fbpx
Connect with us

Vida y Ocio

¿Sabía que usted es descendiente de Carlomagno?

Avatar

Publicado

el

Todos tenemos un padre y una madre biológicos. Ellos, a su vez, tuvieron los suyos, de manera que todos tenemos dos abuelos y dos abuelas. Si seguimos la secuencia hacia atrás: ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, etc. Si cada generación está separada de la anterior por 30 años, podríamos haber llegado a tener unos 16 000 ascendientes al comienzo del siglo XVII, unos 16 millones a principios del XIV y unos 16 000 millones en los albores del XI, hace unos mil años.


A estas alturas ya se habrá dado usted cuenta de que eso, sencillamente, es imposible.

En efecto, y sin tener que retroceder tanto, el número real de nuestros ascendientes es muy inferior al que se calcula haciendo esas operaciones. La razón es clara: muchos de nuestros ancestros lo son por varias líneas genealógicas. Esto es más improbable cuanto más cercanos en el tiempo son los ascendientes, pero aumenta conforme vamos hacia atrás.

A comienzos del siglo XIV había unas 450 millones de personas en el mundo (alrededor de 70 en Europa), por lo que bien pudieron haber vivido unos 16 millones de ancestros de cada uno de nosotros entonces. Pero hace mil años sólo vivían 400 millones (unos 50 en Europa). Por lo tanto, es matemáticamente imposible que viviesen 16 000 millones de antepasados nuestros en aquella época.

Hablamos con naturalidad de árbol genealógico porque visualizamos nuestros ancestros como un árbol que se ramifica poco a poco hacia atrás. Pero la realidad es muy diferente. Ya desde generaciones no tan lejanas algunas de las ramas confluyen, y si nos retrotraemos a tiempos remotos, ni siquiera cabe hablar de ramas. Las líneas genealógicas configuran una especie de maraña o, si se quiere, de malla con múltiples cruzamientos.

Por otro lado, muchas líneas no dejan descendencia ninguna en cada generación. Conforme retrocedemos en el tiempo, la red va haciéndose más y más estrecha: se calcula que en los albores del Neolítico, hace unos 12 000 años, vivían en el mundo menos de 4 millones de personas, unos 60 millones en la época homérica, y mil millones al comienzo del siglo XIX.

Deberías leer:  La obesidad digital amenaza nuestro bienestar: cambiemos la dieta

Adam Rutherford cuenta, en su Breve historia de todos los que han vivido, que todos los que tenemos ascendencia europea procedemos, por una vía u otra, de Carlomagno. Todos pertenecemos, por lo tanto, a un linaje real. No es broma, aunque sea del todo irrelevante. Quienes tenemos algún ancestro europeo no solo descendemos de Carlomagno, también procedemos de todos los europeos de su época –alrededor del año 800– que dejaron descendencia y ha llegado hasta el siglo XXI. Se estima que la de un 20 % no ha llegado.

No hace falta ir tan atrás en el tiempo para localizar el momento en que confluyen nuestras líneas genealógicas. Todos los europeos compartimos un antepasado común que vivió hace, aproximadamente, unos 600 años. Y si los mismos cálculos que han permitido obtener esa cifra se hacen para toda la humanidad, se estima que todos los seres humanos compartimos un antepasado común que vivió hace unos 3 400 años. Porque, aunque cueste creerlo, no se sabe de ninguna población que haya permanecido completamente aislada durante los últimos siglos.

Estas cosas resultan desconcertantes. Piénselo si ha depositado una muestra de saliva en un tubito y le han dicho que en su linaje confluyen ascendientes de las tribus guerreras de las estepas rusas, de los bravos vikingos que sembraron el caos y la destrucción en Europa, y de los egipcios que levantaron las pirámides. Lo más probable es que usted tenga esa ascendencia.

También la tengo yo.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Vida y Ocio

La obesidad digital amenaza nuestro bienestar: cambiemos la dieta

Avatar

Publicado

el

Move fast and break things”, el lema del cuartel general de Facebook, se ha materializado en un ecosistema digital que acelera los ritmos, fragmenta y polariza el espacio público. Desde hace años, se suceden los escándalos, aumenta la crítica interna y externa de las grandes empresas tecnológicas. La desintermediación digital, que democratizaría la agencia comunicativa, nunca tuvo lugar.

Un ecosistema comunicativo híbrido explota las sinergias entre los nuevos medios digitales y los tradicionales, especialmente la televisión. Pero priman las redes centralizadas, los protocolos y los algoritmos de código cerrado. La esfera pública digital muestra el dominio de las grandes corporaciones y de los estados con más poder; en consecuencia, genera desigualdad acumulativa. Una desigualdad que aumenta cuanta más actividad digital desplegamos.

El actual estado de hiperconexión y saturación recomienda una aproximación dietética: desconectarnos, reprogramarnos y resetearnos; es decir, retomar la conexión digital con arquitecturas comunicativas descentralizadas y modelos de negocio más responsables socialmente. Se trataría de cambiar nuestra dieta digital para alterar el modo de producirla. Porque la actual concentra en muy pocos actores la capacidad de intervenir en la esfera pública.

Las “propiedades políticas” de la tecnología digital –las desiguales relaciones de poder que establece– son consecuencia de haberla encauzado hacia la industria del big data y la mercadotecnia. Esto ha ocurrido, además, en un contexto de “des-institucionalización y descontrol tecnológico”. Los monopolios de facto de las grandes corporaciones ofrecen una falsa interactividad. Las plataformas privativas, monetarizan y acaparan los réditos del capitalismo cognitivo. Convertido en modelo hegemónico, los desequilibrios geopolíticos aumentan.

Ya lo dijo Orwell


Se ha instalado un estado permanente de guerra comercial, tecnológica y cibernética entre EE.UU., China y Rusia. Coinciden, respectivamente, con las tres superpotencias que Orwell profetizó en 1984: Oceanía, Esteasia y Eurasia. La inteligencia colectiva de las poblaciones sirve al Estado o, más bien, a las megacorporaciones. Snowden evidenció la convergencia entre espionaje y monitorización corporativa en las democracias. La “Internet china” –y pronto la rusa– materializan los riesgos de una colusión entre estados autoritarios y el mercado.

La dietética digital sugiere la conveniencia de adoptar tácticas individuales, apoyadas en estrategias colectivas y políticas públicas
Hemos perdido autonomía y soberanía tecnológicas, tras haber cedido nuestros canales comunicativos al “capitalismo de vigilancia”: la cadena de interfaces genera big data, que es custodiado en nubes corporativas. Convertido en predicciones, se vende en mercados de comportamientos futuros. Si estos pudiesen ser anticipados y moldeados por intereses ajenos, peligraría el libre albedrío, el fundamento de la libertad.

La industria de servicios digitales ha implantado el posfordismo, extremando el modelo productivo de la McDonalización: hacer trabajar al cliente para rebajar los costes y abaratar los precios. Pareciera un intercambio justo, pero los usuarios trabajan en líneas de montaje invisibles. Producen perfiles digitales de forma inconsciente y no remunerada. Siguen los principios McDonalizadores: eficacia, cálculo, control y previsibilidad.

Algoritmos basura


Los “algoritmos basura” explotan con eficacia los sesgos cognitivos más negativos para maximizar el minado de datos. En tiempo real, calculan el valor y controlan el ritmo de las actividades y los flujos de contenido digital. Viralizan los más polarizados, para estimular el engagement y convertirlo en una actividad digital compulsiva que genere más datos. El objetivo final reside en anticipar, hacer previsibles, las futuras decisiones de consumo o ideológicas.

Las “cámaras de eco” de las mal llamadas “comunidades digitales” –consideradas data farms por la industria– reducen la disonancia y la ansiedad. Dos sentimientos que resultan inevitables en el universo inconmensurable de internet. Y, como en la industria de comida procesada, la cantidad –de conexiones e interacciones– se antepone a la calidad –de contenidos y debate público–. La analogía dietética muestra así su pertinencia.

La sal, el azúcar y las grasas –predominantes en la comida procesada– son el trasunto alimentario de las fake news y la infotoxicación digital: falsas calorías, adictivas y con escaso aporte nutritivo para el cuerpo social. Las interfaces aplican tecnologías adictivas que remiten al fast food. Secuestran la atención y fomentan un compromiso con escasa voluntad. Minamos datos en jornadas continuas, sin festivos ni remuneración. No controlamos el ritmo ni los frutos de ese trabajo invisible, que coloniza nuestro tiempo de ocio. Ignoramos el valor de los datos y los riesgos asociados a la pérdida de anonimato, privacidad e intimidad.

Deberías leer:  La obesidad digital amenaza nuestro bienestar: cambiemos la dieta

Resulta difícil, en estas condiciones, desempeñarse como emprendedores de nuestras marcas online. Al contrario, nuestra bulímica actividad acarrea una obesidad digital generalizada. Acostumbrados a un alto nivel de consumo, minamos datos en las galerías del deep path: el interfaz oculto, diseñado para generar descargas de dopamina. La gestión algorítmica de nuestras hormonas amenaza con ofrecer monodietas digitales, personalizadas por el micro-targeting publicitario.

La industria del big data responde a un modelo extractivista de los recursos cognitivos en la¡ sociedad del conocimiento. Monopoliza la economía de la atención y contamina el ecosistema informativo. Interfiere y acapara las conexiones digitales e inunda la esfera pública de contenidos autopromocionales y persuasivos. Además, los disfraza de información veraz o genuina conversación interpersonal. En última instancia, la acción comunicativa habermasiana deviene en mercadotecnia.

El considerado prosumidor ha sido integrado en todas las fases de producción. Realiza estudios de mercado que, por primera vez, él mismo costea: aporta los dispositivos, las aplicaciones y los costes de conexión. No declara sus intenciones futuras. Las búsquedas, elecciones y reacciones se registran de forma automática y en tiempo real. Colabora así en diseñar y difundir nuevos productos y servicios. Elabora y protagoniza publicidad microsegmentada. En última instancia, su dieta digital anticipa la oferta que consumirá y sus decisiones offline.

Ana Galvañ / Telos

Lo individual y lo público


La dietética digital sugiere la conveniencia de adoptar tácticas individuales, apoyadas en estrategias colectivas y políticas públicas. La pedagogía tecnológica debiera fomentar usos y consumos digitales más saludables. Lo serán en la medida que protejan la privacidad y el control de los datos, blindando espacio y tiempo para la interacción offline. Porque se trata de reforzar las redes presenciales: poniendo las digitales a su servicio para desplegar las energías más allá de los teclados.

Este cambio de prácticas necesita acompañarse de infraestructuras comunitarias y medidas (inter)estatales que consideren el big data un bien común o público; y así complementen la iniciativa privada. Una ciudadanía digital, consciente y crítica, no se reduce al estatus de consumidora y espectadora. Se materializa en una sociedad civil organizada en grupos locales y redes globales de producción y reprogramación; que debieran desarrollar código y equipamientos de código libre y abierto. Dicho de otro modo, aplicarían la economía de proximidad, los ritmos y el sentido colectivo de las dietas propias del movimiento slow food. Y trasladado al ámbito pedagógico, los huertos escolares serían acompañados con hacklabs. Ya ocurre en algunas experiencias innovadoras y debiera generalizarse.

En el terreno de las políticas públicas surgen numerosas iniciativas. Despuntan las plataformas ligadas a las radiotelevisiones públicas. Con una arquitectura abierta y descentralizada permiten a la ciudadanía crear plataformas propias y usar el big data para objetivos específicos. Además, cuidan de la salud pública digital: verifican y desmienten los contenidos digitales más tóxicos.

Estas redes públicas son ya realidad en un país como Nueva Zelanda y figuran en los programas electorales más progresistas. Se financiarían con un régimen fiscal y sancionador de las corporaciones tecnológicas que resulta urgente adoptar. La obesidad digital amenaza el bienestar individual y colectivo. Tras el hartazgo, ha llegado el momento de asumir la necesidad de una nueva dieta tecnológica y el compromiso de generarla en los tres niveles señalados.

 

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Seguir leyendo

Tendencias

¿Por qué perros y gatos comen hierbas para vomitar minutos después?

Avatar

Publicado

el

Gatos y perros hacen muchas cosas raras. Cuántas veces me habrán preguntado por qué comen hierba, a veces para vomitar unos minutos más tarde. Un falso mito dice que lo hacen para purgarse, pero no es así. ¿O acaso sus mascotas siempre vomitan después de comerla? ¿Y por qué no suelen mostrar síntomas de encontrarse mal antes? Simplemente, porque la purga no siempre es una explicación válida.


Veamos qué se sabe realmente sobre por qué perros y gatos comen plantas y si es bueno o no permitirlo. Empezaré por los gatos.

La mayoría de los dueños de gatos (si es que alguien es verdaderamente capaz de adueñarse de un animal tan independiente) te dirán que si Micifúz zampa un poco de hierba y luego vomita, es que está teniendo problemas estomacales y lo hace para purgarse. Eso no es necesariamente cierto. En realidad, los gatos, esas mascotas tan sigilosas a las que nunca vemos satisfacer sus necesidades fisiológicas, comen hierba todo el tiempo. Sus dueños solo se dan cuenta de esa práctica cuando encuentran vómitos verduzcos en el suelo.

Investigadores de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de California en Davis (EE UU) prepararon un trabajo de investigación cuyo protocolo consistía en que más de mil dueños de gatos (el único requisito era que los felinos tuvieran acceso a un jardín) pasaran al menos tres horas al día observando el comportamiento de su mascota. Como muchos propietarios de felinos sospechaban, comer hierba es un hábito extremadamente común: el 71 % de los animales lo hicieron al menos seis veces en el período de observación y el 61 % más de diez veces. Solo un 11 % no mostró prácticas vegetarianas.

Mientras que el 39 % de los gatos jóvenes (tres años o menos) comía plantas todos los días, solo el 27 % de los mayores de cuatro lo hacía. En cuanto a los vómitos, el número de gatos mayores que vomitaba después de ingerir hierba (30 %) casi triplicaba al de jóvenes (11 %). Los científicos descartaron otra suposición común: que comer hierba ayuda a los gatos a expulsar bolas de pelo.

En una ponencia presentada en el Congreso de la Sociedad Internacional de Etología Aplicada celebrado en Bergen (Noruega) entre el 5 y el 9 del pasado mes de agosto, los investigadores concluyeron (p. 106) que el vómito es simplemente una consecuencia ocasional de comer hierba y no el objetivo. Comer plantas es instintivo y hacerlo supone (o al menos suponía) un beneficio evolutivo para los felinos.

Numerosas investigaciones realizadas en carnívoros salvajes han demostrado que comen habitualmente plantas, como se puede comprobar observando los restos vegetales sin digerir que aparecen en sus excrementos. Estudios sobre primates revelan que la ingesta de plantas no digeribles purga el sistema intestinal de parásitos helmínticos. Dado que prácticamente todos los carnívoros salvajes sufren una carga de parásitos intestinales, el consumo regular e instintivo de plantas tendría un papel adaptativo para mantener una carga tolerable de parásitos en su sistema digestivo, independientemente de que el animal detecte o no los parásitos.

Deberías leer:  Las recetas de los Nobel de Economía para reducir la pobreza

Basándose en investigaciones realizadas en animales salvajes, la hipótesis de los investigadores es que, aunque los mimados gatos caseros de hoy probablemente ya no tengan esos parásitos, la ingesta de hierba es una estrategia innata que probablemente evolucionó por primera vez en un ancestro salvaje (desde 2017, gracias a un trabajo de investigación publicado en Nature, sabemos que todos los gatos tienen un ancestro común) para aumentar la actividad muscular en el tracto digestivo y ayudarlos a expulsar los parásitos intestinales. La investigación también respalda la hipótesis de que los animales jóvenes aprenden a comer plantas de los adultos.

¿Y los perros?


Esa conclusión refleja lo que el autor principal de la ponencia, Benjamin L. Hart, encontró en un estudio similar publicado en 2008 que analizaba la frecuencia del consumo de plantas en perros.

En esa investigación, el equipo también descubrió que los perros rara vez presentaban enfermedades antes de comer hierba y que el vómito era una consecuencia relativamente rara de comerla. Además, la investigación también concluyó que la frecuencia de ingerirla no estaba relacionada con la dieta del perro o con la cantidad de fibra que engullía, lo que sugiere que no estaban tratando de compensar alguna deficiencia dietética.

En ambos casos, Hart y su equipo plantean la hipótesis de que los animales más jóvenes comen más hierba porque su sistema inmunológico no es tan bueno para mantener a raya a los parásitos, y porque el estrés nutricional es más perjudicial para los animales en crecimiento que para los perros y gatos adultos.

También señalan que los gatos parecen comer menos hierba que los perros, lo que podría deberse bien a que las infecciones parasitarias eran menos frecuentes entre las especies ancestrales felinas, bien a que el hábito gatuno de enterrar sus heces y evitar las de los demás reduce la propagación de parásitos en comparación con los perros, que son muy aficionados a meter el hocico en asuntos ajenos.

El resultado es que comer hierba no es una señal reveladora de que un animal esté enfermo y, lo que es más importante, es un comportamiento instintivo que incluso el propietario más diligente no podrá impedir. La mejor solución, sugiere el equipo de investigación, es asegurarse de que los gatos de interior (a los perros siempre hay que sacarlos) tengan asegurado un suministro regular de plantas no tóxicas para masticar.

Si después lo vomitan en el suelo de la cocina es un pequeño precio a pagar por la preciosa compañía que le presta su peluda mascota.

 

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
The Conversation

Seguir leyendo

Tendencias

"Pulpo vampiro": el impactante octópodo que impacta en las redes sociales

El animal fue capturado por pescadores de la localidad de Yucatán, Mexico.

Avatar

Publicado

el

Por

Un extraño pulpo está llamando la atención en las redes sociales, esto debido a un hallazgo considerado como "insólito" por un ciudadano mexicano.


Se trata de la fotografía del "pulpo vampiro", que fue subido y bautizado bajo ese nombre por Jesús Álvarez a su cuenta de Facebook.

Pulpo vampiro en sisal

Posted by Jesus Alvarez Martinez on Wednesday, August 21, 2019

Y claro, el nombre tiene sentido debido a su aspecto que tiene este molusco, el cual fue encontrado entre los demás pulpos pescados normalmente.

Como se puede observar en la imagen, el denominado "pulpo vampiro" se caracteriza por ser de color negro y tener ojos blancos, además que sus tentáculos tienen membranas similares a las de un murciélago.

En un principio se pensaba que el ejemplar tenía una mutación genética, pero más tarde se especificó que este animal es un Vampyroteuthis Infernalis, el cual es poco común debido a solo se encuentra en aguas muy profundas, según consigna Contexto.

Deberías leer:  Las recetas de los Nobel de Economía para reducir la pobreza
Seguir leyendo
Publicidad