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Académico de la Universidad de Talca desarrolló sistema de sensores para drones que apoya combate a incendios forestales

Nicolás Marambio

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El dispositivo es un módulo de sensores integrado al dron que genera mosaicos fotográficos y térmicos .en tiempo real, facilitando la toma de decisiones en siniestros de gran magnitud.

El sistema se presentó en el seminario:. “UAVs como herramientas logísticas en el combate de incendios forestales:. una perspectiva”, realizado en el Centro de Extensión de la Universidad de Talca, que congregó a especialistas sobre el tema.

Durante la actividad, se presentó el proyecto FireSense, liderado por el profesor de la Facultad de Ingeniería de la UTALCA, Matthew Bardeen, quien a través del financiamiento del Fondo de Innovación para la Competitividad (FIC) del Gobierno Regional del Maule, creo un dispositivo que se adosa a un dron y que permite captar y entregar información relevante en tiempo real desde una zona de peligro, como puede ser un incendio forestal, y que facilita la toma de decisiones en la prevención y combate al fuego.

El vicerrector Académico, Claudio Tenreiro, destacó la innovación desarrollada en la Universidad y las posibilidades que se abren con estas nuevas tecnologías al servicio de la sociedad.

La autoridad universitaria señaló que entre el 1 de julio de 2018 a la fecha se han registrado en el país más de siete mil 100 incendios forestales, que afectaron a más de 80 mil 800 hectáreas de terreno.

“Este es un escenario complejo en el que este tipo de proyectos tecnológicos se convierte en un importante aporte a la sociedad.”, precisó Tenreiro.

Por otra parte, el representante del Gobierno Regional, Pedro González, destacó la importancia de este tipo de iniciativas aplicadas. “Soy bombero y en los incendios esto se hace necesario. Si hubiéramos tenido esta tecnología disponible en 2017, el escenario habría sido otro; habría sido un apoyo en la toma de decisiones. Ojalá sea un aporte para enfrentar emergencias y podamos tener este dispositivo pronto en el mercado”, sostuvo.

Firesense


El profesor de la Facultad de Ingeniería, Matthew Bardeen, explicó el uso del sistema que considera un módulo de sensores integrado a un dron, que genera mosaicos fotográficos y térmicos en tiempo real.

“Cuando hay incendios forestales, muchas veces se desconoce la localización exacta del incendio y el escenario general de la situación. Esto afecta considerablemente la toma de decisiones oportunas. Se debe a que el monitoreo es realizado únicamente por aviones y helicópteros, lo que no siempre es viable debido a condiciones adversas del terreno, visibilidad reducida y poca disponibilidad, además de representar una alternativa de alto valor económico”, indicó.

El profesor Bardeen agregó que en relación a los sensores o sistemas tradicionales que se utilizan en este tipo de situaciones, estos se caracterizan por transmitir videos en tiempo real o bien capturar muchas fotos individuales de todo el terreno, para que sean procesadas posteriormente en forma de mosaico. Sin embargo aún ambos sistemas tienen fallas.

“En el primer caso resulta muy difícil tener una vista general que podría ser entendida y compartida rápidamente entre muchas personas, mientras en el segundo, las fotos individuales generalmente son de gran tamaño y alta resolución, que necesitas un procesamiento posterior en un computador, lo que prolonga el tiempo de espera”, argumentó.

Por tanto, lo que se espera de este proyecto, dijo el académico, “es mejorar la información disponible durante un incendio forestal, reducir el tiempo necesario en el combate de incendios, disminuir hectáreas de bosque quemado, lograr un protocolo de uso del sistema en un siniestro, capacitar a organizaciones en el uso de este sistema integrado y divulgar el software y hardware relacionado”.

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Ciencia

María Cegarra Salcedo: la primera perito químico de España también fue poeta

Esta murciana decidió dedicarse a la química ante las dificultades de la posguerra. Recuperamos su nombre del olvido.

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María Cegarra Salcedo (1899-1993) nació y vivió durante toda su vida en La Unión (Murcia), una comarca cuya economía giraba en torno a la explotación de las minas de su sierra. En aquellos tiempos, y en aquellos yacimientos, los trabajadores unionenses extraían plata y plomo entre otros minerales. Arriesgaban su vida, expuestos a enfermedades incurables, con horarios agotadores a cambio de unos salarios limitados.

La madre de María, Filomena Salcedo Apolinario, era maestra. Su padre, Ginés Cegarra Bernal, era comerciante. María era la hermana pequeña de Andrés, Ginés y Pepita. Estuvo muy unida a su hermano Andrés, a su hermana y también a su lugar de nacimiento, en el que siempre vivió. Andrés marcó profundamente la vida de la familia: padecía una enfermedad degenerativa que le dejó paralítico y ciego en su juventud. La vida de la familia giraba en torno a él y sus hermanas intentaban hacer lo más agradable posible el poco tiempo que le quedaba de vida.

Tras la Primera Guerra Mundial, el paro aumentó en La Unión. Sus minas se iban agotando y además descendió bruscamente la demanda de plomo, requerido fundamentalmente para fabricar proyectiles. Aumentó el paro, y con él la pobreza y las enfermedades. Se cerraron negocios y comercios. Las familias más pudientes se marcharon a vivir a Cartagena o a Murcia. Muchas de las personas más pobres emigraron a tierras lejanas en busca de un trabajo para subsistir. Otros, como la familia de María, se quedaron y sufrieron el abandono y la escasez.

Amor a fuego lento


La primera persona dedicada a la literatura en el entorno de los Cegarra Salcedo fue Andrés.

Portada del poemario Cristales míos, de María Cegarra Salcedo, Editorial Levante 1935.

María conoció a algunos poetas que iban a visitar a su hermano, que permanecía postrado en su silla de ruedas. Fue precisamente Andrés quien la animó para que estudiara química: le parecía una buena manera de ganarse la vida, estudiando y analizando minerales.

Aunque al principio no le gustaba demasiado la idea, María se fue enamorando poco a poco de esta disciplina. De hecho, mucha de su poesía está inspirada y salpicada de conceptos de química.

«Es que yo me he enamorado de la química. Francamente, la he trabajado con mucho gusto y no he encontrado aridez. Bueno, la química son unos nombres, unas letras con unos subíndices que te dicen…, pues hasta el secreto de la vida y de la muerte.»

María Cegarra. Entrevista de García Martínez.

María fue la primera mujer que obtuvo un diploma de perito químico en España. Abrió su propio laboratorio de análisis mineralógico, pasando a formar parte de la industria de la que vivía La Unión. Buscaba plata en aquellos minerales que salían de las minas. Alternó este trabajo con el de profesora de química en la Escuela de Peritos Industriales y Maestría de Cartagena, en el Instituto de Bachillerato de La Unión y otros centros de Formación Profesional. Su trabajo ayudaba a sostener a la familia y, tras la muerte de sus padres, Pepita y ella vivieron con el único sueldo de María.

Dos mundos no tan opuestos: poesía y química


María Cegarra dedicó su primer poemario, Cristales míos (1935), a su hermano, que falleció en 1928. La química está muy presente en este libro dedicado a Andrés, como se aprecia en estos fragmentos:

La sílice es una afirmación con un círculo duplicado. Tierra y Dios: mi barro y mi atmósfera.

La química lo afirma; pero se engaña. No existe la saturación.

Hidrocarburos que dais la vida: Sabed que se puede morir aunque sigáis reaccionando; porque no tenéis risa ni aliento, ni mirada ni voz. Sólo cadenas.

Balanza, urna de sensibilidad: Eres el crucifijo de la mirada.

La sonoridad de las ebulliciones y de los alambiques es como un viento sin mar y sin molinos.

¡Ansia de la transmutación! Para conseguirte, cada vez más pequeña, más minúscula, más átomo.

María Cegarra Salcedo, Poemas de laboratorio en Cristales míos, 1935.

Dedicó su último libro de poesía, Poemas para un silencio (1995) a su hermana Pepita, a la que sobrevivió poco tiempo.

Compartió amistad con escritores y políticos de su época. Aunque de ideologías opuestas, fue una gran amiga del poeta Miguel Hernández (1910-1942), con el que intercambió cartas durante un largo período de tiempo.

María Cegarra, Carmen Conde y Antonio Oliver con el grupo de la Romería lírica a Oleza en homenaje a Gabriel Miró el 2 de octubre de 1932. Patronato Carmen Conde-Antonio Oliver

Sus análisis químicos, su docencia y su poesía estuvieron ligados a la tierra en la que siempre residió. Llevó una vida discreta, como ella misma expresa a través de estos versos:

He sido una sencilla profesora de química.

En una ciudad luminosa del sureste.

Después de las clases contemplaba el ancho mar.

Los dilatados, infinitos horizontes.

Y los torpedos grises de guerras dormidas.

He quemado mis largas horas en la lumbre

de símbolos y fórmulas. Junto a crisoles

de arcilla al rojo vivo hasta encontrar la plata.

No he descubierto nada.

No tengo ningún premio.

A Congresos no asistí.

Medallas y diplomas

nunca me fueron dados.

Minúscula sapiencia para tan grandes sueños.

Pequeñez agobiante para inquietudes tantas.

Y rebelde ha surgido, como agua en desierto,

el manantial jugoso, intenso, apasionado,

–dulce herencia entrañable– que tiene la riqueza

de llenar de poesía tan honda desolación.

Y, del resto salvado, rebrotar lo necesario.

María Cegarra Salcedo, Desvarío y fórmulas, 1978.

María Cegarra falleció el 26 de marzo de 1993. Su vida pasó triste y tranquila, haciendo análisis químicos de minerales, dando clases de química y escribiendo poemas.


Este artículo es una versión ampliada de María Cegarra: poemas de laboratorio que se publicó en el blog Mujeres con ciencia de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU el 16 de junio de 2017.The Conversation


Marta Macho-Stadler, Profesora de matemáticas, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Ciencia

¿Por qué el parto humano es tan doloroso?

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Los primates bípedos surgieron hace unos siete millones de años cuando una progresiva desecación en África redujo bosques y selvas y extendió las sabanas. Como adaptación al nuevo medio abierto surgieron individuos capaces de caminar erguidos. La marcha erecta necesitó de modificaciones anatómicas; una de las cuales, el ensanchamiento de la pelvis, ha sido fundamental en la evolución de los homínidos.

En El Origen del hombre Darwin escribió una frase que debiera grabarse en bronce en la entrada de todas las facultades de ciencias:

«Los hechos inexactos son altamente perjudiciales para el progreso de la ciencia, pues tardan mucho tiempo en desvanecerse; pero las opiniones inexactas, si están basadas en pruebas, no causan grandes perturbaciones, pues todos hallan especial deleite en probar su falsedad […]».

El viejo zorro escribía con prudencia: sustituyan ustedes “hechos inexactos” por “datos falsos” y sabrán que se estaba refiriendo a una mala influencia que afecta a la ciencia desde sus albores: la mitología religiosa.

No debe sorprender la importancia que un solo hueso tiene en la genealogía humana desde la perspectiva de las tres religiones abrahámicas. Según el Génesis (2/23), Eva surgió de la costilla de Adán. Este relato dio lugar a un dogma absurdo impuesto durante siglos: como Eva había sido creada merced a la extracción de una costilla de Adán, todos los varones tenían 23 costillas, una menos que las mujeres.

Ilustración del libro de Vesalio.

El impulso por explicar científicamente la naturaleza de las cosas fue el que movió al anatomista Vesalio a desafiar a la Inquisición. Desde los tiempos del griego Galeno la disección anatómica se realizaba con animales, pero la Iglesia católica permitió a Vesalio diseccionar los cuerpos de los ajusticiados porque, según los teólogos, no había riesgo de que sus almas regresaran del infierno. Vesalio contó las costillas y deshizo el mito en su De Humani Corporis Fabrica (1543). Su elevada posición social como médico personal de Carlos V y Felipe II le libró de acabar en las mazmorras.

Aunque para la arquitectura humana la importancia de algunas costillas es relativa, no puede decirse lo mismo de otro hueso, la pelvis, y de la cadera, una articulación que une el fémur con la pelvis. En la configuración de la cadera femenina reside la causa de los dolores del parto, aunque para el Antiguo Testamento el origen se deba a otra maldición divina: «Aumentaré tus dolores cuando tengas hijos, y con dolor los darás a luz» (Génesis 3/16).

Las caderas de las mujeres son más anchas y más profundas que las de los varones. Los fémures están más separados para permitir el parto y el hueso ilíaco y su musculatura mantienen abiertas las nalgas para que la contracción de los glúteos no interfiera durante el alumbramiento.La cadera es una pieza clave en la evolución de los homínidos. A diferencia del resto de los primates, en los humanos los huesos de la pelvis difieren en ambos sexos. Esto es fácil de ver en las curvas anatómicas y en la forma femenina de caminar. La diferencia ha motivado que en todas las culturas humanas las caderas hayan sido contempladas como un símbolo de fertilidad y sexualidad. Desde las esculturas de la antigüedad clásica, pasando por las rotundas mujeres de Rubens hasta las gordas de Botero, creaciones artísticas de toda índole han enfatizado el volumen de las caderas como la manifestación más atractiva de la feminidad.

A diferencia de la pelvis masculina, cuya apertura se estrecha considerablemente por el promontorio sacro, la pelvis femenina tiene una apertura mas redonda y ovalada. Las ramas del pubis forman un ángulo recto en el varón (ángulo subpubiano) y un arco en la mujer (arco del pubis).

A pesar de ello, el parto en los seres humanos es extraordinariamente complicado. Durante el parto, el feto tiene que atravesar la parte inferior de la pelvis por un conducto de paredes óseas, el “canal del parto”.

Mientras que en los grandes simios antropomorfos el alumbramiento es fácil, rápido e indoloro, porque el canal del parto es grande en relación con el tamaño de la cabeza del feto, los neonatos humanos son aproximadamente del mismo tamaño que dicho canal, lo que dificulta su salida.

El canal del parto en las hembras humanas tiene de media un diámetro máximo de trece centímetros y un diámetro mínimo de diez. Por allí debe pasar el bebé, cuya cabeza tiene un diámetro de diez centímetros y cuyos hombros están separados unos doce centímetros.

Para complicar aún más las cosas, la evolución de la bipedestación convirtió el ya de por sí estrecho canal del parto en un pasadizo tortuoso. En todos los mamíferos cuadrúpedos, incluyendo los simios antropomorfos, el canal del parto es recto, el útero está alineado con la vagina y el feto nace sin flexionarse y con la cara mirando hacia la de su madre. En la mujer, a causa de la bipedestación, los huesos de la cadera han sufrido modificaciones que han conducido a que el canal del parto sea anguloso y a que la vagina forme un ángulo recto con respecto al útero.

Escultura Mujer con espejo de Fernando Botero. Carlos Teixidor/Wikipedia, CC BY

Como consecuencia, las rotaciones y torsiones de la columna vertebral que el feto debe ejecutar para emerger es una peculiaridad de los seres humanos, inexistente entre los animales vertebrados. Una peculiaridad traumática para el bebé y dolorosa para la mujer, un peaje que siete millones de años de evolución han obligado a pagar al Homo sapiens como compensación a sus dos grandes ventajas evolutivas: el caminar erguido y el desarrollo de una enorme masa cerebral.

Desde la aparición de las primeras formas de vida, hace unos 3 500 millones de años, lo común en los seres vivos ha sido nadar, reptar o desplazarse sobre patas, por lo general cuatro en los mamíferos terrestres.

Los homíninos -primates bípedos- surgieron hace tan sólo unos siete millones de años. Los antropólogos Weaver y Hublin
profundizaron en uno de los paradigmas más aceptados en el complejo proceso de la evolución humana, el de la adopción del bipedismo como estrategia vital. Fue un paso evolutivo clave al que se debe el parto con dolor característico de las hembras del Homo sapiens, que sufrían también las hembras neandertales hace más de 200 000 años, y que no es debido a maldición bíblica alguna.The Conversation


Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Los tesoros ocultos de la neurociencia

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Busque artículos relacionados con el cerebro en Google Scholar y se verá abrumado por cerca de cinco millones de entradas. Solo en 2018 aparecieron aproximadamente 70 000 publicaciones sobre investigaciones relacionadas con el cerebro en revistas científicas. Solo algunos tuvieron gran audiencia y, los que la tuvieron, generalmente fue porque hablaban de nuevas partes del cerebro anteriormente ignoradas –el titular “descubren una región del cerebro desconocida” es de lo más popular–.


Nos encontramos en un momento tremendamente excitante en la investigación sobre el cerebro, el equivalente neuronal al desarrollo cartográfico y al descubrimiento de recursos útiles en regiones vírgenes del mundo que tuvieron lugar en los siglos XVII y XVIII. Se han hecho muchos hallazgos, pero está claro que aún queda mucho más por descubrir si profundizamos en los detalles escondidos bajo la superficie.

Resulta sorprendente, sin embargo, que a pesar de la novedad de los descubrimientos, la utilidad de estos suele pasarse por alto.

Como un explorador que atraviesa una extensa tierra virgen, plantando banderas y siguiendo hacia adelante, sin darse cuenta de que justo debajo de la bandera se encuentran enormes reservas de petróleo sin explotar. O, como Ken Olsen, fundador del antiguo gigante empresarial Digital Equipment Corporation (DEC), señaló en 1977: “No hay ningún motivo por el que alguien pueda querer un ordenador en su casa”. No importa cuán obvios lleguen a ser algunos hallazgos o avances, a veces resulta difícil para la mayoría predecir las implicaciones que su investigación actual puede tener a largo plazo.

La procrastinación


He aquí un ejemplo específico de la neurociencia. Uno de los mayores retos para la productividad humana en todo el mundo se concreta en un simple problema: la procrastinación.

No solo lo dice la amplísima literatura en investigaciones psicológicas. Resulta que soy profesora, junto a Terrence Sejnowski, profesor universitario del Centro Francis Crick en el Salk Institute, de uno de los cursos online más grandes: “Aprender a Aprender” (Learning How to Learn) de la Universidad Coursera de California, de la Universidad de San Diego y de la Universidad McMaster. El tema más popular del curso alude a la productividad, especialmente en lo que se refiere a herramientas para gestionarla. Efectivamente, la procrastinación.

Laura Pérez / Telos

Pomodoro contra la procrastinación


Las investigaciones neuronales sobre procrastinación suelen centrarse en las diferencias entre procrastinadores crónicos y otros tipos de personas más productivas que tienden a acabar el trabajo sin posponerlo.

No resulta sorprendente comprobar que existen diferencias en la forma en la que el cerebro de los procrastinadores está estructurado: las regiones neuronales relativas al autocontrol y a la regulación emocional no parecen funcionar de forma normal.

Por supuesto, el reto de cambiar el funcionamiento de estas regiones (algo que sabemos que es posible) está en el hecho de que se necesita cierto grado de autocontrol para empezar con estos cambios. Es un problema del tipo “lograr salir adelante con tu propio esfuerzo”.

Otras investigaciones sobre la procrastinación señalan la “concentración en la reparación del estado de ánimo a corto plazo y la disyunción temporal entre los yo presente y futuro” del procrastinador.

Es una forma sofisticada de decir que la procrastinación nos hace sentir mejor de forma temporal, incluso aunque no sea beneficiosa para nosotros a largo plazo.

La técnica pomodoro. Telos

Pero supongamos que por alguna razón —quizás porque estás procrastinando— te pones a husmear en la literatura de investigación sobre neuroimagen que se refiere a la ansiedad por las matemáticas —sí, a algunos les gustan este tipo de cosas—.

Resulta que cuando los matematicofóbicos piensan en hacer operaciones matemáticas —realmente no tienen que hacerlas—, esta anticipación de un tema desagradable activa una parte de su cerebro, el córtex insular, que produce dolor.

Este descubrimiento sobre “dolor en el cerebro” no solo es interesante, también es importante. ¿Es posible que este brote de dolor en el cerebro sea un factor decisivo en la procrastinación? ¿Es posible que la gente procrastine a veces simplemente porque es tan tentadoramente agradable cambiar su pensamiento a algo –cualquier cosa– que no les cause dolor en el cerebro cuando piensan sobre ello?

Es una hipótesis tan razonable como cualquier otra y es, sin duda, una hipótesis sencilla de la que extraer acciones viables, especialmente cuando se combina este conocimiento con el derivado de la técnica Pomodoro.

En el curso en línea masivo y abierto (MOOC, por sus siglas en inglés) “Aprender a aprender”, hemos descubierto que enseñar sobre la técnica Pomodoro como forma de escabullirse de sentimientos previos de dolor en el cerebro es una forma muy efectiva de motivar a los estudiantes para que se hagan cargo de su tendencia a la procrastinación.

Se les da una herramienta cognitiva directa con la que poder identificar de forma concreta cuándo y por qué están procrastinando. A la gente le encanta este enfoque, es de las materias más populares entre los estudiantes del curso.

Redes neuronales contra el bloqueo


Hay muchos más diamantes ocultos en la literatura de investigación.

Los neurocientíficos han descubierto algo así como un conjunto de conexiones subterráneas en el cerebro llamado “red neuronal por defecto”. Esta red se activa cuando la mente divaga, y también cuando se está atascado intentando resolver un problema. Fue descubierta por accidente en 2001 cuando unos investigadores se dieron cuenta de que los sujetos que se encontraban descansando entre actividades no estaban simplemente apagando su cerebro.

A lo largo del día, se alterna entre estados de concentración y estados de divagación –se estima que entre un 30 por ciento y un 50 por ciento de las horas en las que estamos despiertos las pasamos con pensamientos que no tienen relación con la tarea que estamos realizando–.

La duración de cada estado puede variar. Incluso parpadear puede conducirnos momentáneamente al modo por defecto. Soñar despiertos, por otro lado, puede llevarnos al modo por defecto durante períodos más largos –a veces más largos de lo que nos gustaría–.

¿Qué tiene todo esto de útil? Bueno, bastante. Especialmente si estamos intentando resolver un problema difícil en un examen o entender un concepto nuevo y complicado.

Resulta que cuando nos encontramos sobrecargados por intentar averiguar algo que se nos atraviesa, lo peor que podemos hacer es seguir concentrándonos en ello. Mientras estemos concentrados en el problema, estaremos bloqueando la red neuronal que necesitamos para buscar y descubrir la solución al problema.

Los dos modos de pensamiento cotidiano incluyen el “modo concentrado” y un modo más abierto y difuso (conocido por los neurocientíficos como “red neuronal por defecto”).

Son como tableros de pinball en nuestro cerebro, uno tiene los resortes más juntos (izquierda) y el otro más separados (derecha).

Los modos concentrado y difuso. Telos

Normalmente, cuando estamos resolviendo un problema, nuestros pensamientos se mueven a través de rutas neuronales que ya están marcadas porque ya hemos resuelto problemas como ese antes (Las rutas neuronales previamente marcadas se representan con las líneas difuminadas de la izquierda). Pero si nos atascamos, es decir, si no podemos usar las rutas normales de resolución de problemas, necesitamos alejarnos del foco del problema para permitir que el modo difuso comience a trabajar (derecha). Mientras tanto, aún podemos concentrarnos en otra cosa.

El descanso es el secreto


Puede que esto no le sorprenda. Siempre nos han recomendado tomar un descanso cuando estamos atascados con algo. La neurociencia no nos está contando nada nuevo. Pero demostraré que la neurociencia sí nos está contando algo nuevo y muy útil con esto. Después de todo, nos suelen decir que ser persistentes es la verdadera clave para el éxito. Por eso a veces nosotros –y nuestros hijos– trabajamos durante horas en un problema, intentando sin éxito un enfoque tras otro. Solo después de darnos por vencidos, alejarnos y apartar verdaderamente nuestra mente del problema, nuestro cerebro comienza esa búsqueda inconsciente en nuestros antecedentes que necesitamos para encontrar la solución.

La neurociencia, en otras palabras, nos da permiso para darnos un descanso cuando nos encontramos verdaderamente atascados, y es el descanso el que nos ayuda a obtener la solución.

¿Parece trivial? Pues no lo es. Por ejemplo, muchos niños que no saben cómo funciona su cerebro piensan que no son capaces de aprender matemáticas porque se encuentran con obstáculos en su aprendizaje que son totalmente normales. Pueden llegar a abandonar las matemáticas porque no saben que está bien alejarse durante un momento cuando no son capaces de encontrar la solución. Por eso Terry y yo enseñamos estos conceptos en nuestro nuevo curso para niños, “Aprender a aprender para los más jóvenes”, que estará disponible en breve con estrellas españolas del ESIC.

Estas son ideas simples, pero hay miles de ideas más en la literatura neurocientífica esperando a ser descubiertas y usadas en nuestra vida diaria. ¡Será excitante ver qué nos depara el futuro!


La versión original de este artículo fue publicada en la Revista Telos, de Fundación Telefónica.The Conversation


Barbara Oakley, profesora de Ingeniería, Oakland University

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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