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Internacional

¿Está resurgiendo el antisemitismo en Europa?

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¡Qué pronto olvidamos nuestra historia más reciente!

La palabra “antisemitismo” tiene un origen relativamente reciente, pues nace en la década de 1870, bajo la pluma de Wilhelm Marr, a partir del concepto de “lenguas semíticas”, pero para significar únicamente el odio hacia los judíos (sin que el concepto abarque el odio hacia otros semitas, como los árabes). Pero este odio, fundamentado en una serie de estereotipos históricos inciertos (el judío sólo piensa en acumular riquezas, es avaro, promiscuo, sectario e incluso seguidor del maligno), no es algo del siglo XIX, sino que arrastra una historia milenaria, que empieza en la Antigüedad greco-romana y culmina con la acusación de ser el pueblo responsable de la crucifixión de Cristo (el famoso mito del deicidio).

Sin embargo, durante el siglo XIX prosperó en Europa un tipo de odio racial, de base ciertamente darwiniana, que fue perfilando a los judíos como una “raza” inferior en la escala evolutiva y, por tanto, acreedores de un carácter antisocial y responsables de todos los males de la Humanidad (el mito de los protocolos de los sabios de Sion o la confabulación judeo-masónica para alcanzar el gobierno mundial).

Todo ello alcanzó su momento más álgido y dramático en la Alemania nazi, con todas las leyes de segregación racial y la posterior “solución final” para el tema judío. Pero el antisemitismo también echó raíces en otros países europeos: véase el caso Dreyfus en Francia, en el que un capitán judío del ejército francés fue falsamente acusado de traición por el Estado Mayor, los pogromos en la Rusia de los zares por su apoyo a los movimientos comunistas y la posterior persecución judía en la Unión Soviética, o el apoyo de los aliados títeres del régimen nazi durante la II Guerra Mundial.

Librería antisemita en la rue Vivienne de París en 1901, fotografía publicada en Almanach de la Libre Parole en 1902. BNF / Gallica

Francia como ejemplo del nuevo antisemitismo


La concienciación internacional con el drama del Holocausto tras la guerra debilitó los movimientos de odio antijudío, y se fomentaron las reflexiones sobre los odios históricos hacia este pueblo, sobre todo desde diferentes instituciones cristianas (incluso el papa Juan Pablo II calificó al antisemitismo como un pecado).

Pero en las últimas décadas nos encontramos, fundamentalmente en Europa, con un rebrote de estas corrientes, siendo el caso de Francia, la patria de los derechos humanos y primer país que emancipó a los judíos, en 1791, especialmente preocupante, con un incremento de las agresiones antisemitas del 75% en 2018, pasando de 311 en 2017 a 541 en 2018.

Antes del año 2000 se contaban unas 100 agresiones anuales contra los judíos en Francia y a partir de ese momento se cifran entre 250 y 1000 por año (10.600 desde principios de la pasada década, según datos del Ministerio francés de Interior).

Evolución de los actos violentos antisemitas en Francia entre 1993 y 2017. Ministère de l’Intérieur. Francia.

Basten algunos ejemplos:

  • cruces gamadas sobre las lápidas del cementerio judío de Quatzenheim (Alsacia);
  • pasquines en los buzones de algunos barrios de París con cruces gamadas sobre el retrato de la expresidenta del Parlamento Europeo, Simone Veil, superviviente de Auschwitz;
  • ataque a una escuela judía de Toulouse, en 2012, con tres niños asesinados;
  • asalto a un supermercado kosher en 2015, con cuatro víctimas entre los rehenes;
  • asesinato en su domicilio de Mireille Knoll, una anciana de 85 años superviviente también de la Shoah, por su “pertenencia a la religión judía”;
  • negacionismo y saludos nazis de algunos integrantes del movimiento de los “chalecos amarillos”, con insultos antisemitas, incluso dirigidos al Presidente de la República, Emmanuel Macron, en recuerdo a su pasado como trabajador de la banca Rothschild, o al intelectual y académico de origen judío Alain Finkielkraut.

Desde el fin de la Guerra Mundial no se había asesinado a ningún judío en Francia sólo por su condición, pero desde 2004 ya se contabilizan 14 casos.

Imagen de la política francesa Simone Veil, superviviente del Holocausto, sobremarcada con una esvástica, en un buzón de correos de París, el 11 de febrero del 2019.

El rastro del antisemitismo en otros países


Aunque sin tanta relevancia, también existe evidencia de este rebrote del antisemitismo en otros países europeos, sobre todo alentados por movimientos fascistas y neonazis, como sucede en Alemania e Italia.

En otros casos es incluso auspiciado por las propias instituciones, como los Gobiernos de Polonia, con su proyecto de ley sobre el “Holocausto polaco”, o Hungría, que niega la participación de la burocracia de su país en el programa de exterminio nazi.

De acuerdo con un estudio realizado por Pew Research Center sobre el antisemitismo en Europa del Este, el porcentaje de la población que no concedería la ciudadanía a los judíos sería del 14% en Hungría, 16% en Grecia, 18% en Polonia, 19% en la República Checa, 22% en Rumanía y 23% en Lituania.

Por otro lado, según una encuesta realizada en 2018 por la Agencia de Derechos Fundamentales de la Comisión Europea, el antisemitismo es percibido como un gran problema por el 65% de la población de Francia, seguida de Alemania y Bélgica (43%), Polonia (39%) y Suecia (35%).

Una reflexión sobre las causas actuales del antisemitismo en Europa


Ante este panorama, cabe preguntarse cuáles son las causas de este resurgir del antisemitismo en Europa. Podríamos resumirlas en cinco:

  1. Un renacimiento de los milenarios prejuicios sobre los judíos, enmarcado en las corrientes negacionistas del Holocausto, y sobre la base de un déficit manifiesto del nivel cultural de las nuevas generaciones. Con el fallecimiento de los últimos supervivientes del Holocausto, el testimonio directo de su memoria se va perdiendo. A título de ejemplo, la mayoría de los jóvenes franceses desconocen qué fue la redada del Velódromo de Invierno, triste episodio de colaboracionismo durante la Ocupación nazi, y un 36% de ellos cree que “los judíos tienen una relación especial con el dinero”, según un sondeo de 2012 de la empresa CSA. Esto, probablemente, sea extrapolable a la juventud del resto de países europeos.
  2. El irresoluble conflicto entre el Estado de Israel y Palestina, especialmente utilizado por musulmanes y parte de la izquierda europea, que enmascaran el odio antijudío como antisionismo fanático, confundiendo al pueblo judío con las políticas de determinados gobiernos de Israel. De hecho, existe una correlación estrecha entre los momentos álgidos del conflicto palestino-israelí y los repuntes de actos violentos antisemitas en Europa.
  3. El auge de la ultraderecha en toda Europa, en cuyo patrimonio ideológico está siempre presente el antisemitismo y el negacionismo. Un ejemplo de ello es la adhesión de algunos seguidores de los “chalecos amarillos” al humorista Dieudonné M’bala, afín al Frente Nacional, que inventó la “quenelle”, ese gesto que se realiza apuntando un brazo hacia abajo en diagonal con la palma de la mano boca abajo, mientras se toca el hombro con la mano contraria, y quien ha manifestado públicamente su odio a Israel y a los judíos. El problema es la falta de respuesta a estas conductas por el resto del movimiento, lo que hace que se tornen en cómplices.
  4. El posicionamiento antisemita de parte de la ultraizquierda y de los populismos, que se han olvidado de la lucha de clases y la han reemplazado por la de las razas, hasta el punto de propiciar absurdas reuniones “sin mezcla de razas”, fomentando así un paradójico antirracismo neorracista, de corte claramente antisemita. Parte de los “chalecos amarillos” se han posicionado también en este sentido y han realizado pintadas con la palabra “Juden” (“judíos”, en alemán), en algunos almacenes de París, siguiendo la estela de las hordas nazis durante el triste episodio de “la noche de los cristales rotos”.
  5. El desarrollo de las nuevas tecnologías también ha contribuido. Bajo el anonimato que proporciona la red y su carácter apátrida, el ciberodio se está expandiendo de una forma imparable y a una increíble velocidad. Sin contrastar ninguna fuente, pues sus usuarios apenas recurren a los medios de información clásicos (periódicos, radio, etc.), en internet proliferan los mensajes de complots y contubernios de base antisemita. Un ejemplo es el caso del multimillonario y filántropo Georges Soros, de origen judío y húngaro, arquetipo de líder de confabulaciones judeo-masónicas que pretenden cambiar el orden político, y que ha sufrido una campaña de desprestigio alentada por el primer ministro húngaro Viktor Orban, bajo el lema “No dejes que Soros se ría de ti”.

Cementerio judío de Quatzenheim, cerca de Estrasburgo, con tumbas vandalizadas con símbolos nazis. (Quatzenheim, Francia, 20 de febrero de 2019). Hadrian / Shutterstock

La falta de control en la red en relación a los delitos de odio está motivando la exigencia de un cambio legislativo en la Unión Europea, tal como se ha propuesto recientemente en la Conferencia final del proyecto europeo Preventing Racism and Intolerance, celebrado en París, en la sede del Palais de Justice, y organizada por la Delegación Interministerial Francesa para combatir el racismo, el antisemitismo y la homofobia (DILCRAH).

El auge del antisemitismo puede corroer los cimientos básicos de la construcción europea y destruir sus históricos pilares.

Entre los grandes valores de la Unión Europea, recogidos en el Tratado de Lisboa y en su Carta de los Derechos Fundamentales, se encuentra el derecho a no sufrir discriminación por origen racial, étnico, o de religión, y la inviolabilidad de la dignidad humana. Debemos luchar para que estos principios sigan vigentes y Europa no vuelva a entrar en una edad oscura y fría, y combatir cualquier tipo de odio, como es el antisemitismo, frente a los intolerantes y fanáticos, pues, como decía el gran literato francés Victor Hugo, “cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga”.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Trump afirma que Rusia retiró personal enviado a Venezuela

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aseguró este lunes que Rusia le informó el retiro de una gran cantidad de personal ruso que se encuentra en Venezuela.

Por medio de la red social twitter el mandatario norteamericano dio a conocer la información. Sin embargo, Rostec, un conglomerado industrial-militar ruso que opera en Venezuela negó lo manifestado por Trump.

Cabe recordar que Estados Unidos y Rusia están enfrentados actualmente debido a la postura que han mostrado frente a la crisis humanitaria que vive el país comandado por Nicolás Maduro.

Rusia junto a China y Cuba han brindado ayuda a la gestión de Maduro. Asimismo Estados Unidos junto a otros países han reconocido a Juan Guaidó como el presidente encargado del país.

En marzo de este año el gobierno ruso envió un avión a Venezuela con un equipo de alrededor de 100 efectivos. Esta situación provocó la respuesta inmediata de Donald Trump, quien emplazó a Putin a retirarse del territorio.

En cuanto a la información difundida, Rostec desmintió un informe publicado por el diario norteamericano The Wall Street Journal. En la publicación, el medio afirmaba la reducción del contingente ruso en Venezuela.

El conglomerado ruso afirmó que el periódico exageró las cifras publicadas en el artículo y que desde que llegaron al país en cuestión su personal ha sido de 10 personas.

Hasta el momento el gobierno ruso no ha emitido una declaración formal desmintiendo la información enunciada por Donald Trump.

España: crecen los ocupados que viven en hogares pobres

 

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España: crecen los ocupados que viven en hogares pobres

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En muchos países desarrollados la desigualdad de ingresos y la pobreza económica han crecido durante las últimas cuatro décadas. Los estudios sobre el tema ligan este progresivo aumento a la falta de mejoras de las políticas sociales que corrijan la creciente vulnerabilidad económica de amplias capas de la población, que sufren cada vez más precariedad laboral ligada al empleo temporal, a tiempo parcial y a los bajos salarios.

Un Estado que interviene menos de lo necesario


Así, a falta de una mayor intervención del Estado, el proceso de deterioro de las condiciones laborales desde los años setenta hasta hoy estaría detrás del progresivo crecimiento de las desigualdades y del empobrecimiento de la población en muchos países ricos.

La fuerte recesión económica de la última década, aderezada en Europa con políticas de consolidación fiscal, no habría hecho sino contribuir a deteriorar aún más el poder adquisitivo de muchos hogares con ingresos medios y bajos ampliando las diferencias de renta y aumentando el número de familias con ingresos inferiores al umbral de la pobreza, sobre todo en los países del sur del continente europeo.

Desigualdad de ingresos en aumento


Los autores del último informe sobre desigualdad global publicado por el World Inequality Lab en 2018 concluyen que la desigualdad de ingresos se ha incrementado en prácticamente todas las regiones del planeta en las últimas décadas, aunque a distintas velocidades.

Desde 1980, esa desigualdad de ingresos ha crecido en EE.UU., China, India y Rusia, y también en los países europeos, pero con importantes diferencias en el nivel y en la tendencia. Es decir, se observa que países con un nivel similar de desarrollo tienen niveles de desigualdad muy distintos, lo que muestra la relevancia de las políticas y las instituciones nacionales para influir en ella.

Prueba de ello es que Europa y Estados Unidos tenían niveles de desigualdad de ingresos similares hace tres décadas y en cambio hoy se sitúan en posiciones muy diferentes.

WID.world (2017).

WID.world (2017).

Centrando la discusión en los países más desarrollados, el informe concluye que en Estados Unidos la participación del 1 % más rico en la renta nacional se ha duplicado en las últimas tres décadas, mientras que en los países de la Europa Occidental esta participación aumentaba de forma mucho más moderada.

Además, en Estados Unidos ha caído más de un tercio la participación de la mitad más pobre de la población en la renta nacional, mientras que en Europa se ha mantenido casi estable y solo se ha reducido ligeramente.

Diferencias entre EE.UU. y Europa


Según los autores, las claves para entender estas diferencias entre Estados Unidos y Europa son, en primer lugar, la enorme desigualdad educativa americana que no deja de crecer e impulsa la desigualdad salarial y, en segundo, el creciente aumento de la desigualdad de las rentas de capital en ese país y su cada vez menos progresivo sistema tributario.

Si nos situamos dentro del continente europeo, es importante subrayar que tanto en la dimensión de la desigualdad como en su tendencia también se observan importantes divergencias entre países a lo largo de las últimas décadas, lo que está íntimamente ligado a un distinto funcionamiento del mercado de trabajo en cada país y a la diferente intensidad protectora de cada sistema de Estado del bienestar.

En esta línea, los trabajos recientes sobre el tema constatan que los 27 países europeos son distintos en cuanto a la dimensión de los efectos redistributivos de sus sistemas de prestaciones e impuestos y que su evolución temporal a lo largo de la última década ha sido también diversa dependiendo de la evolución de las rentas de mercado y de las reformas llevadas a cabo durante la recesión.

Políticas de austeridad y aumentos de desigualdad


En general, la evidencia empírica reciente apunta a que las políticas de austeridad en muchos países de la Unión Europea han estado asociadas a aumentos en la desigualdad de renta disponible, principalmente en la parte alta de la distribución. No así en el caso de los países periféricos como España, donde los aumentos en los ingresos públicos se consiguieron a través del aumento de impuestos personales y de consumo, más que aumentando impuestos sobre los beneficios o las ganancias de capital.

Como consecuencia, en los países del sur de Europa la recesión económica junto con la consolidación fiscal ha impulsado el crecimiento de la desigualdad de la renta disponible y la reducción de la capacidad adquisitiva de muchos hogares modestos, colocados más bien en la cola baja de la distribución.

Como han revelado multitud de informes recientes, España es uno de los países de la OCDE en los que la desigualdad de ingresos ha crecido más durante la recesión y se coloca actualmente entre los 4 países con mayor índice de Gini de la Unión Europea, solo por detrás de Bulgaria, Lituania y Letonia.

Coeficiente de Gini de renta disponible 2017 - Encuesta EU-SILC Number. Eurostat

Por tanto, lo que mantenía nuestra desigualdad de rentas cerca del nivel de otros países era la compresión de las rentas de mercado y el peso del sistema de pensiones contributivo, lo que hacía poco visible que el resto de nuestro sistema de prestaciones e impuestos, ya en aquel momento, no conseguía reducir las desigualdades como lo hacían los de otros países de nuestro entorno.

Cuando llegó la recesión


En consecuencia, cuando llegó la recesión y crecieron tanto el desempleo como el subempleo, la creciente desigualdad de rentas de mercado dejó ver que nuestro Estado del bienestar era débil y que sin reformas progresivas estábamos abocados a colocarnos a la cabeza de la desigualdad de renta disponible en el conjunto de los países de la UE.

Desgraciadamente, la recuperación del crecimiento y la reducción de la tasa de desempleo desde 2015 hasta hoy, por sí solas, no han conseguido colocarnos en los niveles de desigualdad de ingresos previos a la recesión como concluyen los autores del Informe sobre Bienestar Económico y Material del Observatorio Social de La Caixa y es muy preocupante ver claros indicios de aumento en el peso poblacional de los trabajadores pobres y de la precariedad laboral en los últimos años.

En poco más de una década el peso poblacional del subempleo, personas que viven en hogares donde los empleados están por debajo de un 20 % de su potencial de trabajo, ha aumentado en nuestro país de un 3 a un 7 %, y los ocupados que viven en un hogar pobre han pasado del 14 al 16 %.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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La “soap opera” del Brexit y su impacto en Irlanda del Norte

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Desde que en 2015 Reino Unido decidiera convocar el referéndum sobre la salida de la Unión Europea, la situación ha ido complicándose de manera progresiva. El inesperado resultado favorable a la salida de la UE en el referéndum celebrado el 23 de junio de 2016 ha turbado la situación política en Inglaterra y sus relaciones con los países miembros. Y, además, los altibajos de los últimos tres años han salpicado de lleno a Irlanda del Norte, donde, ya de por sí, los equilibrios políticos son altamente delicados.


A día de hoy, el principal escollo en la larga negociación del Brexit entre Reino Unido y la Unión Europea versa sobre la frontera entre Irlanda del Norte y la República del Irlanda.

Se trata de una frontera que ha permanecido en la agenda política de la región desde 1921, momento en el que se dividió la isla.

Manifiesto de proclamación de la República de Irlanda en la Pascua de 1916. Wikimedia Commons

El Alzamiento de Pascua de 1916 dio inicio al proceso de independencia irlandés y este finalizó en 1921 con el Tratado Anglo-irlandés, que definió la división administrativa actual.

El Tratado no fue bien recibido por un amplio sector de la sociedad irlandesa y provocó una guerra civil entre 1922 y 1923, en la que se enfrentaron el sector republicano, liderado por el Sinn Fein de principios de siglo, y los sectores políticos favorables al Tratado y la creación del Estado Libre Irlandés (actual República de Irlanda), con Michael Collins a su cabeza.

Esa misma frontera que hace un siglo marcó la historia de Irlanda es la que está generando tanta discordia en la actualidad. Habida cuenta de sus interminables fases y numerosos altibajos, varios analistas ingleses ya definen de forma habitual las negociaciones del Brexit como soap opera (telenovela).

Simplificando el proceso, podemos concluir que, hoy en día, la discordia radica en si la frontera entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda debe ser dura (hard border) o blanda (soft border).

Pancarta alusiva a la frontera entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda durante la manifestación ‘People’s Vote’ celebrada en Londres el 20 de octubre de 2018. Kevin J. Frost / Shutterstock

La cuestión no es baladí, sobre todo, si tenemos en cuenta los acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX.

Escalada de violencia


A finales de los años 60, los movimientos por la defensa de los derechos civiles de las comunidades negras en Estados Unidos detonaron movilizaciones por los derechos civiles de la comunidad católica y nacionalista (defensores de la reunificación de Irlanda) en Irlanda del Norte.

La comunidad católica había sido tradicionalmente discriminada por parte la mayoría protestante y unionista (partidarios de la unión con el Reino Unido) a través del sistema de voto conocido como el “gerrymandering” y las políticas de excepción establecidas por parte del Gobierno inglés.

Las movilizaciones por los derechos civiles y políticos desencadenaron, entre otros sucesos, el “Bloody Sunday” o Domingo Sangriento (30 de enero de 1972), en el que el ejército británico acabó con las vidas de trece manifestantes en Derry.

Mural en recuerdo del ‘Bloody Sunday’ en Belfast. Payton Walton / Wikimedia Commons, CC BY-NC-SA

La escalada de violencia se aceleró y arrancó lo que hoy día conocemos como el conflicto norirlandés o los “Troubles”, un enfrentamiento a varias bandas entre grupos paramilitares unionistas (llamados lealistas), grupos armados republicanos (con el IRA a la cabeza) y fuerzas armadas del Gobierno británico e Irlanda del Norte (RUC). La violencia, que dejó más de 3.500 muertos, finalmente culminó con la firma del Acuerdo de Viernes Santo el 10 de abril de 1998.

Cartel de la campaña a favor del Sí en el referéndum para aprobar los Acuerdos del Viernes Santo convocado simultáneamente en la República de Irlanda e Irlanda del Norte el 22 de mayo de 1988. Adfern / Wikimedia Commons, CC BY-SA

A pesar de la firma del acuerdo de paz y sus notorios efectos positivos en la vida política y social norirlandesa, la política interna del territorio ha sido turbulenta en los últimos veinte años.

Desde 1998, ha habido numerosas crisis políticas y pequeños picos de violencia. En 2016, además, a esta complicada situación se sumó el Brexit.

Tras varios escándalos sobre corrupción en una serie de subvenciones, los partidos de Irlanda del Norte tuvieron que convocar elecciones en marzo de 2017. El Sinn Fein fue el partido más votado en aquella contienda electoral, algo que ocurría por primera vez en la historia de la región, pero, desde entonces, los partidos mayoritarios no han sido capaces de formar gobierno. Y el principal motivo de este desgobierno son precisamente las negociaciones del Brexit.

En junio de ese mismo año (2017), hubo una nueva cita electoral, esta vez para conformar el Parlamento de Reino Unido. El partido más votado en Irlanda del Norte fue el DUP, principal partido unionista (el Sinn Fein no toma posesión de los escaños que obtiene en Londres), y el batacazo del Partido Conservador en Inglaterra hizo que necesitara los diez escaños del DUP para formar gobierno. Así, con el DUP tomando fuerza desde Londres, el Sinn Fein sin poder hacer efectiva su posición de partido más votado en Irlanda del Norte y Theresa May sin alcanzar las mayorías suficientes para sacar adelante sus propuestas de Brexit, Irlanda del Norte se encuentra sumergida en un largo compás de espera político que cuenta con una serie de problemas sobre la mesa que llevan cerca de cien años sin resolverse.

Partidarios y detractores de la frontera dura


Los partidarios de una frontera dura entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda alegan que esta es la solución más adecuada para que el Brexit sea verdaderamente efectivo y se establezcan los controles aduaneros pertinentes entre la Unión Europea y Reino Unido (la única frontera terrestre entre Reino Unido y la Unión Europea sería la irlandesa).

Los detractores de la frontera dura, por su parte, argumentan que esta medida iría en contra de los acuerdos de paz de 1998, ya que establecieron una serie de mecanismos de colaboración entre el norte y el sur de la isla. Además, los sectores que apoyan la frontera blanda alegan que la versión dura podría poner el peligro la estabilidad política de la isla e incluso el proceso de paz en sí mismo (ver foto).

También manifiestan que el resultado del referéndum en Irlanda del Norte fue mayoritariamente partidario de mantenerse en la Unión Europea.

Por su parte, los partidarios de la frontera dura aseguran que este tipo de frontera es esencial para mantener la unidad del Reino Unido, dado que una frontera blanda podría dar lugar a una separación de facto entre Irlanda del Norte y el resto de Reino Unido por las diferencias circunstancias políticas y económicas.

Mucha Historia detrás


Se puede concluir por tanto que las actuales negociaciones sobre la frontera de Irlanda esconden elementos relacionados con varios puntos clave de la historia: nos llevan a la política colonialista inglesa que comenzó en el siglo XVI con la conquista de Irlanda, al arranque de los procesos descolonizadores de inicios de siglo XX, a la integración europea y también al modelo de acuerdo de paz establecido en la década de los 90 tras culminar la guerra fría.

Si bien en 2015 la motivación principal para convocar el referéndum sobre la salida de la Unión Europea era el control de la inmigración en Inglaterra en un contexto de crisis económica, el inesperado resultado positivo de la votación ha abierto varios melones políticos que el exprimer ministro David Cameron no calculó adecuadamente.

El Gobierno de la dimisionaria Theresa May está ya finiquitado, la situación política en Irlanda del Norte se ha alborotado (más de un sector opina que la crisis podría desencadenar el referéndum por la unificación de Irlanda a medio plazo) y las relaciones diplomáticas entre Inglaterra y los países miembros, ya históricamente delicadas, no tienen visos de mejorar en un futuro próximo.


Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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