La explosión en el Internado Nacional Barros Arana (INBA) que dejó 35 estudiantes heridos marcó un punto crítico para un liceo que, según Gonzalo Saavedra, exrector y docente, ha estado en una decadencia sostenida durante más de una década. Saavedra, con una conexión de 35 años con el establecimiento, asegura que la violencia y falta de control eran evidentes hace mucho tiempo, y que la falta de una intervención a tiempo ha llevado a esta situación.
Para el profesor, en entrevista con El Mercurio, quien también fue víctima de la violencia en el recinto, este incidente no es un caso aislado. "A mí me golpearon, y gracias a Dios no me caí, porque no estaría aquí o estaría en silla de ruedas", relata Saavedra, quien enfatiza que el deterioro de la infraestructura y la falta de una respuesta firme contribuyeron al problema.
Adultos aplaudieron y alentaron actitudes extremas
Saavedra subraya la responsabilidad de los adultos en el comportamiento de los estudiantes. "Con el estallido social, muchos adultos aplaudían a estos niños como si hubieran despertado al país", afirma. Esta actitud, según él, contribuyó a que los estudiantes, aún en proceso de maduración, asumieran actitudes violentas como una forma de expresión.
"La pérdida de respeto hacia las instituciones, como Carabineros y los profesores, es un reflejo de esos límites que se corrieron. No se puede permitir que la violencia se normalice en las aulas, porque con ese tipo de violencia es imposible desarrollar el proceso de enseñanza".
Propuestas para la educación pública y un llamado a la intervención real
Para Saavedra, la solución no se encuentra en más violencia ni en castigos, sino en una intervención estructural que no solo actúe como parche. Considera que el Mineduc debe dar autonomía a los directores para tomar decisiones que contribuyan a sanar el ambiente escolar y a ofrecer oportunidades a los estudiantes que quieran aprender. "Hay que sacar a los niños que no entienden otra cosa más que destruir, y canalizar su energía y necesidades a través de un apoyo concreto que incluya intervención emocional y social", plantea el docente.
Asimismo, critica que hasta ahora las soluciones no han abordado el problema de raíz, señalando que "la educación pública necesita de un proyecto a largo plazo que incluya una revisión profunda del sistema educativo".
El impacto emocional y psicológico en la comunidad
El exrector menciona también las secuelas emocionales de vivir diariamente con enfrentamientos, gases lacrimógenos y agresiones. "Estas experiencias afectan a las comunidades de manera duradera. Nadie puede resistir tanto tiempo sin que quede una marca en su salud emocional y mental", afirma.
Un llamado a una intervención integral
Finalmente, Saavedra hace un llamado urgente a la intervención en los liceos que enfrentan violencia extrema. Insiste en que se deben buscar soluciones concretas y humanas que aborden los vacíos emocionales y afectivos de los estudiantes, para así evitar que estos episodios se repitan y contribuir a un entorno educativo saludable y seguro.