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Vida y Ocio

La revolución digital requiere un nuevo contrato social

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La Declaración de Independencia del Ciberespacio es un texto presentado en Davos (Suiza) el 8 de febrero de 1996 por John Perry Barlow, fundador de la Electronic Frontier Foundation (EFF). Fue escrita como respuesta a la aprobación en 1996 de la Telecommunication Act en los Estados Unidos.

El texto es una reivindicación que critica las interferencias de los poderes políticos que afectan al mundo de internet y defiende la idea de un ciberespacio soberano.

La Declaración afirma: “Estamos creando nuestro propio contrato social. Esta autoridad se creará según las condiciones de nuestro mundo, no del vuestro. Nuestro mundo es diferente. El ciberespacio está formado por transacciones, relaciones y pensamiento en sí mismo, que se extiende como una quieta ola en la telaraña de nuestras comunicaciones. Nuestro mundo está a la vez en todas partes y en ninguna parte, pero no está donde viven los cuerpos. (…) Debemos declarar nuestros "yo” virtuales inmunes a vuestra soberanía, aunque continuemos consintiendo vuestro poder sobre nuestros cuerpos. Nos extenderemos a través del planeta para que nadie pueda encarcelar nuestros pensamientos. Crearemos una civilización de la mente en el ciberespacio. Que sea más humana y hermosa que el mundo que vuestros gobiernos han creado antes".

Como podemos deducir de su enunciado, el utopismo ácrata se oponía a cualquier regulación del ciberespacio por entender que con ello se reprimía la libertad de los cibernautas al tiempo que se reforzaba el poder estatal.

Pero la realidad no es tan simple. Paradójicamente, los grandes beneficiarios de la anarquía de internet no son los cibernautas particulares, sino las grandes multinacionales e, incluso, los aparatos de control social de los gobiernos. Los peligros de una utilización abusiva, incontrolada o criminal de ese espacio, plantean ahora, de forma apremiante, la necesidad de su ordenación jurídica.

En el ciberespacio las cosas son algo distintas que en la realidad: no tienen materia, las fotos pueden ser retocadas, las ideas circulan con mayor libertad… Algo similar sucede con los derechos, que sufren una digitalización. Esta digitalización de los derechos no consistiría más que en pasar los derechos de siempre por el tamiz de las características del mundo digital. Por ello, conviene determinar con la mayor precisión posible cuáles son las notas o características principales del mundo digital.

En cierto sentido, esa idea del utopismo ácrata del ciberespacio se enlaza mejor con una visión más ligada a la formación de una conciencia global híbrida artificial de escala planetaria y con las teorías sobre la Noosfera que con las visiones a corto plazo y mercantiles del ciberespacio ligadas a una mirada más pragmática sobre internet.

En esta última acepción, el ciberespacio es el ámbito de información que se encuentra implementado dentro de los ordenadores y de las redes digitales de todo el mundo. Es virtual, inexistente desde el punto de vista físico donde las personas o sujetos, públicas o privadas, desarrollan comunicaciones a distancia, exponen sus competencias y generan interactividad para diversos propósitos.

Revolución digital


El concepto de contrato social pertenece en su inicio al pensador Jean-Jacques Rousseau que, a mediados del siglo XVIII, escribió un libro del mismo título, considerado precursor de la Revolución Francesa y de la Declaración de los Derechos Humanos, que trataba de la libertad y la igualdad de las personas bajo estados instituidos por medio de un contrato social. Ese contrato era una suerte de acuerdo entre los miembros de un grupo determinado que definía tanto sus derechos como sus deberes.

Actualmente se alzan diversas voces que hablan de la necesidad de construir un nuevo contrato social que establezca las pautas de comportamiento de la nueva civilización que estamos alumbrando a partir de la presente revolución digital.

En esta línea, se enmarca el Manifiesto por un nuevo pacto digital, elaborado por Telefónica. José María Álvarez-Pallete, su presidente ejecutivo, afirma que “no vivimos en una época de cambios, sino en un cambio de época. Ha llegado el momento de alcanzar un acuerdo, un Nuevo Pacto Digital, que asegure que los beneficios de la digitalización estén disponibles para todos. La revolución digital precisa un marco renovado de valores y una modernización de políticas. Necesitamos una Carta de Derechos Digitales mientras las empresas deben asumir la responsabilidad del impacto de la tecnología en nuestras vidas”.

En términos generales el nuevo contrato social deberá, pues, tener en cuenta las transformaciones ocurridas en las últimas décadas y otros elementos que se han incorporado a las inquietudes centrales del planeta en que vivimos, como el cambio climático y la convergencia de las biotecnologías exponenciales.

El objetivo del nuevo contrato social debería condensarse en la extensión de la democracia en una doble dirección:

  • Ampliar el perímetro de quienes participan en la toma de las decisiones, ciudadanía política y civil,
  • Y extender el ámbito de decisiones a los derechos económicos y sociales —ciudadanía económica— que determinan el bienestar ciudadano.

Todo ello a partir de una gobernanza global, entendida como aquella manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, que promueve un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía.

Tres generaciones


Karel Vasak, en una célebre conferencia para el Instituto Internacional de Derechos Humanos ofrecida en Estrasburgo en 1979, distinguió tres generaciones de derechos humanos.

Los derechos de la primera generación eran más de corte individual. Estos derechos humanos se consideran como derechos de defensa de las libertades del individuo. Ahí se exige la autolimitación y la no injerencia de los poderes públicos en la esfera privada: la tutela pública se produce de manera más pasiva, limitándose a una función de vigilancia para evitar intromisiones.

En la segunda generación están los derechos más sociales y programáticos: los derechos económicos, sociales y culturales. Son derechos de participación que requieren una política activa de los poderes públicos encaminada a garantizar su ejercicio.

Los de tercera generación están más relacionados con los intereses difusos. Un matiz muy característico de esta gama de derechos —donde está el derecho a la paz, a la calidad de vida, a la información…— es su forma de reivindicación difuminada, distinta a la protección individual o gubernamental de los precedentes derechos humanos.

Existe en la actualidad una preocupación creciente por el uso indebido de los grandes conjuntos de datos personales, con los que se puede lesionar la privacidad, la reputación o incluso la dignidad del ser humano. Los usuarios hemos perdido el control de nuestros datos y tenemos que recuperarlo.

Existe una creencia por la que parece que internet es un ámbito exento del cumplimiento de los derechos humanos y no es así. Lo que está prohibido o penado en la vida civil también debe estarlo en el entorno digital.

Cuarta generación


La cuarta generación de derechos humanos postulada en nuestros días está conformada por los derechos defendidos en la sociedad de la información, dentro de los cuales destacan los derechos digitales. Muchos de estos derechos, que ya se encontraban incluidos en los derechos de las anteriores generaciones, con el advenimiento del mundo digital se han desarrollado de tal manera que han adquirido una fisonomía propia.

Según la Declaración Deusto Derechos Humanos en Entornos Digitales de 26 de noviembre de 2018 la transformación digital ha traído indudables ventajas, algunas irrenunciables. Por tanto, la respuesta no puede articularse a partir de la frontal oposición a la tecnología sino mediante su humanización, y es este el principio que inspira dicha declaración, desde los siguientes compromisos:

  • La prioridad del ser humano sobre todas sus creaciones, como la tecnología, que está a su servicio;
  • La integridad de la persona, más allá del reduccionismo de los datos que pretenden cosificarla;
  • La prevalencia del bien común sobre los intereses particulares, por mayoritarios y legítimos que éstos sean;
  • La reivindicación de la autonomía y responsabilidad personales frente a las tendencias paternalistas y desresponsabilizadoras;
  • La equidad y justicia universal en el acceso, protección y disfrute de los bienes y derechos que posibilitan una vida digna del ser humano;
  • Y, finalmente, la especial atención a la protección de los menores por su mayor vulnerabilidad y el impacto que la transformación digital tiene en el desarrollo de su personalidad y en su educación.

La versión original de este artículo fue publicada en la Revista Telos, de Fundación Telefónica.

Tendencias

Spotify ofrece tres meses premium de manera gratuita para sus usuarios

La función empezó a operar este 22 de agosto y está disponible para planes individuales y estudiantiles.

Jean Muñoz Iturriaga

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Esta semana Spotify presentó su nueva modalidad de prueba premium para quienes utilicen su plataforma de música mediante streaming.


Quizás sea una forma de competir contra Apple Music y otros derivados, además de evitar que cientos de usuarios descarguen la app y no se decepcionen de no poder escuchar sus canciones en el orden que desean, o simplemente al oír la promoción que aparece constantemente, mientras disfrutan de su artistas.

Desde el Newsroom de la aplicación informaron de esta actualización, la cual contará con tres meses gratuitos de las funcionalidades pro de Spotify.

"A partir del 22 de agosto, los usuarios recibirán los primeros tres meses de forma gratuita cuando se registren en Spotify Premium.  Así desbloqueará el acceso a millones de horas de contenido de audio, sin importar cuándo se inscriba", es parte de lo que indica el comunicado.

Con esto, los usuarios podrán reproducir más de 50 millones de canciones sin publicidad, tanto en el computador como en dispositivos móviles. Además de los 450,000 podcasts que se suben constantemente a la aplicación.

Esta funcionalidad de prueba solo estará disponible para planes individuales y estudiantes.

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Vida y Ocio

Sí, estamos hechos para ser flojos

Si le cuesta trabajo levantarse del sofá para realizar una actividad física, no se preocupe, no es el único.

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Desde hace decenios, vemos campañas de comunicación que nos animan a hacer ejercicio. Sin embargo, alrededor del 30 % de los adultos no realiza suficiente actividad física. Y el porcentaje no deja de aumentar en todo el mundo. Según la Organización Mundial de la Salud, 3,2 millones de defunciones se atribuyen a esta falta de actividad física cada año, lo que equivale a una muerte cada 10 segundos.

Este hecho plantea una pregunta: ¿por qué somos incapaces de ser físicamente activos incluso teniendo la intención de hacerlo?

El conflicto entre la razón y las emociones


Para explicar esta lucha que tiene lugar entre nuestras intenciones sanas y los impulsos contrarios, se han desarrollado teorías científicas como los modelos de procesos dobles. En estos modelos, los mecanismos que explican nuestro comportamiento se dividen en dos categorías: los mecanismos racionales, gestionados por el sistema reflexivo, y los mecanismos emocionales, regidos por el sistema impulsivo. Este último sistema organiza la parte automática e instintiva de nuestros comportamientos. Puede facilitar o, al contrario, impedir al sistema reflexivo que ponga en práctica nuestras intenciones.

Este segundo supuesto se ilustra claramente con un estudio que hemos realizado y cuya finalidad es comprender la eficacia de los mensajes que fomentan la actividad física. Dicho de otro modo, intentamos determinar si la reflexión puede vencer a nuestros impulsos cuando se trata de motivarse para ser más activos físicamente.

En primer lugar, los participantes asistieron a una presentación en la que se exponían recomendaciones en cuanto a actividades físicas saludables (30 minutos de ejercicio diario, divididos en secuencias de 10 minutos como mínimo, la mayoría de los días de la semana). Para medir su tendencia impulsiva a acercarse a los comportamientos sedentarios, a continuación, llevaron a cabo una tarea experimental: el juego del maniquí.

Dicha tarea consiste en mover un avatar en una pantalla de ordenador mediante el teclado. En una de las partes del experimento, el participante tiene que acercar el avatar lo más rápidamente posible a imágenes que representen una actividad física (correr, montar en bicicleta, natación…) y alejarlo de imágenes que representen una actividad sedentaria (televisión, hamaca, escalera mecánica…). En otra parte, se realiza lo contrario: el avatar debe acercarse a las imágenes que evocan sedentarismo y alejarse de las imágenes que representen ejercicio. Cuanto más rápido se acerque el participante a imágenes sedentarias en lugar de alejarse de ellas, se considera que su tendencia impulsiva hacia el sedentarismo es más fuerte.

No todos somos iguales ante los mensajes de prevención


Después de esta tarea, se les entregó a los participantes un acelerómetro para registrar su actividad física diaria y se marcharon a sus casas. Una semana después, se recogieron los resultados y se comentaron.

Dichos resultados revelan que los mensajes sobre salud bien formulados pueden ser eficaces para suscitar una intención. Efectivamente, los participantes que recibieron el mensaje que fomentaba la actividad física tuvieron una intención más fuerte de practicar ejercicio que aquellos que recibieron el mensaje que promovía una alimentación sana. Pero la intención de hacer ejercicio físico no significa realmente que vayamos a realizarlo y no todos los participantes lograron convertir la intención en comportamiento.

A veces es más sencillo ceder al impulso sedentario… Shutterstock

Solo aquellos con una baja tendencia impulsiva a acercarse a comportamientos sedentarios lograron hacerlo. Y a la inversa: los participantes con una fuerte tendencia hacia estos comportamientos no fueron capaces de transformar la intención en actos. Dicho de otro modo, la intención consciente de ser activo perdía la lucha contra una tendencia automática de buscar comportamientos sedentarios.

¿Por qué estos comportamientos sedentarios son tan atractivos si son perjudiciales para nuestra salud?

La ley del mínimo esfuerzo, una molesta herencia de la evolución


Aunque esta atracción al sedentarismo parezca paradójica actualmente, es lógica cuando se examina desde el punto de vista de la evolución. Cuando era difícil acceder a los alimentos, con los comportamientos sedentarios se podía ahorrar energía, algo que resultaba fundamental para la supervivencia.

Esta tendencia a reducir al mínimo los esfuerzos inútiles podría explicar la pandemia de la falta de actividad física actual, ya que los genes que permiten sobrevivir a los individuos son más susceptibles de estar presentes en las siguientes generaciones.

En un estudio reciente, hemos intentado evaluar si nuestra atracción automática hacia los comportamientos sedentarios estaba registrada en nuestro cerebro. Los participantes de este estudio también tenían que realizar el juego del maniquí, pero, en esta ocasión, unos electrodos registraban la actividad cerebral.

Los resultados de este experimento demuestran que, para alejarse de las imágenes de sedentarismo, el cerebro debe desplegar recursos más importantes que para alejarse de las imágenes de actividad física. Por consiguiente, en la vida diaria, para alejarse de las oportunidades de sedentarismo omnipresentes en nuestro entorno moderno (escaleras mecánicas, ascensores, coches…) se necesitaría superar una atracción sedentaria que está muy arraigada en nuestro cerebro.

El sedentarismo está arraigado en nuestro cerebro. Shutterstock

Eficientes, no perezosos


Con todo, no debemos creer que hemos evolucionado únicamente para reducir al mínimo los esfuerzos inútiles, sino que lo hemos hecho también para ser físicamente activos. Hace alrededor de 2 millones de años, cuando nuestros ancestros pasaron a un modo de vida de cazadores-recolectores, la actividad física se convirtió en una parte inherente de su vida diaria, ya que recorrían entonces una media de 14 km al día.

Por lo tanto, la selección natural favoreció a los individuos capaces de acumular una gran cantidad de actividad física, al mismo tiempo que dosificaban la energía. En estos individuos, la actividad física estaba asociada a la secreción de hormonas antidolorosas, ansiolíticas o incluso euforizantes.

La buena noticia es que estos procesos hormonales siguen estando presentes en nosotros y solo están a la espera de que recurramos a ellos. El primer paso hacia un modo de vida activo es ser conscientes de esa fuerza que nos impulsa hacia la minimización de los

Evitemos caer en lo fácil. Mark Martins/Pixabay

esfuerzos. Con esta concienciación, podremos resistir mejor a las innumerables oportunidades de sedentarismo que nos rodean.

Por otro lado, y puesto que, al igual que nuestros ancestros, la gran mayoría de nosotros no practica una actividad física a menos que sea divertida o necesaria, el mejor modo de fomentarla es hacerla agradable. Por consiguiente, es necesario (re)estructurar nuestros entornos para favorecerla, sobre todo durante nuestros desplazamientos diarios.

Por ejemplo, las políticas públicas deberían desarrollar infraestructuras y espacios públicos abiertos, seguros y bien mantenidos para favorecer el acceso a entornos adecuados para correr, montar en bicicleta y realizar cualquier otra actividad física. La arquitectura de los nuevos edificios también debería fomentar nuestra actividad física a lo largo del día, dando prioridad al acceso a las escaleras, los puestos de trabajo de pie, etc.

Luego seremos nosotros los responsables de saber aprovechar estas oportunidades para reducir nuestro sedentarismo. Así pues, anímese y ¡póngase las zapatillas de deporte!The Conversation


Boris Cheval, PhD. Neuropsychologie de l'activité physique, Université de Genève; Matthieu Boisgontier, PhD, Neuroscience and Kinesiology, University of British Columbia y Philippe Sarrazin, Professeur des Universités, Université Grenoble Alpes

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.


 

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Tendencias

¿Cuántas personas se necesitan para fabricar un lápiz?

Un producto tan básico como un lápiz requiere una gran cantidad de personas, y este ejemplo grafica toda una filosofía sobre la sociedad y la economía.

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Cuando vamos a la tienda a comprar un lapicero tenemos la impresión de que es un producto sencillo y barato, que se podría fabricar en el local que está al lado de nuestra casa. La realidad es más complicada.

Hay un vídeo muy conocido en el que Milton Friedman habla de la fabricación de un lápiz y de los innumerables trabajadores que han participado en un producto aparentemente tan poco sofisticado.

Este vídeo se suele poner como ejemplo en economía liberal, pero la idea que subyace es mucho más interesante: plantea la dependencia de unos seres humanos respecto de otros.

Un mundo interrelacionado y complejo


Los conceptos inteligencia artificial, big data y data science son las expresiones de la necesidad de colaborar en un mundo donde los flujos de información son inabarcables para un solo ser humano.

Estos flujos de información crecen de forma exponencial y la única forma de gestionarlos es utilizar herramientas basadas en el conocimiento. Por ejemplo, para organizar los recursos disponibles y atender la demanda de movilidad en los sistemas de transporte (como el metro o el avión) sus responsables deben resolver un problema de planificación.

Aunque conseguimos que estos sistemas complejos funcionen, lo hacen en un equilibrio inestable que la mayoría de las personas pasamos por alto hasta que se rompe. Encender la luz parece una acción trivial, pero recientemente Argentina se quedó sin electricidad y hace unos años pasó igual en Italia.

El problema en estos casos es que dependemos profundamente de sistemas como el eléctrico, muy sensibles. Su operatividad depende de muchos factores como el mantenimiento de los equipos, los controladores de la red, los profesionales que se encargan de garantizar que todo funcione e incluso los usuarios.

La complejidad social y económica


En física es sencillo abordar los problemas asociados a sistemas complejos, la conocida como criticalidad autorganizada, ya que no tiene ninguna componente emocional. No ocurre lo mismo al analizar los sistemas que caracterizan los entornos sociales y sus relaciones de dependencia. Debido a la globalización, estas son cada vez más complejas.

En economía, se estudia el denominado índice de complejidad económica o economic complexity index (ECI) en inglés. Permite evaluar la contribución relativa de conocimiento que aporta la sociedad y la economía de un país en relación a los otros. Se refiere al trabajo que hay detrás de los productos que exporta: cuanto más complejos sean, mayor conocimiento se empleará en su fabricación.

Este índice, que recoge por estados el documento Atlas de complejidad económica, pone de manifiesto la interdependencia de unas economías respecto a otras.

En sociología, se utiliza el concepto de complejidad social para expresar los distintos papeles que cumplimos los seres humanos y los lazos que nos unen unos a otros. Dicha complejidad está íntimamente relacionada con otro factor, la inteligencia: inteligencia y complejidad son dos indicadores complementarios y estrechamente vinculados.

Inteligencia individual y colectiva


En las estructuras sociales, la inteligencia individual es un factor de diferenciación de las personas. Es importante para el individuo, pero es la inteligencia colectiva la que determina el éxito del grupo y de la especie.

El comportamiento colectivo es extraordinariamente eficaz en términos evolutivos. No consideramos a las bacterias como seres vivos inteligentes, pero han sobrevivido durante millones de años. Son organismos eficientes y resilientes, capaces de cambiar de la forma más adecuada según el entorno donde se encuentran en cada momento.

El comportamiento del ser humano plantea el mismo escenario: se basa en una inteligencia individual y una inteligencia colectiva. De otra forma, no hubiera sido posible el éxito de la especie humana en términos biológicos.

El desarrollo de la especie humana ha sido fruto de la colaboración entre distintos individuos y grupos para trasmitir los conocimientos. Los seres humanos somos muy eficaces comunicando nuestro conocimiento, ya sea para fabricar herramientas o para colaborar en la creación de colectivos y redes de seres humanos.

El éxito actual de Facebook, de Twitter y de WhatsApp no se comprende sin la necesidad humana de comunicación para constituir grupos. Los sistemas complejos también marcan la forma en que nos relacionamos y nos encontrarnos con otros seres humanos.

Relación entre inteligencia y complejidad


Las sociedades humanas se han construido aumentando el número de relaciones entre las personas. De la tribu de cazadores-recolectores hemos pasado a la sociedad de las comunicaciones. Ahora vivimos en la sociedad de los seis grados de separación. La inmensa mayoría de los individuos estamos conectados a otros, aunque evidentemente no somos conscientes de esas relaciones.

Este hecho tiene implicaciones sociales y económicas. La fabricación de un lápiz o de un teléfono móvil es un proceso global y universalizado. En él, los trabajadores de las minas más recónditas están relacionados con laboratorios de investigación de otros lugares del mundo y con los medios de comunicación que difunden los productos y servicios desarrollados.

Estamos globalizados y no podemos volver atrás sin que esto suponga una pérdida de calidad de vida que afectaría a aspectos como la alimentación o la sanidad. Antes necesitábamos a otras personas y ahora, además, necesitamos a los sistemas.

Como consecuencia, viejos conceptos como inteligencia también están cambiando. La inteligencia cada día tiene más que ver con las relaciones entre las personas y los sistemas. La importancia de la inteligencia individual disminuye en la medida en que aumenta la importancia de la inteligencia distribuida en las redes de colaboración.

Así, la inteligencia y la complejidad son dos características estrechamente relacionadas. El estudio de la complejidad de los sistemas va a ser una de las áreas con mayor desarrollo en el siglo XXI y la inteligencia distribuida será la variable más significativa de este proceso.

En la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Civil de la UPM estamos realizando trabajos sobre la movilidad urbana. Analizar la movilidad, reducir la congestión urbana, mejorar la calidad del aire y disminuir el tiempo que perdemos en los atascos es un problema de gestión de la complejidad.

El objetivo de estudios como este es desarrollar medios que permitan colaborar a las personas y optimizar el uso de los recursos. Colaboración e innovación son las claves para mejorar nuestra calidad de vida.

Hoy en día probablemente ningún ser humano sea capaz de fabricar un lapicero como los que encontramos en el supermercado por sí solo. Se necesitan decenas de miles de personas.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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