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Ciencia

Si viaja a Titán, deje el paraguas y llévese un buen abrigo

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Titán, el mayor satélite de Saturno y el segundo más grande del sistema solar después de Ganímedes, es algo más que un satélite. Se le puede considerar un miniplaneta, con su atmósfera y con muchos procesos meteorológicos que lo asemejan a la Tierra más que ningún otro cuerpo de nuestro sistema planetario.

La comprensión de cómo se comporta la baja atmósfera de Titán ha cambiado de forma considerable en los últimos 30 años. Lo sabemos gracias a las observaciones efectuadas tanto desde la Tierra como desde el espacio por el telescopio espacial Hubble, por instrumentos a bordo de la misión Cassini (NASA) y por la sonda de descenso Huygens (ESA). En esos 30 años se ha podido establecer un ciclo climático muy variado y activo en la troposfera del satélite.

Una luna fría y cargada de metano

La superficie de Titán soporta una atmósfera con una presión una vez y media la que soportamos los humanos en la Tierra. La composición a nivel de la superficie es mayoritariamente nitrógeno molecular (90 %) y aproximadamente un 5 % de metano (por encima de 40 km, en la tropopausa, el metano solo representa el 1,4 %).

La atmósfera de Titán, fotografiada por la sonda Huygens en su descenso al satélite.
ESA

Las condiciones en la troposfera son tales que el metano se encuentra cercano a su punto triple, donde los estados sólido, líquido y gaseoso pueden coexistir. Se dan, por tanto, fenómenos de precipitación, evaporación y probablemente criovulcanismo, que liberan metano desde la superficie a la atmósfera. Estos procesos aquí descritos se parecen mucho a lo que ocurre en la Tierra, con la única diferencia de que las moléculas responsables son el metano en Titán y el agua en nuestro planeta.

Sin embargo, hay una diferencia importante entre la Tierra y Titán: la temperatura superficial en el satélite es 93,5 K (-180 ºC). La cantidad de radiación solar que le llega, junto con el efecto de gases “calentadores” e invernadero, dan como resultado neto un mundo muy frío. Los vientos, que tan solo deberían ser de unos cm/s (de acuerdo a la radiación solar que llega), se tornan en vientos sostenidos de hasta 4 km/h que se amplifican hasta los 180 km/h por el efecto de marea que Saturno provoca en el satélite.

Muchos de los hidrocarburos de la atmósfera llueven o nievan sobre la superficie y se han observado cambios en la extensión e, incluso, en la composición de estos en los últimos 30 años.

La sonda Huygens (ESA) descendió sobre el lecho seco de un río o lago en el que las imágenes de las rocas se asemejaban a cantos rodados, o sea, hubo un fluido corriendo por allí que las erosionó y dicho fluido ya no estaba. Por lo tanto, hay fenómenos meteorológicos que dependen de las estaciones y permiten la formación y desaparición de lagos (de entre 10 y 100 000 km²), principalmente en los polos.

Imagen de radar del polo norte de Titán (centro), algunos lagos (izquierda) y un mar (derecha).
NASA/JPL-Caltech/ASI/USGS/ESA

Una superficie ideal para caminar

En la superficie de Titán podría pasearse sin mucho esfuerzo –salvo el necesario para vencer algunos vientos huracanados de hasta 180 km/h–, ya que es relativamente plana. Todas las imágenes de las que disponemos no muestran relieves topográficos superiores a 2 000 m de altura.

La tasa de erosión de esas formaciones es muy lenta, ya que la lluvia de metano (y otros hidrocarburos) cae muy lentamente y parte de ella se evapora antes de tocar las cumbres o la superficie, por lo que podemos saber que esas montañas son jóvenes (de unos 100 millones de años).

Imagen de la superficie de Titán tomada por la sonda Huygens (ESA).
ESA

Titán, al igual que la Tierra, tiene estaciones. La oblicuidad efectiva es de 26,7 º. Allí el día dura el equivalente a 15,9 días terrestres y cada estación aproximadamente 2 687 días terrestres (unos 7,4 años).

No es trivial establecer una relación entre las estaciones y la formación de las nubes (y, por tanto, con precipitaciones más abundantes). En diferentes épocas (bien en el equinoccio de otoño, bien en el equinoccio de primavera) se han observado cómo cirros de etano se desarrollaban o cómo cumulonimbus crecían entre 14 y 25 km, no llegando nunca a la altura de la tropopausa (situada a 40 km, aproximadamente).

En la Tierra, esta mismas formaciones superan los 15 km y llegan hasta los 20 km de altura, muy por encima de la tropopausa terrestre que está a 6 km en invierno y llega hasta los 8 km en verano. La pregunta lógica que nos surge es si estos cumulonimbos de Titán producen lluvias de metano torrenciales. La respuesta científica y muy cauta es que no hemos tenido la suerte de que las observaciones nos permitan concluir que sí o que no.

Gotas que no tocan el suelo

En abril del 2008 hubo un fenómeno de crecimiento abrupto de cumulonimbos en Titán que pudo dar lugar a lluvias torrenciales, pero el radar de la nave Cassini no tuvo la suerte de poder observar en vivo esa lluvia. De cualquier manera, aunque la lluvia hubiese sido torrencial, gran parte de ella se habría reevaporado antes de llegar al suelo.

Las gotas de metano que sobreviven a esa reevaporación dan lugar a lagos de material oscuro que sí ha observado Cassini gracias a una comparación de imágenes adquiridas en intervalos temporales en los que hubo una importante formación de nubes de desarrollo vertical.

En resumen, Titán y la Tierra comparten una meteorología muy parecida a grandes rasgos, pero con algunas diferencias. Están invitados a pasear por este satélite y a disfrutar de ligeras brisas, ráfagas huracanadas de viento, lluvia que cae muy, muy despacio y que hasta puede no llegar al suelo, nubes de tormenta que se elevan 20 km, grandes llanuras con dunas y alguna montaña de 2 000 m.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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María Cegarra Salcedo: la primera perito químico de España también fue poeta

Esta murciana decidió dedicarse a la química ante las dificultades de la posguerra. Recuperamos su nombre del olvido.

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María Cegarra Salcedo (1899-1993) nació y vivió durante toda su vida en La Unión (Murcia), una comarca cuya economía giraba en torno a la explotación de las minas de su sierra. En aquellos tiempos, y en aquellos yacimientos, los trabajadores unionenses extraían plata y plomo entre otros minerales. Arriesgaban su vida, expuestos a enfermedades incurables, con horarios agotadores a cambio de unos salarios limitados.

La madre de María, Filomena Salcedo Apolinario, era maestra. Su padre, Ginés Cegarra Bernal, era comerciante. María era la hermana pequeña de Andrés, Ginés y Pepita. Estuvo muy unida a su hermano Andrés, a su hermana y también a su lugar de nacimiento, en el que siempre vivió. Andrés marcó profundamente la vida de la familia: padecía una enfermedad degenerativa que le dejó paralítico y ciego en su juventud. La vida de la familia giraba en torno a él y sus hermanas intentaban hacer lo más agradable posible el poco tiempo que le quedaba de vida.

Tras la Primera Guerra Mundial, el paro aumentó en La Unión. Sus minas se iban agotando y además descendió bruscamente la demanda de plomo, requerido fundamentalmente para fabricar proyectiles. Aumentó el paro, y con él la pobreza y las enfermedades. Se cerraron negocios y comercios. Las familias más pudientes se marcharon a vivir a Cartagena o a Murcia. Muchas de las personas más pobres emigraron a tierras lejanas en busca de un trabajo para subsistir. Otros, como la familia de María, se quedaron y sufrieron el abandono y la escasez.

Amor a fuego lento


La primera persona dedicada a la literatura en el entorno de los Cegarra Salcedo fue Andrés.

Portada del poemario Cristales míos, de María Cegarra Salcedo, Editorial Levante 1935.

María conoció a algunos poetas que iban a visitar a su hermano, que permanecía postrado en su silla de ruedas. Fue precisamente Andrés quien la animó para que estudiara química: le parecía una buena manera de ganarse la vida, estudiando y analizando minerales.

Aunque al principio no le gustaba demasiado la idea, María se fue enamorando poco a poco de esta disciplina. De hecho, mucha de su poesía está inspirada y salpicada de conceptos de química.

«Es que yo me he enamorado de la química. Francamente, la he trabajado con mucho gusto y no he encontrado aridez. Bueno, la química son unos nombres, unas letras con unos subíndices que te dicen…, pues hasta el secreto de la vida y de la muerte.»

María Cegarra. Entrevista de García Martínez.

María fue la primera mujer que obtuvo un diploma de perito químico en España. Abrió su propio laboratorio de análisis mineralógico, pasando a formar parte de la industria de la que vivía La Unión. Buscaba plata en aquellos minerales que salían de las minas. Alternó este trabajo con el de profesora de química en la Escuela de Peritos Industriales y Maestría de Cartagena, en el Instituto de Bachillerato de La Unión y otros centros de Formación Profesional. Su trabajo ayudaba a sostener a la familia y, tras la muerte de sus padres, Pepita y ella vivieron con el único sueldo de María.

Dos mundos no tan opuestos: poesía y química


María Cegarra dedicó su primer poemario, Cristales míos (1935), a su hermano, que falleció en 1928. La química está muy presente en este libro dedicado a Andrés, como se aprecia en estos fragmentos:

La sílice es una afirmación con un círculo duplicado. Tierra y Dios: mi barro y mi atmósfera.

La química lo afirma; pero se engaña. No existe la saturación.

Hidrocarburos que dais la vida: Sabed que se puede morir aunque sigáis reaccionando; porque no tenéis risa ni aliento, ni mirada ni voz. Sólo cadenas.

Balanza, urna de sensibilidad: Eres el crucifijo de la mirada.

La sonoridad de las ebulliciones y de los alambiques es como un viento sin mar y sin molinos.

¡Ansia de la transmutación! Para conseguirte, cada vez más pequeña, más minúscula, más átomo.

María Cegarra Salcedo, Poemas de laboratorio en Cristales míos, 1935.

Dedicó su último libro de poesía, Poemas para un silencio (1995) a su hermana Pepita, a la que sobrevivió poco tiempo.

Compartió amistad con escritores y políticos de su época. Aunque de ideologías opuestas, fue una gran amiga del poeta Miguel Hernández (1910-1942), con el que intercambió cartas durante un largo período de tiempo.

María Cegarra, Carmen Conde y Antonio Oliver con el grupo de la Romería lírica a Oleza en homenaje a Gabriel Miró el 2 de octubre de 1932. Patronato Carmen Conde-Antonio Oliver

Sus análisis químicos, su docencia y su poesía estuvieron ligados a la tierra en la que siempre residió. Llevó una vida discreta, como ella misma expresa a través de estos versos:

He sido una sencilla profesora de química.

En una ciudad luminosa del sureste.

Después de las clases contemplaba el ancho mar.

Los dilatados, infinitos horizontes.

Y los torpedos grises de guerras dormidas.

He quemado mis largas horas en la lumbre

de símbolos y fórmulas. Junto a crisoles

de arcilla al rojo vivo hasta encontrar la plata.

No he descubierto nada.

No tengo ningún premio.

A Congresos no asistí.

Medallas y diplomas

nunca me fueron dados.

Minúscula sapiencia para tan grandes sueños.

Pequeñez agobiante para inquietudes tantas.

Y rebelde ha surgido, como agua en desierto,

el manantial jugoso, intenso, apasionado,

–dulce herencia entrañable– que tiene la riqueza

de llenar de poesía tan honda desolación.

Y, del resto salvado, rebrotar lo necesario.

María Cegarra Salcedo, Desvarío y fórmulas, 1978.

María Cegarra falleció el 26 de marzo de 1993. Su vida pasó triste y tranquila, haciendo análisis químicos de minerales, dando clases de química y escribiendo poemas.


Este artículo es una versión ampliada de María Cegarra: poemas de laboratorio que se publicó en el blog Mujeres con ciencia de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU el 16 de junio de 2017.The Conversation


Marta Macho-Stadler, Profesora de matemáticas, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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¿Por qué el parto humano es tan doloroso?

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Los primates bípedos surgieron hace unos siete millones de años cuando una progresiva desecación en África redujo bosques y selvas y extendió las sabanas. Como adaptación al nuevo medio abierto surgieron individuos capaces de caminar erguidos. La marcha erecta necesitó de modificaciones anatómicas; una de las cuales, el ensanchamiento de la pelvis, ha sido fundamental en la evolución de los homínidos.

En El Origen del hombre Darwin escribió una frase que debiera grabarse en bronce en la entrada de todas las facultades de ciencias:

«Los hechos inexactos son altamente perjudiciales para el progreso de la ciencia, pues tardan mucho tiempo en desvanecerse; pero las opiniones inexactas, si están basadas en pruebas, no causan grandes perturbaciones, pues todos hallan especial deleite en probar su falsedad […]».

El viejo zorro escribía con prudencia: sustituyan ustedes “hechos inexactos” por “datos falsos” y sabrán que se estaba refiriendo a una mala influencia que afecta a la ciencia desde sus albores: la mitología religiosa.

No debe sorprender la importancia que un solo hueso tiene en la genealogía humana desde la perspectiva de las tres religiones abrahámicas. Según el Génesis (2/23), Eva surgió de la costilla de Adán. Este relato dio lugar a un dogma absurdo impuesto durante siglos: como Eva había sido creada merced a la extracción de una costilla de Adán, todos los varones tenían 23 costillas, una menos que las mujeres.

Ilustración del libro de Vesalio.

El impulso por explicar científicamente la naturaleza de las cosas fue el que movió al anatomista Vesalio a desafiar a la Inquisición. Desde los tiempos del griego Galeno la disección anatómica se realizaba con animales, pero la Iglesia católica permitió a Vesalio diseccionar los cuerpos de los ajusticiados porque, según los teólogos, no había riesgo de que sus almas regresaran del infierno. Vesalio contó las costillas y deshizo el mito en su De Humani Corporis Fabrica (1543). Su elevada posición social como médico personal de Carlos V y Felipe II le libró de acabar en las mazmorras.

Aunque para la arquitectura humana la importancia de algunas costillas es relativa, no puede decirse lo mismo de otro hueso, la pelvis, y de la cadera, una articulación que une el fémur con la pelvis. En la configuración de la cadera femenina reside la causa de los dolores del parto, aunque para el Antiguo Testamento el origen se deba a otra maldición divina: «Aumentaré tus dolores cuando tengas hijos, y con dolor los darás a luz» (Génesis 3/16).

Las caderas de las mujeres son más anchas y más profundas que las de los varones. Los fémures están más separados para permitir el parto y el hueso ilíaco y su musculatura mantienen abiertas las nalgas para que la contracción de los glúteos no interfiera durante el alumbramiento.La cadera es una pieza clave en la evolución de los homínidos. A diferencia del resto de los primates, en los humanos los huesos de la pelvis difieren en ambos sexos. Esto es fácil de ver en las curvas anatómicas y en la forma femenina de caminar. La diferencia ha motivado que en todas las culturas humanas las caderas hayan sido contempladas como un símbolo de fertilidad y sexualidad. Desde las esculturas de la antigüedad clásica, pasando por las rotundas mujeres de Rubens hasta las gordas de Botero, creaciones artísticas de toda índole han enfatizado el volumen de las caderas como la manifestación más atractiva de la feminidad.

A diferencia de la pelvis masculina, cuya apertura se estrecha considerablemente por el promontorio sacro, la pelvis femenina tiene una apertura mas redonda y ovalada. Las ramas del pubis forman un ángulo recto en el varón (ángulo subpubiano) y un arco en la mujer (arco del pubis).

A pesar de ello, el parto en los seres humanos es extraordinariamente complicado. Durante el parto, el feto tiene que atravesar la parte inferior de la pelvis por un conducto de paredes óseas, el “canal del parto”.

Mientras que en los grandes simios antropomorfos el alumbramiento es fácil, rápido e indoloro, porque el canal del parto es grande en relación con el tamaño de la cabeza del feto, los neonatos humanos son aproximadamente del mismo tamaño que dicho canal, lo que dificulta su salida.

El canal del parto en las hembras humanas tiene de media un diámetro máximo de trece centímetros y un diámetro mínimo de diez. Por allí debe pasar el bebé, cuya cabeza tiene un diámetro de diez centímetros y cuyos hombros están separados unos doce centímetros.

Para complicar aún más las cosas, la evolución de la bipedestación convirtió el ya de por sí estrecho canal del parto en un pasadizo tortuoso. En todos los mamíferos cuadrúpedos, incluyendo los simios antropomorfos, el canal del parto es recto, el útero está alineado con la vagina y el feto nace sin flexionarse y con la cara mirando hacia la de su madre. En la mujer, a causa de la bipedestación, los huesos de la cadera han sufrido modificaciones que han conducido a que el canal del parto sea anguloso y a que la vagina forme un ángulo recto con respecto al útero.

Escultura Mujer con espejo de Fernando Botero. Carlos Teixidor/Wikipedia, CC BY

Como consecuencia, las rotaciones y torsiones de la columna vertebral que el feto debe ejecutar para emerger es una peculiaridad de los seres humanos, inexistente entre los animales vertebrados. Una peculiaridad traumática para el bebé y dolorosa para la mujer, un peaje que siete millones de años de evolución han obligado a pagar al Homo sapiens como compensación a sus dos grandes ventajas evolutivas: el caminar erguido y el desarrollo de una enorme masa cerebral.

Desde la aparición de las primeras formas de vida, hace unos 3 500 millones de años, lo común en los seres vivos ha sido nadar, reptar o desplazarse sobre patas, por lo general cuatro en los mamíferos terrestres.

Los homíninos -primates bípedos- surgieron hace tan sólo unos siete millones de años. Los antropólogos Weaver y Hublin
profundizaron en uno de los paradigmas más aceptados en el complejo proceso de la evolución humana, el de la adopción del bipedismo como estrategia vital. Fue un paso evolutivo clave al que se debe el parto con dolor característico de las hembras del Homo sapiens, que sufrían también las hembras neandertales hace más de 200 000 años, y que no es debido a maldición bíblica alguna.The Conversation


Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Ciencia

Los tesoros ocultos de la neurociencia

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Busque artículos relacionados con el cerebro en Google Scholar y se verá abrumado por cerca de cinco millones de entradas. Solo en 2018 aparecieron aproximadamente 70 000 publicaciones sobre investigaciones relacionadas con el cerebro en revistas científicas. Solo algunos tuvieron gran audiencia y, los que la tuvieron, generalmente fue porque hablaban de nuevas partes del cerebro anteriormente ignoradas –el titular “descubren una región del cerebro desconocida” es de lo más popular–.


Nos encontramos en un momento tremendamente excitante en la investigación sobre el cerebro, el equivalente neuronal al desarrollo cartográfico y al descubrimiento de recursos útiles en regiones vírgenes del mundo que tuvieron lugar en los siglos XVII y XVIII. Se han hecho muchos hallazgos, pero está claro que aún queda mucho más por descubrir si profundizamos en los detalles escondidos bajo la superficie.

Resulta sorprendente, sin embargo, que a pesar de la novedad de los descubrimientos, la utilidad de estos suele pasarse por alto.

Como un explorador que atraviesa una extensa tierra virgen, plantando banderas y siguiendo hacia adelante, sin darse cuenta de que justo debajo de la bandera se encuentran enormes reservas de petróleo sin explotar. O, como Ken Olsen, fundador del antiguo gigante empresarial Digital Equipment Corporation (DEC), señaló en 1977: “No hay ningún motivo por el que alguien pueda querer un ordenador en su casa”. No importa cuán obvios lleguen a ser algunos hallazgos o avances, a veces resulta difícil para la mayoría predecir las implicaciones que su investigación actual puede tener a largo plazo.

La procrastinación


He aquí un ejemplo específico de la neurociencia. Uno de los mayores retos para la productividad humana en todo el mundo se concreta en un simple problema: la procrastinación.

No solo lo dice la amplísima literatura en investigaciones psicológicas. Resulta que soy profesora, junto a Terrence Sejnowski, profesor universitario del Centro Francis Crick en el Salk Institute, de uno de los cursos online más grandes: “Aprender a Aprender” (Learning How to Learn) de la Universidad Coursera de California, de la Universidad de San Diego y de la Universidad McMaster. El tema más popular del curso alude a la productividad, especialmente en lo que se refiere a herramientas para gestionarla. Efectivamente, la procrastinación.

Laura Pérez / Telos

Pomodoro contra la procrastinación


Las investigaciones neuronales sobre procrastinación suelen centrarse en las diferencias entre procrastinadores crónicos y otros tipos de personas más productivas que tienden a acabar el trabajo sin posponerlo.

No resulta sorprendente comprobar que existen diferencias en la forma en la que el cerebro de los procrastinadores está estructurado: las regiones neuronales relativas al autocontrol y a la regulación emocional no parecen funcionar de forma normal.

Por supuesto, el reto de cambiar el funcionamiento de estas regiones (algo que sabemos que es posible) está en el hecho de que se necesita cierto grado de autocontrol para empezar con estos cambios. Es un problema del tipo “lograr salir adelante con tu propio esfuerzo”.

Otras investigaciones sobre la procrastinación señalan la “concentración en la reparación del estado de ánimo a corto plazo y la disyunción temporal entre los yo presente y futuro” del procrastinador.

Es una forma sofisticada de decir que la procrastinación nos hace sentir mejor de forma temporal, incluso aunque no sea beneficiosa para nosotros a largo plazo.

La técnica pomodoro. Telos

Pero supongamos que por alguna razón —quizás porque estás procrastinando— te pones a husmear en la literatura de investigación sobre neuroimagen que se refiere a la ansiedad por las matemáticas —sí, a algunos les gustan este tipo de cosas—.

Resulta que cuando los matematicofóbicos piensan en hacer operaciones matemáticas —realmente no tienen que hacerlas—, esta anticipación de un tema desagradable activa una parte de su cerebro, el córtex insular, que produce dolor.

Este descubrimiento sobre “dolor en el cerebro” no solo es interesante, también es importante. ¿Es posible que este brote de dolor en el cerebro sea un factor decisivo en la procrastinación? ¿Es posible que la gente procrastine a veces simplemente porque es tan tentadoramente agradable cambiar su pensamiento a algo –cualquier cosa– que no les cause dolor en el cerebro cuando piensan sobre ello?

Es una hipótesis tan razonable como cualquier otra y es, sin duda, una hipótesis sencilla de la que extraer acciones viables, especialmente cuando se combina este conocimiento con el derivado de la técnica Pomodoro.

En el curso en línea masivo y abierto (MOOC, por sus siglas en inglés) “Aprender a aprender”, hemos descubierto que enseñar sobre la técnica Pomodoro como forma de escabullirse de sentimientos previos de dolor en el cerebro es una forma muy efectiva de motivar a los estudiantes para que se hagan cargo de su tendencia a la procrastinación.

Se les da una herramienta cognitiva directa con la que poder identificar de forma concreta cuándo y por qué están procrastinando. A la gente le encanta este enfoque, es de las materias más populares entre los estudiantes del curso.

Redes neuronales contra el bloqueo


Hay muchos más diamantes ocultos en la literatura de investigación.

Los neurocientíficos han descubierto algo así como un conjunto de conexiones subterráneas en el cerebro llamado “red neuronal por defecto”. Esta red se activa cuando la mente divaga, y también cuando se está atascado intentando resolver un problema. Fue descubierta por accidente en 2001 cuando unos investigadores se dieron cuenta de que los sujetos que se encontraban descansando entre actividades no estaban simplemente apagando su cerebro.

A lo largo del día, se alterna entre estados de concentración y estados de divagación –se estima que entre un 30 por ciento y un 50 por ciento de las horas en las que estamos despiertos las pasamos con pensamientos que no tienen relación con la tarea que estamos realizando–.

La duración de cada estado puede variar. Incluso parpadear puede conducirnos momentáneamente al modo por defecto. Soñar despiertos, por otro lado, puede llevarnos al modo por defecto durante períodos más largos –a veces más largos de lo que nos gustaría–.

¿Qué tiene todo esto de útil? Bueno, bastante. Especialmente si estamos intentando resolver un problema difícil en un examen o entender un concepto nuevo y complicado.

Resulta que cuando nos encontramos sobrecargados por intentar averiguar algo que se nos atraviesa, lo peor que podemos hacer es seguir concentrándonos en ello. Mientras estemos concentrados en el problema, estaremos bloqueando la red neuronal que necesitamos para buscar y descubrir la solución al problema.

Los dos modos de pensamiento cotidiano incluyen el “modo concentrado” y un modo más abierto y difuso (conocido por los neurocientíficos como “red neuronal por defecto”).

Son como tableros de pinball en nuestro cerebro, uno tiene los resortes más juntos (izquierda) y el otro más separados (derecha).

Los modos concentrado y difuso. Telos

Normalmente, cuando estamos resolviendo un problema, nuestros pensamientos se mueven a través de rutas neuronales que ya están marcadas porque ya hemos resuelto problemas como ese antes (Las rutas neuronales previamente marcadas se representan con las líneas difuminadas de la izquierda). Pero si nos atascamos, es decir, si no podemos usar las rutas normales de resolución de problemas, necesitamos alejarnos del foco del problema para permitir que el modo difuso comience a trabajar (derecha). Mientras tanto, aún podemos concentrarnos en otra cosa.

El descanso es el secreto


Puede que esto no le sorprenda. Siempre nos han recomendado tomar un descanso cuando estamos atascados con algo. La neurociencia no nos está contando nada nuevo. Pero demostraré que la neurociencia sí nos está contando algo nuevo y muy útil con esto. Después de todo, nos suelen decir que ser persistentes es la verdadera clave para el éxito. Por eso a veces nosotros –y nuestros hijos– trabajamos durante horas en un problema, intentando sin éxito un enfoque tras otro. Solo después de darnos por vencidos, alejarnos y apartar verdaderamente nuestra mente del problema, nuestro cerebro comienza esa búsqueda inconsciente en nuestros antecedentes que necesitamos para encontrar la solución.

La neurociencia, en otras palabras, nos da permiso para darnos un descanso cuando nos encontramos verdaderamente atascados, y es el descanso el que nos ayuda a obtener la solución.

¿Parece trivial? Pues no lo es. Por ejemplo, muchos niños que no saben cómo funciona su cerebro piensan que no son capaces de aprender matemáticas porque se encuentran con obstáculos en su aprendizaje que son totalmente normales. Pueden llegar a abandonar las matemáticas porque no saben que está bien alejarse durante un momento cuando no son capaces de encontrar la solución. Por eso Terry y yo enseñamos estos conceptos en nuestro nuevo curso para niños, “Aprender a aprender para los más jóvenes”, que estará disponible en breve con estrellas españolas del ESIC.

Estas son ideas simples, pero hay miles de ideas más en la literatura neurocientífica esperando a ser descubiertas y usadas en nuestra vida diaria. ¡Será excitante ver qué nos depara el futuro!


La versión original de este artículo fue publicada en la Revista Telos, de Fundación Telefónica.The Conversation


Barbara Oakley, profesora de Ingeniería, Oakland University

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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