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¿Quién ganó la guerra? El nacionalismo que dejó la Segunda Guerra Mundial
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¿Quién ganó la guerra? El nacionalismo que dejó la Segunda Guerra Mundial

Han pasado más de 74 años desde la última gran guerra. Hoy es bueno ver qué refleja cada ciudadano sobre estos acontecimientos bélicos y analizar qué piensan sobre la contribución de su país en la victoria o en el desarrollo mundial.

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Pregúntele a cualquiera de los pocos veteranos restantes de la Segunda Guerra Mundial qué hicieron durante la guerra y es probable que obtenga una respuesta humilde, pero si le preguntamos a una persona en la calle qué tan importante fue la contribución de su país al esfuerzo de guerra y probablemente escuchará algo mucho menos modesto.


Un nuevo estudio indica que las personas de Alemania, Rusia, el Reino Unido y los Estados Unidos, en promedio, piensan que su propio país asumió más de la mitad de la carga de luchar contra la Segunda Guerra Mundial.

Al parecer los recuerdos colectivos nacionales parecen estar engañándolos, y esto es parte de un patrón mucho más general. Además de esos veteranos que no desean deleitarse en los horrores de la guerra, podemos tener una tendencia psicológica general a creer que nuestras contribuciones son más significativas de lo que realmente son.

Este extraño aumento de nuestros propios esfuerzos parece ser omnipresente. Por ejemplo: en los negocios, el deporte o el entretenimiento, es muy fácil para cada participante pensar que su propio polvo "especial de estrellas" es la verdadera razón por la que su compañía, equipo o espectáculo fuese un éxito.

También funciona para las naciones. Un estudio realizado el año pasado, dirigido por el investigador de memoria de Estados Unidos Henry Roediger III, solicitó a las personas de 35 países el porcentaje de contribución que su propia nación ha hecho a la historia mundial. Los resultados son sorprendentes en la autoevaluación los ciudadanos de India, Rusia y el Reino Unido creen en promedio, que sus propias naciones tienen más de la mitad de la responsabilidad del progreso mundial.

Un escéptico podría notar que "contribuir a la historia mundial" es una idea bastante nebulosa, que cada nación puede interpretar a su favor. (Los italianos, al 40%, podrían centrarse en los romanos y el Renacimiento, por ejemplo). Pero, ¿qué pasa con nuestra responsabilidad en eventos mundiales específicos? El último estudio del laboratorio de Roediger aborda la cuestión de las contribuciones nacionales a la Segunda Guerra Mundial.

Los investigadores encuestaron a personas de ocho antiguos países aliados (Australia, Canadá, China, Francia, Nueva Zelanda, Rusia / URSS, Reino Unido y Estados Unidos) y tres antiguas potencias del Eje (Alemania, Italia y Japón). Como era de esperar, las personas del lado aliado ganador calificaron a sus propios países altamente, y las respuestas porcentuales promedio sumaron hasta el 309%. Los ciudadanos del Reino Unido, Estados Unidos y Rusia creían que sus países habían contribuido más del 50% del esfuerzo de guerra y eran más del 50% responsables de la victoria.

World War II deaths by country. How would you work out which country contributed the most? Dna-Dennis/Wikimedia Commons

Con los anterior se puede sospechar que los poderes perdedores del Eje, cuyo registro histórico está inextricablemente ligado al inconmensurable sufrimiento humano de la guerra, podrían no estar tan orgullosos. Como dijo el ex presidente estadounidense John F. Kennedy (haciéndose eco del historiador romano Tácito): "La victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana". Quizás los resultados para los países aliados solo reflejan una tendencia humana general a reclamar crédito por logros positivos. Sin embargo, los ciudadanos de las tres potencias del Eje también reclaman excesivamente las acciones del esfuerzo de guerra (un total del 140%). En lugar de minimizar su propia contribución, incluso las naciones derrotadas parecen exagerar su papel.

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¿Por qué? La explicación más simple es que reunimos las respuestas a las preguntas, de cualquier tipo, entrelazando cualquier fragmento de información relevante que podamos recordar. Y los fragmentos de información que se nos ocurran dependerán de la información a la que hemos estado expuestos a través de nuestro entorno educativo y cultural. Los ciudadanos de cada nación aprenden mucho más sobre el propio esfuerzo de guerra de su país que los de otros países. Me vienen a la mente estos recuerdos de "la nación natal", y el resultado inevitable es una evaluación sesgada.

Por lo tanto, puede que no haya un "nacionalismo psicológico" inherente en juego aquí. Y nada especial sobre la memoria colectiva, más que individual, tampoco. Simplemente improvisamos respuestas, tal vez lo más honestamente posible, en función de lo que proporciona nuestra memoria, y nuestra memoria, inevitablemente, magnifica nuestros propios esfuerzos (o los de nuestra nación).

¿Cómo se calcula la responsabilidad real?


Una nota de precaución está en orden. Asignar responsabilidades para eventos pasados ​​desconcierta no solo a los ciudadanos comunes, sino también a los filósofos académicos. Imagina una caprichosa situación en la que dos asesinos esperanzados ponen dosis letales de cianuro en el café de Lady Fotherington. Cada uno podría decir: "No es mi culpa, ella habría muerto de todos modos". ¿Es culpa de cada uno "la mitad" y, por lo tanto, se debe a una sentencia reducida? ¿O son ambos 100% culpables? Este envenenamiento es una cuestión simple en comparación con las causas enredadas de la victoria y la derrota militar. Por lo tanto, no está del todo claro lo que incluso cuenta como sobreestimar o subestimar nuestras responsabilidades porque las responsabilidades son muy difíciles de evaluar.

Aún así, la tendencia a exagerar nuestro papel y el de nuestra nación en casi cualquier cosa parece demasiado plausible. Vemos la historia a través de una lupa que apunta directamente a nosotros mismos. Aprendemos más sobre la historia de nuestra propia nación. Por lo tanto, los esfuerzos y las contribuciones de nuestra nación de origen inevitablemente vienen a la mente (muertes militares y civiles, batallas clave, avances tecnológicos, etc.). Los esfuerzos y las contribuciones de otras naciones se perciben de manera más tenue y, a menudo, en absoluto.

Y la lupa sobre nuestros esfuerzos es generalizada en la vida diaria. Puedo encontrarme pensando irritadamente, mientras descargo el lavavajillas, "¡Bueno, ni siquiera recuerdo la última vez que hiciste esto!" Pero, por supuesto que no. No porque no lo hiciste, sino porque yo no estaba allí.

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Leonard Cohen, el monje que amaba a las mujeres

El 21 de septiembre de 1934 nacía Leonard Cohen y este 2019 hubiese cumplido 85 años. Analizar su obra es darse cuenta de cómo intentó aunar la espiritualidad y la sensualidad como dos conceptos complementarios.

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En palabras de Gideon Zelermyer, cantor de la sinagoga de Wesmount (Montreal), la tumba de Leonard Cohen (1934-2016) siempre tiene huellas que conducen hasta ella, sin importar cuan alta sea la nieve. No solo resulta evidente que su memoria y legado siguen vivos, sino que su obra como músico, poeta y novelista recibe cada vez mayor atención, tanto en forma de estudios y análisis académicos como de escritos de carácter divulgativo.

Religión y feminidad


Además de los dedicados a su creación musical y literaria, gran parte de estos análisis se centra en uno de los aspectos más señalados de Cohen: la búsqueda espiritual que llevó a cabo a lo largo de toda su vida y que ha sido definida a menudo como su faceta de “monje” (“monk”).

Sin renunciar jamás a las raíces culturales del judaísmo heredadas de su familia, exploró numerosas vías de crecimiento personal, siendo la más señalada el budismo zen, disciplina en la que llegó incluso a ser ordenado monje tras cinco años de retiro en el monasterio Mount Baldy (California). Hacia las últimas décadas de su vida, y como forma de completar su aprendizaje, se interesó también por algunas ramas del hinduismo, viajando asiduamente a Bombay (India).

Leonard Cohen, 2008. Rama / Wikimedia Commons, CC BY-SA

Otro aspecto que aparece con mucha frecuencia en escritos sobre Cohen es su visión sobre la feminidad y la forma en la que ésta, tanto en abstracto como en lo que se refiere a sus relaciones personales, está claramente presente en su obra. En inglés, para definir esta faceta se utiliza el término ladies’ man. En español esta expresión se tiende a traducir como “mujeriego” (que correspondería a womanizer), pero dicha traducción tiene un carácter mucho más superficial e incluso despectivo que el sentido original.

Hay que tener en cuenta que el enfoque de Cohen acerca de sus relaciones le exigía una profunda comprensión de la condición humana y no encaja en el estereotipo de una celebridad rodeado de admiradoras.

Dos facetas compatibles


Más allá del hecho de que no obtuviese fama como músico folk hasta pasados los 30 años (su primer álbum de estudio, Songs of Leonard Cohen, es de 1967, cuando contaba con 33), su particular visión del mundo ya había quedado plasmada desde sus primeras obras poéticas, demostrando ser un ferviente adorador de la virtud que encarna la belleza femenina.

De igual modo, y aunque no deje de ser hijo de su tiempo, tampoco es del todo exacto aproximarse a la figura de Leonard Cohen interpretando sus experiencias vitales como si fuesen un mero fruto del fenómeno contracultural de los 60.

Las dos facetas mencionadas se tienden a considerar como contrapuestas y que generan cierto conflicto: “the Monk vs. the Ladies’ Man”. Sin embargo, en realidad no son incompatibles, pues Cohen era capaz de proyectar sus inquietudes espirituales sobre su relación con las mujeres. Esto se debe principalmente a su constante interés por la reconciliación de aspectos aparentemente contrarios, como la religiosidad frente a la sensualidad.

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En su obra, temas como el amor y el deseo fueron un asunto tan elevado como cualquier fe religiosa. Todo su trabajo está impregnado de esta premisa, pero algunos ejemplos concretos se pueden hallar en poemas como “No tienes que amarme”, de Selected Poems (1956-1968), “El colapso del zen” de El libro del anhelo (Book of Longing, 2006) o en canciones como “Joan of Arc” (Songs of Love and Hate, 1971) y “Dance Me to the End of Love” (Various Positions, 1984).

La base de esta consideración residía en su convicción de que durante los encuentros intensos entre amantes no era posible distinguir entre lo espiritual y lo profano, pues percibiendo el orgasmo como un momento de éxtasis “ya no existía separación entre el alma y la carne ni conflicto alguno”.

Símbolo del Corazón Unificado


Portada de Book of Mercy.

En su empeño por ahondar en la convergencia de este tipo de polos opuestos llegó incluso a idear un emblema que la simbolizase: el Corazón Unificado (“Unified Heart”). Este símbolo fue diseñado por el propio autor y empleado por primera vez para ilustrar la cubierta de su séptimo poemario, El libro de la misericordia (Book of Mercy, 1984).

Su representación es la de un hexagrama (muy vinculado a la Estrella de David judía), al que se le sustituyen los clásicos triángulos por dos corazones ensamblados. El Corazón Unificado, como el propio Cohen explicaría, corresponde a “una versión del yin y el yang, o cualquiera de los símbolos que incorporan las polaridades y tratan de reconciliar las diferencias.”

La importancia que este símbolo adquirió en su obra no solo expone la relevancia que concedía a la convergencia de los contrarios, si no también a la coexistencia y fusión de sus dos vertientes principales (la de “Monk” y la de “Ladies’ Man”), convirtiéndole en alguien capaz de contemplar lo profano bajo la luz de lo sagrado.

Para concluir, cabe señalar que la imagen del Corazón Unificado no solo llegó a ser una especie de sello o firma personal del artista que aparecería tanto de forma plástica como conceptual en todo su trabajo posterior a 1984, sino que además es el único elemento visual que fue grabado en la lápida de su tumba. Esa que siempre tiene huellas que conducen hasta ella, sin importar cuan alta sea la nieve.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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¿Cuál es la manera apropiada de informar sobre un fascista?

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loochanin

¿Cómo se debe cubrir el auge de un líder político que va dejando un reguero documental que da cuenta de su anticonstitucionalismo, racismo y enaltecimiento de la violencia? ¿La prensa debe destacar el hecho de que el individuo en cuestión actúa en los márgenes de las normas sociales establecidas o debe, por el contrario, resignarse a transmitir que quien gana unas elecciones es “normal” por definición porque su liderazgo refleja la voluntad del pueblo?


Estas fueron las cuestiones a las que la prensa estadounidense tuvo que hacer frente tras el ascenso de los líderes fascistas en Italia y Alemania durante los años veinte y treinta del siglo pasado.

Líder vitalicio

Benito Mussolini conquistó el poder en 1922, al culminar la marcha sobre Roma secundado por 30.000 camisas negras, y tres años después se declaró líder vitalicio. Aunque estas acciones no casaban con los valores estadounidenses, Mussolini gozaba del trato favorable de los medios norteamericanos, que le dedicaron al menos 150 artículos entre 1925 y 1932, la mayoría de ellos en un tono amable, neutral o pretendidamente difuso.

Benito Mussolini se dirige a la multitud durante la ceremonia de inauguración de la ciudad de Sabaudia el 24 de septiembre de 1934. AP Photo

El Saturday Evening Post incluso se atrevió a publicar por fascículos la autobiografía del Duce en 1928. Varios medios, desde el New York Tribune hasta el Chicago Tribune, pasando por el Plain Dealer de Cleveland, reconocían que el nuevo “movimiento Fascisti” empleaba unos “métodos algo duros” al tiempo que elogiaban la salvación de Italia frente a la extrema izquierda y valoraban la revitalización de su economía. Desde la perspectiva de estos medios, el anticapitalismo que surgiría tras la Segunda Guerra Mundial en Europa sería una amenaza mayor que el fascismo.

Curiosamente, mientras la prensa consideraba al fascismo un novedoso “experimento”, cabeceras como The New York Times solían asegurar que el movimiento había devuelto a lo que llamaban la “normalidad” a un país turbulento como Italia.

Por el contrario, periodistas como Hemingway y medios como el New Yorker rechazaron de plano la normalización de una figura antidemocrática como la de Mussolini. Y John Gunther, de Harper’s Magazine, le dedicó un afiladísimo perfil sobre su manipulación de una prensa estadounidense que no era capaz de resistirse a los encantos del dictador.

El “Mussolini alemán”

El éxito de Mussolini en Italia legitimó a los ojos de la prensa estadounidense el ascenso al poder de Hitler, al cual apodaron entre finales de los años veinte y principios de los treinta el “Mussolini alemán”. Dada la positiva acogida al italiano por parte de los medios, Hitler comenzó su andadura desde un punto de partida favorable a sus propósitos. Además, gozaba de la ventaja que le otorgaba el impresionante salto del Partido Nazi en las urnas desde finales de los veinte, cuando era una opción marginal para los teutones, a 1932, año en que ganó holgadamente las elecciones federales.

Sin embargo, parte de la prensa menospreciaba a Hitler al considerarlo poco más que un bufón. Era un “histérico extravagante” de “beligerante discurso” cuya apariencia, según Newsweek, era “caricaturesca” y “recuerda a Charlie Chaplin”. Cosmopolitan, por su parte, afirmaba que era “tan locuaz como inseguro”.

Cuando el partido de Hitler vio incrementada su influencia en el Parlamento, e incluso después de haber sido investido canciller en 1933 (alrededor de un año y medio antes de hacerse con el poder de manera dictatorial), numerosos grupos mediáticos estadounidenses vaticinaron que sería desplazado por políticos más tradicionales o que tendría que moderar su discurso. Tenía un séquito de adeptos, sí, pero estaba formado por “votantes fácilmente impresionables” embaucados por “doctrinas radicales y remedios vacuos”, sostenía el Washington Post.

Ahora que Hitler tenía que trabajar con un gobierno, el New York Times y el Christian Science Monitor pronosticaban que los políticos “serios” acabarían con el movimiento nazi. Ya no le bastaría con tener un “agudo sentido del instinto dramático”. A la hora de gobernar, su falta de “sensatez” y su reducida “profundidad de pensamiento” lo dejarían expuesto.

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De hecho, el New York Times escribió que la llegada de Hitler a la cancillería solo serviría para “dar cuenta al pueblo alemán de su propia futilidad”. La prensa se preguntaba entonces si Hitler no se arrepentiría de no haber pujado en la carrera por el Gabinete, donde seguramente habría asumido un número de responsabilidades mayor.

Si bien la prensa norteamericana tendía a condenar el documentado antisemitismo de Hitler a principios de los años treinta, se produjeron excepciones notables. Algunos periódicos no dieron importancia a episodios de violencia contra ciudadanos judíos alemanes, de los que aseguraron que se trataba de propaganda como la que proliferó durante la Primera Guerra Mundial. Numerosos diarios y periodistas, incluso aquellos que condenaban la violencia de manera categórica, repitieron una y otra vez, en un esfuerzo por alcanzar la normalidad, que las agresiones eran cosa del pasado.

Los periodistas eran conscientes de que no podían criticarlo con vehemencia si querían seguir teniendo acceso al régimen nazi. Tanto era así que un locutor de la CBS no informó sobre la paliza que sufrió su propio hijo a manos de unos camisas pardas por no haber saludado al Führer. Cuando Edgar Mowrer, corresponsal del Chicago Daily News, escribió en 1933 que Alemania se estaba convirtiendo en “un manicomio”, las autoridades germanas conminaron al Departamento de Estado de los Estados Unidos a llamar a capítulo a sus reporteros. Allen Dulles, quien posteriormente llegaría a ser director de la CIA, trasladó a Mowrer que “estaba tomándose la situación alemana demasiado en serio”. Así las cosas, el editor de Mowrer le buscó un destino fuera de Alemania, ya que temía por su vida.

Hacia finales de la década de los treinta la mayoría de los periodistas estadounidenses se habían dado cuenta del error que habían cometido al subestimar a Hitler o al no ser capaces de visualizar la gravedad de los actos que podía llevar a cabo. No obstante, se produjeron algunas vergonzosas excepciones, como la oda al régimen que compuso Douglas Chandler para el reportaje Changing Berlin de la revista National Geographic en 1937. Por su parte, Dorothy Thompson, que había calificado a Hitler en 1928 como un hombre de una “insignificancia asombrosa”, se percató de su desacierto hacia la mitad de la década siguiente, momento en que, al igual que Mowrer, comenzó a dar la voz de alarma.

“Nadie puede reconocer a un dictador antes de que él mismo se quite la careta”, argumentó en 1935. “No se presenta a las elecciones con la vitola de dictador, sino que pretende representarse a sí mismo como el instrumento de la voluntad nacional”, añadió. Trasladando la lección a Estados Unidos, escribió: “Si tuviéramos un dictador, sin duda aparentaría ser uno de los nuestros y tendría por propósito defender a capa y espada los valores americanos tradicionales”.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Los datos detrás de los violadores: los más jóvenes actúan en grupo

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savethechildren.es

Cuando me invitaron a escribir este artículo pregunté a un colega qué le venía a la memoria sobre las agresiones sexuales en grupo. Hizo alusión únicamente a dos episodios: el que se relata en la película Acusados –protagonizada por Jodie Foster y basada en la historia real de la violación sufrida por una joven sobre la mesa de un billar por al menos seis hombres en una taberna de New Bedford en Estados Unidos– y el de la violación de la denominada “la manada de Pamplona”.

Considerando que la película en cuestión fue estrenada en 1988 y los hechos enjuiciados en Pamplona ocurrieron en 2016, da la sensación de que en estos últimos casi 30 años las violaciones en grupo no han existido y nos encontramos ahora con un fenómeno dramáticamente emergente. Pero se trata de una conclusión sin soporte alguno.

¿Cuántas se producen al año?


Lo primero que deberíamos averiguar es el porcentaje de violaciones en grupo sobre el total de delitos sexuales. Este dato, lamentablemente, es imposible conocerlo en nuestro país, ya que el tratamiento jurídico, penal, psicosocial, y también estadístico de los delitos sexuales es individual. Es decir, no se distinguen los casos de violadores solitarios de los violadores en grupo.

La cifra más aproximada la podemos encontrar en un estudio realizado por la Secretaría de Estado de la Seguridad en 2018. El problema es que la muestra de dicho estudio está conformada únicamente por casos de agresiones sexuales en los que la víctima no conocía a su agresor o agresores, situación que se produce únicamente en el 20 % de los casos.

Pues bien, un 17 % de este 20 % fueron agresiones sexuales en grupo, es decir, de cada 100 denuncias de violación, un 3,4 % se producen en grupo y la víctima no conocía a sus asaltantes.

No es una cifra muy alta si la comparamos con otro estudio realizado en EE UU que sostiene que son una de cada tres, es decir, aproximadamente un 33 %.

El primer dato (3,4 %) corresponde a un estudio español, pero con una muestra poco representativa. El segundo porcentaje (33 %) está llevado a cabo con una muestra representativa, pero se hizo en EE UU en el año 1999.

Un mínimo de 133 agresiones sexuales en grupo


Con este margen de incertidumbre, asumamos por un momento la ratio menos inquietante, es decir, que “solo” un 3,4 % de las agresiones sexuales se realizan en grupo. Pues bien, en el año 2017 se registraron en España 3.924 denuncias de agresiones sexuales, lo que significa que podrían haberse cometido solo en ese año, atendiendo a la ratio más conservadora, 133 agresiones sexuales en grupo que, considerando la cifra negra de este delito, podría representar únicamente el 20 % de las que se produjeron realmente.

Este cálculo arroja una escalofriante cifra de varios centenares de agresiones sexuales en grupo en nuestra unidad temporal de referencia: desde el estreno de la película Acusados a la violación grupal cometida por la “manada de Pamplona”.

Efectos positivos de la visibilización


¿Cuál es la razón en virtud de la cual los medios de comunicación repararon precisamente en este suceso después de haber ignorado durante años este fenómeno? Es difícil de determinar y, en todo caso, sería objeto de otro artículo, aunque sí podemos hipotetizar que ha tenido un efecto colateral positivo.

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Esta visibilización mediática ha podido animar a algunas víctimas de agresión sexual en grupo a denunciar un delito que antes del 2016 hubieran ocultado, no solo a la policía, sino a su familia, amigos y círculo social íntimo.

Así son los agresores


La violación en grupo es un delito sexual muy violento en el que una mujer es humillada y, esencialmente, utilizada como un objeto. Además, cabe subrayar que las motivaciones de los sujetos que perpetran este delito no tienen mucho que ver con la satisfacción de sus pulsiones sexuales, sino con la vejación de la víctima y el exhibicionismo de una embrutecida hipermasculinidad ante otros hombres.

En esta línea, un interesante trabajo de Da Silva, Woodhams y Harkins realizado en el Reino Unido en el que se analizan las diferencias entre las agresiones sexuales individuales y las perpetradas en grupo desveló los siguientes resultados:

  • Los agresores sexuales en grupo tienden a ser más jóvenes que los agresores sexuales solitarios y pertenecen con mayor frecuencia a “minorías étnicas”.
  • Por razones obvias, cuanto mayor sea el número de delincuentes involucrados, mayor será la duración de la agresión.
  • Las agresiones grupales suelen ser llevadas a cabo con más frecuencia en lugares cerrados, al contrario que los agresores solitarios que tienden a hacerlo en lugares abiertos.
  • En las violaciones grupales, las víctimas son obligadas con mayor frecuencia a realizar una o varias felaciones, además de ser delitos más hostiles y exhibirse comportamientos más agresivos. Estos comportamientos no suelen estar, en todo caso, orientados a la contención física de la víctima, lo que podría indicar que los agresores confían en la intimidación del grupo para inmovilizarla.
  • En más de la mitad de las agresiones grupales no se tomaron demasiadas precauciones en el modus operandi, lo que contrasta con los delincuentes solitarios que tomaron más medidas para ocultar su identidad y no dejar pruebas. Según las autoras, el hecho de que los agresores grupales asuman más riesgos puede deberse al proceso grupal de desindividuación que puede conducir a perder de vista las consecuencias de sus actos. En todo caso, y paradójicamente, los agresores en grupo usaron el condón con más frecuencia que los agresores solitarios.

Recomendaciones para diseñar políticas de prevención


De cara al futuro sería fundamental reducir la altísima cifra negra de los delitos sexuales y, llegados a este punto, realizar los registros estadísticos tratando separadamente agresiones individuales y grupales. Solo de esta forma podremos obtener un perfil psicosocial y demográfico preciso de los agresores grupales, dado que todo parece indicar que es netamente diferente al perfil de los violadores solitarios.

Finalmente, sería muy interesante no blanquear ni relativizar los resultados en el caso de que no nos gusten o resulten políticamente incorrectos, ya que es absolutamente necesario disponer de evidencia fiable y contrastada para diseñar políticas sociales de prevención verdaderamente eficaces.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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