildren.es

Cuando me invitaron a escribir este artículo pregunté a un colega qué le venía a la memoria sobre las agresiones sexuales en grupo. Hizo alusión únicamente a dos episodios: el que se relata en la película Acusados –protagonizada por Jodie Foster y basada en la historia real de la violación sufrida por una joven sobre la mesa de un billar por al menos seis hombres en una taberna de New Bedford en Estados Unidos– y el de la violación de la denominada “la manada de Pamplona”.

Considerando que la película en cuestión fue estrenada en 1988 y los hechos enjuiciados en Pamplona ocurrieron en 2016, da la sensación de que en estos últimos casi 30 años las violaciones en grupo no han existido y nos encontramos ahora con un fenómeno dramáticamente emergente. Pero se trata de una conclusión sin soporte alguno.

¿Cuántas se producen al año?


Lo primero que deberíamos averiguar es el porcentaje de violaciones en grupo sobre el total de delitos sexuales. Este dato, lamentablemente, es imposible conocerlo en nuestro país, ya que el tratamiento jurídico, penal, psicosocial, y también estadístico de los delitos sexuales es individual. Es decir, no se distinguen los casos de violadores solitarios de los violadores en grupo.

La cifra más aproximada la podemos encontrar en un estudio realizado por la Secretaría de Estado de la Seguridad en 2018. El problema es que la muestra de dicho estudio está conformada únicamente por casos de agresiones sexuales en los que la víctima no conocía a su agresor o agresores, situación que se produce únicamente en el 20 % de los casos.

Pues bien, un 17 % de este 20 % fueron agresiones sexuales en grupo, es decir, de cada 100 denuncias de violación, un 3,4 % se producen en grupo y la víctima no conocía a sus asaltantes.

No es una cifra muy alta si la comparamos con otro estudio realizado en EE UU que sostiene que son una de cada tres, es decir, aproximadamente un 33 %.

El primer dato (3,4 %) corresponde a un estudio español, pero con una muestra poco representativa. El segundo porcentaje (33 %) está llevado a cabo con una muestra representativa, pero se hizo en EE UU en el año 1999.

Un mínimo de 133 agresiones sexuales en grupo


Con este margen de incertidumbre, asumamos por un momento la ratio menos inquietante, es decir, que “solo” un 3,4 % de las agresiones sexuales se realizan en grupo. Pues bien, en el año 2017 se registraron en España 3.924 denuncias de agresiones sexuales, lo que significa que podrían haberse cometido solo en ese año, atendiendo a la ratio más conservadora, 133 agresiones sexuales en grupo que, considerando la cifra negra de este delito, podría representar únicamente el 20 % de las que se produjeron realmente.

Este cálculo arroja una escalofriante cifra de varios centenares de agresiones sexuales en grupo en nuestra unidad temporal de referencia: desde el estreno de la película Acusados a la violación grupal cometida por la “manada de Pamplona”.

Efectos positivos de la visibilización


¿Cuál es la razón en virtud de la cual los medios de comunicación repararon precisamente en este suceso después de haber ignorado durante años este fenómeno? Es difícil de determinar y, en todo caso, sería objeto de otro artículo, aunque sí podemos hipotetizar que ha tenido un efecto colateral positivo.

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Esta visibilización mediática ha podido animar a algunas víctimas de agresión sexual en grupo a denunciar un delito que antes del 2016 hubieran ocultado, no solo a la policía, sino a su familia, amigos y círculo social íntimo.

Así son los agresores


La violación en grupo es un delito sexual muy violento en el que una mujer es humillada y, esencialmente, utilizada como un objeto. Además, cabe subrayar que las motivaciones de los sujetos que perpetran este delito no tienen mucho que ver con la satisfacción de sus pulsiones sexuales, sino con la vejación de la víctima y el exhibicionismo de una embrutecida hipermasculinidad ante otros hombres.

En esta línea, un interesante trabajo de Da Silva, Woodhams y Harkins realizado en el Reino Unido en el que se analizan las diferencias entre las agresiones sexuales individuales y las perpetradas en grupo desveló los siguientes resultados:

  • Los agresores sexuales en grupo tienden a ser más jóvenes que los agresores sexuales solitarios y pertenecen con mayor frecuencia a “minorías étnicas”.
  • Por razones obvias, cuanto mayor sea el número de delincuentes involucrados, mayor será la duración de la agresión.
  • Las agresiones grupales suelen ser llevadas a cabo con más frecuencia en lugares cerrados, al contrario que los agresores solitarios que tienden a hacerlo en lugares abiertos.
  • En las violaciones grupales, las víctimas son obligadas con mayor frecuencia a realizar una o varias felaciones, además de ser delitos más hostiles y exhibirse comportamientos más agresivos. Estos comportamientos no suelen estar, en todo caso, orientados a la contención física de la víctima, lo que podría indicar que los agresores confían en la intimidación del grupo para inmovilizarla.
  • En más de la mitad de las agresiones grupales no se tomaron demasiadas precauciones en el modus operandi, lo que contrasta con los delincuentes solitarios que tomaron más medidas para ocultar su identidad y no dejar pruebas. Según las autoras, el hecho de que los agresores grupales asuman más riesgos puede deberse al proceso grupal de desindividuación que puede conducir a perder de vista las consecuencias de sus actos. En todo caso, y paradójicamente, los agresores en grupo usaron el condón con más frecuencia que los agresores solitarios.

Recomendaciones para diseñar políticas de prevención


De cara al futuro sería fundamental reducir la altísima cifra negra de los delitos sexuales y, llegados a este punto, realizar los registros estadísticos tratando separadamente agresiones individuales y grupales. Solo de esta forma podremos obtener un perfil psicosocial y demográfico preciso de los agresores grupales, dado que todo parece indicar que es netamente diferente al perfil de los violadores solitarios.

Finalmente, sería muy interesante no blanquear ni relativizar los resultados en el caso de que no nos gusten o resulten políticamente incorrectos, ya que es absolutamente necesario disponer de evidencia fiable y contrastada para diseñar políticas sociales de prevención verdaderamente eficaces.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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A 80 años de la Segunda Guerra Mundial: ¿Se ha aprendido algo?

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Fue el acorazado Schleswig-Holstein, un veterano exponente de la construcción naval de principios del siglo XX. Pasadas las cuatro de la mañana del 1 de septiembre de 1939, el buque alemán abrió fuego contra las fortificaciones polacas de la base de Westerplatte, en la ciudad de Danzig, hoy Gdansk. Al mismo tiempo, como una inundación, el ejercito alemán comenzaba la invasión terrestre de Polonia. Varsovia era bombardeada por primera vez ese mismo día.

El pacto de los tiranos


Todo ello era posible por el siniestro acuerdo que pocas semanas antes habían alcanzado el III Reich y la Unión Soviética. El famoso pacto Ribbentrop-Molotov. En virtud de lo acordado, ambas potencias se repartirían Polonia una vez iniciada la invasión por parte de las tropas de Hitler. Conviene recordarlo. La Unión Soviética sólo llegó al bando aliado tras una apasionada relación con el Eje, jalonada por crímenes abyectos como la matanza de Katyn.

Polonia era el punto de no retorno. Durante los años anteriores, sumidas en un sueño pacifista, las últimas democracias de Europa –Francia y Gran Bretaña— habían cedido ante todas y cada una de las agresiones expansionistas de Hitler. Además, con una sonrisa. En la Conferencia de Múnich, sólo un año antes, reunidos los dirigentes de Alemania, Italia, Francia y Gran Bretaña, se aceptó la mutilación de Checoslovaquia para satisfacer la voracidad del Führer. Ni siquiera se buscó invitar al sacrificado a la mesa de negociaciones, y guardar así, al menos, un poco de decoro, aunque fuese sólo estético.

Acuerdos de Múnich. De izquierda a derecha: Benito Mussolini, Adolf Hitler, Paul Otto Schmidt y Neville Chamberlain. German Federal Archive / Wikimedia Commons, CC BY-SA

Hitler era un jugador compulsivo y sus fáciles victorias le convencieron para elevar la apuesta. Pero la mañana del 3 de septiembre, británicos y franceses remitieron un ultimátum a Berlín, y esta vez no era un farol. Pocas horas más tarde declaraban la guerra a Alemania.

Para ellos, durante muchos meses, la guerra sería sólo “esperar”. Confiaban en repetir la coreografía siniestra de 1914, frenar a los alemanes cuando finalmente atacasen Francia, y prevalecer en una guerra de trincheras. Su débil inacción le costaría la vida a la III República francesa, y a punto estuvo de llevar las esvásticas hasta Picadilly.

Y es que Polonia era secundaria. Tanto que, en febrero de 1945, en la Conferencia de Yalta, los Aliados Occidentales permitieron –también con una sonrisa– que fuese devorada por su nuevo hermano en armas: Iosif Stalin.

El peor de los martirios


Pasados ochenta años de todo aquello, ¿cómo recordar la II Guerra Mundial? No es posible hacerlo sin contemplar atónitos la brutal agresión nazi, que creó de las cenizas del Tratado de Versalles un imperio afortunadamente efímero de los Pirineos a las puertas de Moscú.

Cada metro conquistado por la Wehrmacht se convertía en solar para uno de los más despiadados crímenes cometidos en la historia de la humanidad. Eso sin mencionar el padecimiento y los horrores de la guerra en el Pacífico. El mal se hizo carne en la tierra, y millones perecerían bajo su yugo, enfrentados al peor de los martirios. Si con la I Guerra Mundial el mundo perdió su ingenuidad, con la segunda abatían su vigor y su nobleza.

Víctima polaca de la ocupación alemana. Julien Bryan / Wikimedia Commons

La II Guerra Mundial ofrece la fascinación del estudio de las campañas y de los frentes, y del progreso de la ciencia al servicio de oscuros fines. En 1939 era un añejo acorazado de 1905 el que iniciaba el conflicto. Este terminó con el alumbramiento del supremo terror tecnológico, que envolvió las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en un mar de fuego y hierro. La era nuclear se inició en efecto de la manera más cruel. Y ochenta años más tarde contemplamos atónitos el advenimiento de una nueva carrera de armamentos entre potencias cada vez más altivas, que acredita que el ser humano tiene una muy limitada capacidad de aprendizaje.

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Entre 1939 y 1945 brillaron sin duda liderazgos admirables como los de Churchill, Roosevelt o De Gaulle; y heroísmos como los del Círculo de Kreisau o la Rosa Blanca, que alzaron en Alemania una voz desesperada frente a la locura del nazismo. Son hijos de su compromiso y su responsabilidad realidades de nuestro tiempo como la Unión Europea, o el sistema de Naciones Unidas.

Con todos sus defectos, todo ello resume la victoria moral del paradigma democrático frente a la tiranía. Pese a las abultadas excepciones que han deparado estos ochenta años.

2019, cada día más 1984


Pero quizás lo más relevante es que cuando hace diez años –en septiembre de 2009– escribíamos líneas parecidas, y recordábamos los mismos hitos, Barack Obama se acababa de convertir en presidente de los Estados Unidos, y una Europa indiscutible aún confiaba en sí misma.

Términos como Brexit o fake news, personajes como Donald Trump, Matteo Salvini y tantos otros –demasiados–, realidades como la anexión de Crimea, o los efectos más salvajes de la crisis económica, aun esperaban su momento en los rincones más inhóspitos e inesperados de eso que llamamos futuro.

Somos más viejos que entonces, pero sin duda no más sabios. En estos diez años nuestro planeta es menos vivible, y se han multiplicado las amenazas a la siempre frágil convivencia global. Quizás nos hemos acercado, aunque sea sólo unos pocos metros, al 1984 de Orwell. Sería fatalista afirmar que nos asomamos al mismo precipicio de 1939. No lo es confirmar que no hemos aprendido muchas lecciones de lo que comenzó aquel año, y hemos olvidado otras. Todas ellas valiosas.

La pequeña pantalla reflexiona


En el tiempo en el que las series de televisión han remplazado al buen cine a la hora de contar historias con significado, en los últimos meses tres de ellas han reflexionado, desde perspectivas distintas, sobre algunas de las amenazas más candentes de nuestro tiempo que no se entienden sin volver la mirada al periodo 1939-1945.

The Terror habla sobre el colapso de una comunidad cuando se le somete a situaciones extremas e inesperadas. Chernobyl, sobre el efecto cotidiano de la tiranía sobre los hombres buenos, y sobre la propia verdad. Y este mismo verano, Years & Years ha dibujado un futuro distópico pero plausible del Reino Unido en la próxima década, resumido en el auge de la tiranía populista de una carismática política, encarnada por Emma Thompson –rubia platino–, construida sobre la promesa inspiradora de una sociedad más galana. ¿Les suena?

Fotograma de la serie Years & Years. HBO

Con todo ello, parece claro que la catástrofe que fue la II Guerra Mundial sigue viva y debe ser recordada. No para recrearse en un pasado que no volverá, o desde un triunfalismo victorioso, sino como recuerdo constante de los mecanismos que pueden llevar a la disolución de la convivencia y al caos.

Por eso resulta una conmemoración más pertinente que nunca, y una que debemos encarar desde la mínima complacencia. Sólo así podremos escribir líneas distintas a estas ya en nada, en 2029.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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