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720 mil litros,la cifra del derrame que dejó YPF en Tierra del Fuego

Benjamín Cortés

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El Magallánico
 

“El derrame en el sur está contenido, la gente de la superintendencia de Medio Ambiente está allá, viajaron a la zona, se está reuniendo el COE regional y vamos a tomar todas las medidas para que este tipo de situaciones, se entienda bien por qué suceden, pero lo que es más importante, qué medidas se van a tomar en las empresas para que estos accidentes no sucedan”, afirma la Ministra del Medio Ambiente, Carolina Schmidt.

Ayer en la tarde el Comité de Emergencia comunicó el derrame de hidrocarburos. El hecho ocurrió en el sector de Cullen, Tierra del fuego dejando contaminando 6.000 metros cuadrados.

Según los antecedentes entregados por la Onemi, sería 720 mil litros los que se derramaron en la planta. El vertimiento estaría controlado y se habría aplicado medidas de mitigación, señaló El Dínamo. BiobioChile consigna que no hay reportes que indiquen que el derrame haya afectado a personas o a la flora y fauna del lugar.

Carolina Schmidt, Ministra de Medio Ambiente, dijo en La Tercera que: “el derrame en el sur está contenido, la gente de la superintendencia de Medio Ambiente está allá, viajaron a la zona, se está reuniendo el COE regional y vamos a tomar todas las medidas para que este tipo de situaciones, se entienda bien por qué suceden, pero lo que es más importante, qué medidas se van a tomar en las empresas para que estos accidentes no sucedan”, afirma.

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Internacional

¿Cómo afrontar la inmigración? La respuesta parecer ser una gobernanza global

Juan Carlos Velasco, Investigador Científico del Instituto de Filosofía IFS-CSIC, hace un análisis de los puntos críticos de la inmigración y específicamente las zonas fronterizas, las cuales deben adoptar una forma no convencional para solucionar la crisis.

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En torno a la gestión de la movilidad humana se polariza la opinión pública en apasionadas discusiones. Aunque con frecuencia las percepciones priman sobre los datos contrastados, son debates que se refieren a una realidad ya presente, pero que adquirirá aún mayor relevancia en un futuro próximo. En un escenario de crecimiento de la población mundial, de agudas desigualdades económicas entre los países y de reducción de la superficie útil para la vida humana a causa del cambio climático, los flujos demográficos continuarán in crescendo.


Precisamente porque no caben muchas dudas acerca de la dimensión rigurosamente planetaria del asunto, sorprende que no se haya articulado aún un sistema supranacional de gobernanza de los movimientos transfronterizos de migrantes y refugiados que permita actuar de forma coordinada a nivel global. Como en tantas otras materias, aquí también se hace valer la evidencia de que no existen soluciones locales para problemas globales.

El problema de escala se agudiza por la vigencia de un marco estrictamente estatal –el denominado nacionalismo metodológico– que interpone obstáculos a la hora de avanzar en este terreno. El enfoque, como siempre, predetermina el tipo de medidas que se plantean y acaban poniéndose en práctica. Desde hace ya demasiado tiempo, los esfuerzos de los distintos países se dirigen a intentar contener los flujos y es ahí donde el cierre de las fronteras aparece para muchos como la solución mágica, por más que resulte completamente impracticable e inútil, además de profundamente insolidaria con los desheredados del planeta, esa parte no tan pequeña de la humanidad.

Estas políticas restrictivas pretenden dar respuesta a ansiedades y temores de los sectores más vulnerables de la sociedad receptora (que penan por acceder a unos recursos sociales cada vez más limitados). El precio no lo pagan los promotores de tales políticas, sino los inmigrantes, que acaban convertidos en el nuevo chivo expiatorio de las frustraciones internas. Este discurso demagógico - en el que prima el interés nacional por encima de cualquier otra consideración - resulta plausible en la medida en que la gestión de los movimientos migratorios por parte de los países de destino sigue siendo básicamente unilateral o, a lo sumo, bilateral. Los pocos mecanismos de coordinación multilateral existentes adolecen de inoperancia.

El Pacto de Marrakech


En este escenario, resulta alentadora la firma en Marrakech el pasado 10 de diciembre de 2018 del Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular por parte de más de 150 países, un pacto que previamente había sido acordado por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Se trata, no obstante, de un acuerdo internacional no vinculante en términos jurídicos y que en absoluto cuestiona la soberanía de los Estados en materia migratoria y de control de fronteras.

Pese a que el pacto tan sólo establece un marco para cooperar, varios países se han desvinculado del texto, que no cuenta con la firma de Estados Unidos, Israel, Australia, Chile ni la de nueve Estados de la Unión Europea. Esta renuencia de ciertos gobiernos indica también que, por poco valor que tengan estos acuerdos, siempre pueden tornarse en referencia crítica para medir las políticas que cada cual sigue.

El Pacto de Marrakech establece tan sólo una serie de vagos compromisos sobre derechos humanos y, en especial, sobre los derechos de los menores y los inmigrantes indocumentados. Se estructura en torno a veintitrés grandes objetivos, algunos tan genéricos como la cooperación para recopilar datos fiables sobre la materia (menos inocuo de lo que parece, sobre todo en tiempos en los que priman los bulos y la manipulación del lenguaje) o reducir las vulnerabilidades en la migración. Hay también obligaciones algo más concretas, como medidas para evitar la separación de las familias o usar el internamiento de migrantes exclusivamente como última opción.

Insuficiencias relevantes


Las insuficiencias del pacto son múltiples. La más relevante probablemente sea que se centra en los migrantes y deja fuera a los refugiados. Hoy en día, la práctica de la movilidad humana a escala global incluye ambas categorías, cuyos límites cada vez resultan más difusos, e intentar dar respuesta a una sola es un modo de legitimar un trato diferenciado, algo que difícilmente puede estar justificado cuando son la necesidad y la desesperación las que acucian tanto a unos como a otros, que yerran igualmente desprotegidos por el mundo.

Otra insuficiencia igual de relevante o más de este pacto es que no establece un marco global que permita articular canales regulares y previsibles para poder migrar. Si, como es el caso, las economías de los países desarrollados precisan de un número cada vez mayor de mano de obra extranjera, un mínimo de pragmatismo exigiría que la migración no fuera obstaculizada, sino más bien encauzada. Es más, si los Estados no abren con determinación este tipo de vías, deberían ser consecuentes y no reprochar a nadie que haya llegado ilegalmente cuando nunca se le dio oportunidad de hacerlo regularmente.

La voluntad de cooperación que revela la firma del Pacto de Marrakech es digna de ser celebrada en la medida que constituye un paso en la dirección correcta, aunque sea insuficiente. Una gobernanza global de los movimientos internacionales de personas sólo será factible si se logra un acuerdo realmente vinculante que abarque todas las dimensiones de la movilidad humana, incluyendo tanto migrantes como refugiados. No menos decisivo será disponer de marcos claros, supervisados por una organismo supraestatal competente, que permita los movimientos transfronterizos y vele por el efectivo respeto de los derechos humanos de quienes los protagonizan, el eslabón siempre más débil.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
The Conversation

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Reportajes

La Retirada: el éxodo de enfermos más grande en la historia de España

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Entre enero y febrero de 1939 cruzaron los Pirineos orientales cerca de medio millón de refugiados españoles, huyendo del avance de las tropas franquistas en Cataluña. Se trata de La Retirada, el éxodo español más importante –y posiblemente europeo– del siglo XX, como consecuencia de la Guerra Civil (1931-1939).

La principal característica de La Retirada fue la recepción en el país galo de un gran número de refugiados en un corto periodo de tiempo, apenas dos semanas. La situación superó todo tipo de expectativas y cualquier indicio de organización por parte del Gobierno de la III República Francesa (1870-1940).

Blessé, blessé?


Entre los colectivos exiliados encontramos más de 13 000 heridos y enfermos. La mayoría llegó por tren, y la estación internacional de Cerbère fue una de las más importantes receptoras. Los trenes tenían que ser desalojados a medida que llegaban, debido al cambio de ancho de vía, y los heridos debían esperar a ser evacuados en ferrocarriles hacia hospitales del interior de Francia. Esta situación hizo que se llegaran a hacinar cerca de 3 000 heridos en esa estación.

Puesto sanitario de la estación internacional de Cerbère. Visita del ministro del Interior. 2 de febrero de 1939. Archives Nationales, 11AR 848

Mientras la mayoría de los refugiados avanzaban hacia el interior de Francia entre los gritos de “Allez, allez !”, los heridos eran movilizados hacia improvisadas enfermerías bajo la pregunta: “Blessé, blessé ?”.

Cualquier lugar era válido para llevar a cabo la cura de una herida o intentar bajar la fiebre de los enfermos que presentaban algún tipo de infección. Las enfermeras de la Cruz Roja Francesa estuvieron presentes en la frontera desde los inicios del éxodo, adelantándose a las decisiones gubernamentales. A ellas se sumaron sanitarios franceses, así como los profesionales exiliados. Las provisiones eran prácticamente inexistentes.

Los barcos-hospitales


En apenas unos días se acondicionaron cuatro buques en el puerto de Marsella para que cumplieran funciones hospitalarias. Los barcos Maréchal-Lyautey y Asni fueron enviados a Port-Vendres, municipio situado a escasos 15 km. de la frontera española, y los barcos Patria y Providence permanecieron en el puerto de Marsella.

Los cuatro barcos llegaron a cubrir más de 4 000 camas hospitalarias en su conjunto. La asistencia en estos nuevos espacios fue frenética durante las primeras semanas. Los barcos de Port-Vendres apenas contaron con 70 enfermeras de la Cruz Roja Francesa para 1 800 heridos. Estas enfermeras llegaron a practicar hasta 500 curas diarias, colocaron hasta 800 yesos y en el medio atendían quirófanos y prestaban cuidados las 24 horas.

Los refugiados vivían en estos barcos-hospitales en condiciones penitenciarias. No podían salir de los buques, no se les permitía ningún tipo de contacto con el exterior y se les practicaban registros rutinarios diarios. Una vez curados, los refugiados eran repatriados o enviados hacia los campos de concentración del sur de Francia. Pero el elevado coste de la asistencia a bordo hizo que se decidiera cerrar los barcos y derivar los heridos a los hospitales de tierra.

Barco-hospital Maréchal-Lyautey en el muelle de Port-Vendres. Febrero de 1939. Archives Départémentales des Pyrénées-Orientales, Fondo Chauvin, 27Fi 177

Epidemias recurrentes


Los hospitales civiles franceses no tenían suficientes camas y los barcos-hospitales suponían un alto coste. Se tuvo que habilitar viejos edificios y convertirlos en hospitales. Aunque la dirección y gestión de estos centros fue en su mayoría francesa, entre el 75 y el 90 % de los sanitarios eran exiliados españoles, los cuales no recibían remuneración alguna.

Una vez se les abrió la frontera a los militares, el 5 y 6 de febrero de 1939, se fueron inaugurando de forma escalonada los campos de concentración de Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien y Le Barcarès. Arena y espino era todo el cobijo que les esperaba a los refugiados en Francia, un medio muy hostil desde el punto de vista higiénico-sanitario.

Durante los primeros meses de funcionamiento de los campos, las defunciones y epidemias fueron recurrentes. Tuvieron que pasar unos meses para que comenzaran a regularse los nuevos espacios asistenciales, tanto dentro como fuera de los campos. Poco a poco se fueron destinando barracones a las funciones de enfermería y los sanitarios españoles asumieron el grueso de la asistencia sanitaria.

Con el inicio de la II Guerra Mundial (1939-1945), el destino de los enfermos crónicos y los refugiados con algún tipo de discapacidad se recrudeció, ya que no eran útiles para la economía francesa. En otras palabras, estos refugiados pasaron a denominarse “ineptos” e “incurables”.

El destino de los “incurables” y los “ineptos”


En 1941 se abrieron los campos-hospitales de Noé y Récébédou, al sur de Toulouse. A estos centros se enviaron, desde otros campos de concentración, los refugiados ancianos con algún tipo de enfermedad crónica o discapacitante. La idea era dar tratamiento a 2 000 refugiados. Lamentablemente, este proyecto fracasó ante una dirección corrupta que dificultaba la entrada de organizaciones de ayuda humanitaria. El campo de Noé cerró en mayo de 1946.

Sin lugar a dudas, los refugiados españoles heridos y enfermos fueron uno de los colectivos más vulnerables de La Retirada. Aquellos que no lograron una cura o que presentaron alguna enfermedad crónica estuvieron vagando por la geografía francesa hasta el final de la II Guerra Mundial.

A día de hoy, encontramos algunos estudios que dan continuidad al destino de los enfermos una vez terminada la II Guerra Mundial, como es el caso del Hospital Varsovia de Toulouse, pero todavía quedan muchas lagunas por cubrir al respecto.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Reportajes

¿Quién ganó la guerra? El nacionalismo que dejó la Segunda Guerra Mundial

Han pasado más de 74 años desde la última gran guerra. Hoy es bueno ver qué refleja cada ciudadano sobre estos acontecimientos bélicos y analizar qué piensan sobre la contribución de su país en la victoria o en el desarrollo mundial.

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Pregúntele a cualquiera de los pocos veteranos restantes de la Segunda Guerra Mundial qué hicieron durante la guerra y es probable que obtenga una respuesta humilde, pero si le preguntamos a una persona en la calle qué tan importante fue la contribución de su país al esfuerzo de guerra y probablemente escuchará algo mucho menos modesto.


Un nuevo estudio indica que las personas de Alemania, Rusia, el Reino Unido y los Estados Unidos, en promedio, piensan que su propio país asumió más de la mitad de la carga de luchar contra la Segunda Guerra Mundial.

Al parecer los recuerdos colectivos nacionales parecen estar engañándolos, y esto es parte de un patrón mucho más general. Además de esos veteranos que no desean deleitarse en los horrores de la guerra, podemos tener una tendencia psicológica general a creer que nuestras contribuciones son más significativas de lo que realmente son.

Este extraño aumento de nuestros propios esfuerzos parece ser omnipresente. Por ejemplo: en los negocios, el deporte o el entretenimiento, es muy fácil para cada participante pensar que su propio polvo "especial de estrellas" es la verdadera razón por la que su compañía, equipo o espectáculo fuese un éxito.

También funciona para las naciones. Un estudio realizado el año pasado, dirigido por el investigador de memoria de Estados Unidos Henry Roediger III, solicitó a las personas de 35 países el porcentaje de contribución que su propia nación ha hecho a la historia mundial. Los resultados son sorprendentes en la autoevaluación los ciudadanos de India, Rusia y el Reino Unido creen en promedio, que sus propias naciones tienen más de la mitad de la responsabilidad del progreso mundial.

Un escéptico podría notar que "contribuir a la historia mundial" es una idea bastante nebulosa, que cada nación puede interpretar a su favor. (Los italianos, al 40%, podrían centrarse en los romanos y el Renacimiento, por ejemplo). Pero, ¿qué pasa con nuestra responsabilidad en eventos mundiales específicos? El último estudio del laboratorio de Roediger aborda la cuestión de las contribuciones nacionales a la Segunda Guerra Mundial.

Los investigadores encuestaron a personas de ocho antiguos países aliados (Australia, Canadá, China, Francia, Nueva Zelanda, Rusia / URSS, Reino Unido y Estados Unidos) y tres antiguas potencias del Eje (Alemania, Italia y Japón). Como era de esperar, las personas del lado aliado ganador calificaron a sus propios países altamente, y las respuestas porcentuales promedio sumaron hasta el 309%. Los ciudadanos del Reino Unido, Estados Unidos y Rusia creían que sus países habían contribuido más del 50% del esfuerzo de guerra y eran más del 50% responsables de la victoria.

World War II deaths by country. How would you work out which country contributed the most? Dna-Dennis/Wikimedia Commons

Con los anterior se puede sospechar que los poderes perdedores del Eje, cuyo registro histórico está inextricablemente ligado al inconmensurable sufrimiento humano de la guerra, podrían no estar tan orgullosos. Como dijo el ex presidente estadounidense John F. Kennedy (haciéndose eco del historiador romano Tácito): "La victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana". Quizás los resultados para los países aliados solo reflejan una tendencia humana general a reclamar crédito por logros positivos. Sin embargo, los ciudadanos de las tres potencias del Eje también reclaman excesivamente las acciones del esfuerzo de guerra (un total del 140%). En lugar de minimizar su propia contribución, incluso las naciones derrotadas parecen exagerar su papel.

¿Por qué? La explicación más simple es que reunimos las respuestas a las preguntas, de cualquier tipo, entrelazando cualquier fragmento de información relevante que podamos recordar. Y los fragmentos de información que se nos ocurran dependerán de la información a la que hemos estado expuestos a través de nuestro entorno educativo y cultural. Los ciudadanos de cada nación aprenden mucho más sobre el propio esfuerzo de guerra de su país que los de otros países. Me vienen a la mente estos recuerdos de "la nación natal", y el resultado inevitable es una evaluación sesgada.

Por lo tanto, puede que no haya un "nacionalismo psicológico" inherente en juego aquí. Y nada especial sobre la memoria colectiva, más que individual, tampoco. Simplemente improvisamos respuestas, tal vez lo más honestamente posible, en función de lo que proporciona nuestra memoria, y nuestra memoria, inevitablemente, magnifica nuestros propios esfuerzos (o los de nuestra nación).

¿Cómo se calcula la responsabilidad real?


Una nota de precaución está en orden. Asignar responsabilidades para eventos pasados ​​desconcierta no solo a los ciudadanos comunes, sino también a los filósofos académicos. Imagina una caprichosa situación en la que dos asesinos esperanzados ponen dosis letales de cianuro en el café de Lady Fotherington. Cada uno podría decir: "No es mi culpa, ella habría muerto de todos modos". ¿Es culpa de cada uno "la mitad" y, por lo tanto, se debe a una sentencia reducida? ¿O son ambos 100% culpables? Este envenenamiento es una cuestión simple en comparación con las causas enredadas de la victoria y la derrota militar. Por lo tanto, no está del todo claro lo que incluso cuenta como sobreestimar o subestimar nuestras responsabilidades porque las responsabilidades son muy difíciles de evaluar.

Aún así, la tendencia a exagerar nuestro papel y el de nuestra nación en casi cualquier cosa parece demasiado plausible. Vemos la historia a través de una lupa que apunta directamente a nosotros mismos. Aprendemos más sobre la historia de nuestra propia nación. Por lo tanto, los esfuerzos y las contribuciones de nuestra nación de origen inevitablemente vienen a la mente (muertes militares y civiles, batallas clave, avances tecnológicos, etc.). Los esfuerzos y las contribuciones de otras naciones se perciben de manera más tenue y, a menudo, en absoluto.

Y la lupa sobre nuestros esfuerzos es generalizada en la vida diaria. Puedo encontrarme pensando irritadamente, mientras descargo el lavavajillas, "¡Bueno, ni siquiera recuerdo la última vez que hiciste esto!" Pero, por supuesto que no. No porque no lo hiciste, sino porque yo no estaba allí.

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